Al entrar en la cocina encontró a Andrea de pie al lado de María, agregándole algo al guisado. Parecían entretenidas. La mujer le daba instrucciones y la joven obedecía alegre.
Resopló ya perdido.
Enseguida las dos mujeres se dieron cuenta de su presencia. Andrea se tornó seria y se sentó de inmediato sin decir nada; era como si quisiera ser invisible para él.
De inmediato recordó lo sucedido la noche anterior; se sentía culpable, por eso le había hablado de aquella forma y por lo mismo desapareció de allí, pero era evidente que ella se pensaba responsable de alguna forma y se comportaba de la manera más discreta posible como para que no la notara.
Nada estaba yendo por donde había planeado
Comieron en silencio cada uno perdido en sus pensamientos. Él terminó antes que ella. De vez en cuando la estudiaba. Aún tenía sus manos heridas, pero parecía no molestarle mucho. Pequeñas ojeras enmarcaban sus ojos, lucía cansada, sin embargo, no se había quejado ni una sola vez tras haber llegado a la hacienda.
En cuanto la joven terminó, se levantó de la silla agradeciendo a María al tiempo que la mujer retiraba los platos de su mano.
—Buenas noches —se despidió alejándose. No deseaba importunarlo más con su presencia, no podía correr el riesgo de que no la tolerara y le pidiera que se fuera. Si eso sucedía, estaría en problemas y la posibilidad de rehacer su vida se esfumaría de inmediato.
—Espera… —pidió. Andrea se detuvo sin voltear, con esas palpitaciones incómodas—. Sabes montar, ¿no es cierto?
Andrea lo miró aturdida, confusa. Él hubiera jurado que un poco de miedo cruzó por sus ojos verdes.
—Pues… no muy bien —murmuró con el temor creciendo en su interior creando un nudo justo en medio de su estómago. Evocar la última vez que montó un caballo todavía le provocaba náuseas.
—Te ayudaré a recordarlo, es cuestión de que te vuelvas a habituar —dijo.
Ella pestañeó, respirando agitada. ¡No, no quería hacerlo, no podría!
—Matías, te lo agradezco… pero no es necesario —buscó persuadirlo. Matías creía lo contrario y le dedicó una sonrisa torcida; no quería incomodarlo y por un segundo eso lo hizo sentir más culpable.
—Lo sé, pero quiero hacerlo. Además, esos son los planes que tengo para ti mañana. No estarás por ahí sin hacer nada.
Las piernas de la joven temblaron. No tenía idea de cómo podría salir de esa.
—Mañana a las ocho en las caballerizas. Sé puntual, ya lo sabes.
Asintió deprisa y se fue casi corriendo. María y él se miraron desconcertados.
—No pareció gustarle tu idea.
—Sí, lo sé, quizá tuviera otros planes.
—En realidad parecía asustada —reflexionó para enseguida tomar de su café.
—Acepto que ahora sí comienzo a pensar que algo no cuadra —admitió. Al escucharlo se acomodó de inmediato frente a él—. Sus conductas no tienen nada que ver con lo que su hermano me contó. Hace lo que se le pide, es atenta, se mueve como si quisiera que no la notaran. Ante la más insignificante atención sonríe como si le hubieran bajado el sol. No comprendo, María, sé que no lleva mucho tiempo aquí, apenas unos días y no quiero equivocarme, pero esa sensación de que algo no está bien ya no me deja en paz.
—Entiendo. Sabes cómo soy y esa muchacha me gana. Presiento que ha sufrido mucho y que intenta desesperadamente olvidarlo.
Matías asintió evaluándola, serio.
—Le daremos tiempo, solo así sabremos qué es real y qué no.
—Estoy de acuerdo, no podemos confiarnos… de hecho ella está consciente de que no le tenemos confianza, además cree que estás molesto por su presencia aquí —informó con simpleza. Pero sus palabras crearon un nudo en la garganta que lo impulsó a pasar saliva para disolverlo.
—No es eso.
—Matías… ¿Qué fue lo que ocurrió ayer aquí en esta mesa? —indagó inspeccionando su expresión inescrutable.
—Nada.
—Bien, miéntete, pero debes saber que tu reacción la dejó confundida y muy insegura; juraría que al borde del llanto. Lo que me asombró fue ver que segundos después cambió por completo su gesto por uno inexpresivo, como si estuviera acostumbrada a no mostrar nada y volvió a ser de nuevo ella.
—Lo que crees que viste no volverá a ocurrir, por eso quiero que vea mi disposición a ayudarla y espero que aprenda a valorar lo que tiene. —explicó con pragmatismo, sin permitir más conversación sobre el tema.
La mujer asintió frustrada; no le diría más. Sin embargo, no necesitaba que hablara, se daba cuenta de que las cosas se estaban removiendo dentro de su alma. Algo iba cambiando en la atmósfera de esa casa que había permanecido en las penumbras durante tanto tiempo.
Andrea tuvo pesadillas toda la noche. Las imágenes que llegaban a su cabeza eran como una película en cámara lenta. Montando, amaba el aire en su rostro y sentir al decidido animal correr bajo sus órdenes. De pronto todo cambiaba. Atrapada, este completamente cabreado y corriendo sin parar, por más que intentaba detenerlo no la obedecía. Sus botas estaban enganchadas en la silla. El animal se levantaba en dos patas, desesperado. Ella gritaba rogando por ayuda. Nadie aparecía, sabía que iba a morir ahí, lo sentía en cada poro, en el pánico recorriendo cada arteria, en el cuerpo tenso y enloquecido del caballo.