—Constance.
Me incorporo de golpe sintiendo cómo mi corazón amenaza con salirse del pecho.
—¿Estás dormida?
Aclaro mi garganta.
—No.
—¿Puedo pasar?
Limpio velozmente mis lágrimas.
—Claro.
La puerta se abre, y siento que mi corazón se detiene abruptamente. Mi mente imagina los peores desenlaces, haciéndome temblar.
Mi madre ingresa, con un rostro lleno de serenidad, pero su expresión cambia al verme. Cierro los ojos, esperando el golpe final.
—¿Por qué estás llorando? ¿Qué te pasó, cariño?
Abro mis ojos.
Veo preocupación… en lugar de desinterés.
—Constance, mi amor, dime qué te hicieron. ¿Por qué te ves tan mal emocionalmente? ¿Pasó algo en la universidad? Dime, mi amor.
Ante mi silencio, toma mis manos entre las suyas y las acaricia como si fuera un tesoro.
—Constance, mamá está preocupada por ti. ¿Me podrías decir lo que te sucede?
La miro con cautela.
—¿De verdad estás preocupada por mí?
—Claro que lo estoy. ¿Qué madre no estaría preocupada si ve a su hija tan triste?
—Mamá… ¿tú me quieres?
La observo con ansiedad, esperando su respuesta.
—Claro que te quiero. ¿Por qué yo no lo haría?
—Porque yo…
Mi voz se apaga.
Mi cuerpo se tensa al ver a esa persona aparecer en la puerta con una sonrisa llena de satisfacción y burla, que cambia al instante por una dulce.
—Sara, ¿qué haces aquí? —pregunta mamá.
—Oh, lo siento por entrar sin tocar. Me enteré de la noticia —dice, escudriñándome con la mirada—. No pude esperar...
—Sara...
Mi cuerpo se sobresalta.
Nunca he escuchado a mi madre hablar con tanta frialdad.
—¿Sí, Lavinia?
—Si no es una emergencia de vida o muerte, no puedes entrar en una habitación que no es tuya sin permiso. Estás invadiendo la privacidad de mi hija.
—Lo siento, amiga.
—No lo vuelvas a hacer. Por ahora, te pido que te retires. Mi hija me necesita en este momento.
—Sí, sí. Lo siento. Te espero en la sala.
Aunque mi madre ha dejado de mirar a Sara y concentra toda su atención en mí, yo no puedo hacer lo mismo. Mis ojos no se despegan de la mujer que reveló el secreto de mi origen.
Ella me mira con repudio y, como si disfrutara de hacerme sufrir, mueve lentamente sus labios para que entienda bien su mensaje:
«Rennattha está de vuelta, bastarda.»
La puerta se cierra y con ella se cierra mi mente.
No puedo decirle a mi madre que sé la verdad. No puedo preguntarle qué pasará conmigo ahora que su verdadera hija ha sido encontrada.
—¿Constance?
Presiono mis labios y suspiro suavemente antes de mirarla.
—¿Qué me ibas a decir?
Limpia mis lágrimas.
—Yo... Creo que voy a reprobar una materia.
¿Qué más puedo hacer en mi situación? Lo único que puedo hacer es reprimir lo que siento hasta que llegue el momento.
—¿Por qué piensas eso? Tú eres muy aplicada, cariño.
—Porque confeccioné prendas que fueron diseñadas por alguien más.
—¿Cómo?
—Estaba cansada, mamá. Mi creatividad no daba para más. Le pagué a alguien para que me diseñara varias prendas y luego las confeccioné para presentarlas en el examen cómo si fueran mías.
—¿El profesor te descubrió?
Niego con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué crees que vas a reprobar?
—Porque no son mis creaciones. No nacieron de mi creatividad. ¡Solo son un reemplazo!
El llanto se desborda sin control. Siento que mi mundo se cae en pedazos.
—Constance...
Mi madre me abraza y me da unas suave palmaditas en mi espalda.
—No tienes que expresarte así de tu trabajo. Porque es tú trabajo, no el de alguien más. Sí, alguien diseñó los bocetos por ti, pero tú pagaste por ellos. Compraste los derechos de esos diseños y los confeccionaste tú misma. Por lo tanto, también son tuyos. Tú elegiste ser responsable. No tienes porque sentirte culpable.
No respondo, mi garganta ha olvidado cómo formar palabras.
Solo la abrazo con fuerza, llorando como aquella niña solitaria de cinco años que fue encerrada y olvidada en un sótano por sus padres biológicos.
✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
No sé en qué momento me quedé dormida, pero cuando una de las chicas de servicio me vino a despertar, el cielo ya había oscurecido.