Siento que ya no puedo con mi vida. Anoche no pude pegar ni un ojo, y el espejo me devuelve una imagen que me horroriza: tengo ojeras tan marcadas que parecen tatuajes. Por si fuera poco, tengo la cara hinchada, parezco una deliciosa albóndiga.
Toc, toc, toc.
—Ya voy.
Me quito los parches para las ojeras y me pongo de pie. Abro la puerta y el corazón se me detiene.
—¿Qué haces aquí, Ashton? —cuestiono, y mi voz suena mucho más titubeante de lo que me gustaría.
En un segundo, mi mente proyecta un centenar de escenarios catastróficos. ¿Lo sabe? ¿Frederick le confesó su bajeza?
—¿Por qué me miras así? —suelta él, arqueando una ceja—. Ni que fuera un asesino serial.
Trago grueso, intentando recuperar mi máscara de indiferencia.
—Bueno… es inaudito para mí verte aquí, frente a mi puerta, tan de mañana.
Me intercepta con la mirada, analizándome.
—¿Qué te trae por aquí? —pregunto forzando una sonrisa tensa que me hace doler la cara.
—Ten.
Me extiende una bolsa de una marca que reconozco al instante. La recibo por puro reflejo.
—Asia es conocido por sus excelentes productos de belleza —dice con su habitual tono seco—. Traje para toda la familia.
Lo miro con una desconfianza que no puedo ocultar.
—Se que no tenemos una buena relación, pero eso no quiere decir que te odie —añade, restándole importancia con un gesto—. Si te incomoda mucho, puedes tirarlo.
Aclaro mi garganta, sintiendo una punzada de algo que se parece mucho a la culpa.
—No, no me incomoda. Gracias, Ashton.
—No hay de qué.
Sin decir más, se da la vuelta y se retira por el pasillo. Y yo, me quedo ahí, estática, observando su espalda mientras se aleja. Siento un peso horrible en el pecho. Mi estúpido corazón de pollo no puede evitar sentir empatía por él.
Suelto un suspiro pesado y regreso a mi habitación para dejar el regalo de Ashton sobre el vanity.
—¿Por qué justo ahora te acuerdas de que también existo, Ashton?
Sacudo la cabeza con fuerza. No puedo dejar que mi amabilidad me domine ahora. Tengo que mantenerme firme, especialmente ahora que tengo el control de los infieles.
—Todo va a estar bien para tí, Constance —murmuro para mi reflejo.
Espanto mi bondad residual y vuelvo a salir de mi habitación, esta vez directo al comedor.
Estoy ansiosa. No sé cómo voy a reaccionar cuando tenga a esos dos cerdos frente a mí.
Entro al comedor con la cabeza en alto, saludando con un entusiasmo exagerado a mis padre y tíos antes de tomar asiento.
—¿Te quedaste despierta hasta tarde, Constance? —pregunta mi madre, señalando mis ojeras.
—Sí, la universidad me tiene agotada —miento con naturalidad mientras empiezo a servirme el desayuno.
Mis ojos recorren la mesa. Frederick e Irene no están. La curiosidad me gana, así que pregunto con un tono desinteresado mientras corto un trozo de fruta:
—¿Y los demás?
—Frederick no se siente bien —responde mi tía de inmediato, con un gesto de preocupación—. Está con una fuerte migraña.
Suelto un suave «ah» y miro a Ashton, esperando su respuesta. Él, con su habitual estoicismo, ni siquiera levanta la vista de su jugo.
—El viaje fue muy agotador para mi esposa. Sigue descansando.
—Vaya —susurro y sigo comiendo en silencio.
Que lástima.
Realmente quería ver cómo pensaban actuar después de lo que hicieron. Quería ver si eran capaces de sostener la mirada o si la culpa les carcomía.
✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
Me quito el casco de protección con un movimiento brusco, sintiendo el sudor pegado a mi frente y el peso de una derrota aplastante. No es solo que haya perdido la ronda; es que ni siquiera opuse resistencia.
Me desplomo en el suelo del club de esgrima, con las piernas extendidas y la respiración errática, buscando desesperadamente mi botella de agua. Bebo un largo trago.
—No me tocaste ni una sola vez —la voz de Roy me sobresalta—. ¿Qué tienes?
Se sienta a mi lado, dejando su sable en el piso. Lo miro de reojo, sintiendo que mis pensamientos son una marea alta que amenaza con ahogarme.
—Nada —respondo con un tono notablemente apagado, casi monótono.
—¿Nada? ¿En serio, Constance? —Roy resopla, incrédulo—. Todo el día has estado por las nubes. Incluso en la práctica estabas totalmente desconcentrada. Suspiras como si estuvieras cargando el cielo sobre tus hombros. ¿Qué te pasa?
Me quedo pensativa de nuevo, trazando líneas imaginarias en el suelo con la punta de mi guante.
¿Debería contarle?
—¡Ay, no! Si vas a seguir así, lo mejor es que me vaya —dice, haciendo el amago de levantarse.