Mantengo la sonrisa pegada a la cara como una máscara de porcelana, aunque por dentro siento que cada palabra de Irene es un clavo en mi ataúd.
Es mi dignidad lo único que me queda cuando siento que el suelo se desvanece bajo mi pies.
—¿Los ratones te comieron la lengua, Constance? —se burla, inclinando la cabeza con esa falsa dulzura que me revuelve el estómago—. ¿Ya no tienes nada que parlotear?
Mis ojos se llenan de lágrimas calientes.
Quiero gritarle, humillarla, pero la garganta se me cierra. No encuentro palabras lo suficientemente sólidas para defenderme del peso de la verdad.
—Siempre te has mostrado tan segura de ti misma que es jodidamente divertido verte así de vulnerable —continúa, disfrutando de mi silencio—. Al fin has entendido que aquí no está tu lugar. Es momento de que regreses al sitio de donde nunca debiste salir.
Su carcajada vibra en el aire como un cristal roto.
De repente, el sonido de unos pasos nos interrumpe.
—¿Chicas?
El pánico me recorre el cuerpo al oír la voz de mi tía.
Ladeo mi rostro con rapidez y busco frenéticamente en mi bolso mis gafas de sol. Me las pongo de golpe; no puedo permitir que me vea con los ojos rojos.
—Oh, suegra. Llegaste en un buen momento —dice Irene, cambiando su tono a uno angelical de un parpadeo—. Constance me estaba contando una anécdota muy divertida de la universidad.
—¿En serio? ¿Puedo escucharla? —pregunta mi tía, acercándose.
Trago saliva, sintiendo un nudo amargo.
—Supongo que Constance ya no está de humor para contarla —insinúa Irene con malicia—. Pero yo puedo hacerlo por ella.
—Constance, ¿estás bien? Te nota rara —insiste mi tía, tratando de buscar mi miradas tras los cristales oscuros.
Tengo que decir algo o este interrogatorio nunca terminará.
—Estoy bien, tía. Solo… Bueno, creo que me llegó el periodo. Siento que si me muevo me mancharé.
Aprovecho el gesto de acomodarme las gafas para limpiar sutilmente las lágrimas que se escapan por mis mejillas.
—¡Ay, Dios! Iré por una toalla para que te cambies rápido —exclama, subiendo las escaleras a toda prisa.
Irene me dedica una última mirada de astucia pura.
—Vaya que eres buena para las excusas. Me encantaría charlar más, pero ya sabes, cuando está la familia es difícil ser sincera.
Sus pasos al subir la escalera hacen eco, dejando un vacío helado en la sala.
En cuanto estoy segura de que no me ven, suelto un pequeño sollozo. Mi mente ya no puede soportar más palabras hirientes. Pero entonces, el sonido de otro pasos —tac, tac. tac— me obliga a reaccionar. Me escondo detrás de las pesadas cortinas blackout justo a tiempo.
—Hay que decirle la verdad a Constance —es la voz de mi padre cargada de una culpa que me hiela la sangre—. Ya no podemos seguir ocultando la identidad de Rennattha. Aunque sea doloroso para ella, necesita saberlo.
Me muerdo el labio con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre, luchando por no emitir ni un suspiro.
—Todavía no —responde mi madre—. Deja que acabe sus clases. Solo faltan tres días. El sábado sin falta hablaremos con ella.
´—¿Han visto a Constance? —pregunta mi tía.
—No. ¿Ya llegó de la universidad?
—Sí. Estaba en la sala, pero ya no lo está. Debe estar en el baño. Le llegó el periodo y estaba sin protección.
—Iré a buscarla —comunica mi madre.
—Bien. Yo iré a hablar con Ashton e Irene para explicarle bien lo que se hará por ahora.
—Yo acompañaré a Lavinia a buscar a Constance.
—Vayan. Cualquier cosa me avisan de inmediato.
—Claro, cuñado.
Escucho como los pasos toman diferentes direcciones.
Salgo de mi escondite cuando el silencio es absoluto, y corro hacia mi habitación. Me encierro al llegar, derrumbándome sobre la cama.
✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
Cuando mi mamá y mi tía entraron a mi habitación me hice la dormida. No pude enfrentarlas. Cuando se marcharon para dejarme descansar, me quedé sumergida en mis pensamientos hasta que el agotamiento me venció. Si no fuera por Sonia, que vino a avisarme de la cena, seguiría durmiendo.
Llego al comedor con mi mejor sonrisa ensayada. Mis padres y mis tíos me la devuelven.
—¿No tienes cólicos, cariño? —pregunta mamá en cuanto me siento.
—No, solo estoy cansada —respondo, concentrándome en mi plato.
La cena transcurre en una tensión que solo yo parezco notar, hasta que mi tía suelta la bomba.
—Falta poco para que la familia esté completa.
Un silencio sepulcral cae sobre la mesa. El sonido de un tenedor golpeando la porcelana subraya el error. Mi tía, dándose cuenta de su deliz, intenta arreglarlo rápido: