Andrea llegó poco antes de las siete, caminó rendida hasta la cocina. Moría de hambre y sueño, sin embargo, había quedado con Pedro de verlo más tarde, así que no podía descansar todavía.
—Llegas temprano mu… perdón, Andrea.
La mujer estaba dándole vueltas con un enorme cucharon a una olla igual de grande.
—Sí, Matías permitió que me fuera como el resto… —explicó.
Su voz denotaba lo extraño que le parecía.
—Pues eso es bueno, ¿no? —preguntó. María se giró hacia ella limpiándose las manos con el delantal.
—Sí… supongo —respondió reflexiva, aún de pie frente a la larga mesa de madera. La mujer se acercó y tomó sus manos sin pedirle permiso.
—Están un poco mejor —afirmó torciendo el gesto. De inmediato fue a uno de los cajones de la despensa y sacó un pequeño frasco color ámbar—. Toma, date una ducha y póntelo cuando estés limpia. Verás que poco a poco vas mejorando.
Andrea pestañeó varias veces sin poder entender por qué esa mujer se preocupaba sin conocerla, y más por lo que ella creía que eran sus antecedentes.
—Anda… —la apremió al ver su reacción—. No tardó en servir la cena —avisó y le guiñó un ojo y enseguida comenzó a darle órdenes a la muchacha que lavaba los trastos.
Se duchó sintiendo cómo cada uno de sus músculos se lo agradecía profundamente. Eligió una falda de colores bastante sencilla que le llegaba a las rodillas junto con una blusa blanca y unas sandalias.
Comenzaba agosto, así que el calor ahí era húmedo y pegajoso, por lo que deseaba con fervor ponerse algo fresco. Se untó tranquila el ungüento que María le acababa de entregar; olía a menta y otras hierbas que no pudo identificar, pero que le daban a sus manos y brazos, una sensación de descanso que le urgía sentir.
Se recostó un poco en la cama disfrutando del momento. De pronto recordó que la cena se servía a las siete y treinta. Salió deprisa. Ya en las escaleras se dio cuenta de que el cabello no se lo había sujetado.
¡Mierda! Pasó saliva sopesando si se regresaba por algún broche o llegaba a tiempo. De pronto el camino a su recámara se le antojó larguísimo, después de todo estaba limpio, libre de aceites y fijadores.
A unos pasos de la cocina escuchó aquella gruesa voz, eso la detuvo en seco, respiró hondo y entró.
—Buenas noches.
Matías volteó para responder, indiferente como solía, pero lo que vio lo dejó sin aliento. Andrea lucía… irreal.
Vestía de una forma tan sencilla, y tan malditamente hermosa, que lo hizo pensar por un segundo que ya estaba alucinando.
Aguantando la respiración, la escrutó. Lo que robó por completo su atención dejándolo noqueado fue su cabello; caía hasta la cintura aún un poco húmedo y contaba con delicados reflejos que, con la poca luz, lo hacían parecer que brillaba, el resto era de un color caoba rojizo que provocaba no poder dejar de admirarlo.
¡Joder!
Pestañeó perplejo ante tan deslumbrante imagen.
—Lo… lo siento —logró decir aturdida al notar que él la escudriñaba desconcertado—. Olvidé sujetarlo.
Matías enseguida se percató de su reacción y desvió la mirada, debía mostrarse indiferente, aunque era complicado.
—Mientras lo laves y sujetes para el trabajo, está bien. María, ¿nos sirves? —pidió. Dicho esto se sentó donde solía hacer. Andrea hizo lo mismo sin atreverse a levantar los ojos de la mesa. Estaba segura de que la iba a hacer regresar para recogérselo, por la forma en que la había observado.
Cenaron en silencio, como ya era costumbre. María y él de vez en cuando intercambiaban palabras, pero nada más. Ninguno de los dos parecía notar que estuviera ahí.
Comió lento; aún sentía las heridas y el dolor muscular. El hecho no pasó inadvertido para él, que con disimulo la evaluaba sin cada cierto tiempo.
¡Carajo! Necesitaba salir de ahí. Tenerla sentada en la misma mesa, y no contemplarla como un idiota, estaba resultando una labor titánica.
No entendía qué le sucedía, pero cada vez que la tenía a una corta distancia, o tan solo la veía, el deseo lo atravesaba, y unas ganas enormes de saber lo que escondía se apoderaban de él.
En cuanto terminó se levantó dándole las gracias a María. Subió hasta su habitación, abrió la ducha sin usar el agua caliente y se sumergió en ella. Recargó ambas manos en la pared y esperó a que el agua surtiera el efecto deseado. Intentó poner su mente en blanco para no pensar, para no recordarla.
Y una mierda, lo que estaba sucediendo no le gustaba en lo absoluto.
Media hora después logró enfriarse. Se vistió deprisa y se encerró en el estudio para permanecer distraído.
Andrea lo escuchó salir de su habitación, esperó unos minutos más. Estaba nerviosa. Respiró profundo y, poco antes de la hora que había quedado con Pedro, bajó sigilosa. Salió por una pequeña puerta que el muchacho le había descrito por detrás de la casa. Frenaba cuando escuchaba algún ruido. El corazón se saldría por la garganta, sin embargo, la noche estaba en su apogeo y eso la ayudaba. En efecto, no encontró a nadie durante el trayecto, como el chico le dijo. Oía voces a lo lejos, nada más. Llegó al granero mirando hacia todos lados esperando que alguien la viera y todo se viniera abajo.