Termino de preparar todo, me cepillo los dientes y cumplo mi rutina de Skincare de forma mecánica. Al terminar me miro al espejo…
No sé qué pasará después de esta noche. No sé si volveré a esta casa como la misma personas. Así que, necesito un momento de paz. Necesito estar con ellos una última vez.
Salgo de mi habitación y caminó hasta la habitación de mis padres. Toco suavemente. Mi madre abre la puerta, mirándome con lo que considero ternura.
—¿Qué sucede, cariño?
—Quiero dormir con ustedes —le digo, sintiéndome de repente como una niña pequeña.
Ella me regala una sonrisa.
—Claro que sí. Pasa, cariño.
Entorno y veo a mi padre en la cama.
—Nuestra niña quiere dormir con nosotros —cuenta mi madre.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez —dice con una sonrisa radiante—. Esta noche se sentirá como cuando era una niña.
Ambos ríen, pero yo siento un nudo insoportable en la garganta.
Sin previo aviso me abalanzo a los brazos de mi padre, abrazándolo con una fuerza desesperada. Mi madre se une al abrazo, envolviéndome en ese aroma a hogar que tanto miedo tengo de perder.
—Los amo con toda mi vida —susurro, escondiendo mi rostro para que no vean mis lágrimas.
—Y nosotros a ti Constance —responden casi al unísono—. Nosotros también te amamos.
Me quedo ahí, rodeada por el aroma y el calor de las únicas personas que me han hecho sentir el amor de una familia. Memorizo este abrazo antes de que el mundo que conozco termine de romperse.
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Salgo de casa con el corazón a mil por hora. Al llegar a la salida me encuentro con Frederick, que está apoyado contra el marco de la puerta, proyectando una mirada tan hostil que juraría que el aire se enfría a su paso. Sin embargo, lo ignoro olímpicamente.
Poco después aparece Roy, puntual y eficiente como siempre. Con una energía que contrasta con la rigidez de mi “prometido”. Roy comienza a ayudarme con las maletas, subiéndolas al auto con agilidad. Mientras a Frederick ni siquiera le dirige la palabra.
Una vez que nos instalamos en el auto, Roy se gira hacia mí con una chispa de travesura en los ojos.
—Tengo algo para ti —dice, extendiéndome una cajita rectangular.
Al abrirla, una exclamación de sorpresa se escapa de mis labios. Son unas gafas de sol espectaculares. Tiene una montura cat-eye de estilo retro, pero lo que las hace verdaderamente mías es el derroche de brillo: están completamente recubiertas de pequeños cristales.
—Las gafas no pueden faltar —añade con una sonrisa—. Son tu sello personal.
—¡Están hermosas, de verdad!
Me abalanzo sobre él y lo abrazo con fuerza, besando su mejilla con cariño.
—Te amo, eres el mejor.
Nuestro hermoso momento se ve interrumpido por Frederick, que ingresa al auto, cerrando la puerta con un golpe seco. Pese a eso, Roy y yo seguimos en lo nuestro, ignorando deliberadamente su aura de amargura.
Roy se inclina sobre mí para ayudarme a colocar el cinturón de seguridad, un gesto protector y cercano, mientras yo no puedo dejar de admirar mi nueva adquisición frente al espejo retrovisor. Ya listos, mi amigo pone el motor en marcha y nos alejamos de la mansión.
A través del espejo, puedo sentir la mirada de Frederick clavada en nosotros; es un mirada pesada, cargada de una mezcla de juicio y algo que no alcanzo a descifrar, pero que me importa muy poco.
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Después de una mañana inusualmente tranquila, recuperando horas de sueño tras el ajetreo del viaje, la tarde se convirtió en un torbellino. Pero, por fin, el momento ha llegado.
Me encuentro sola en el asiento trasero del auto proporcionado por el hotel, respirando hondo. Roy Y Frederick tuvieron que adelantarse, este último fue obligado. Por el caos de última hora, Roy olvidó los anillos, así que tuvo que ir a comprar unos mientras yo terminaba de retocarme el maquillaje.
El auto se detiene frente a la icónica capilla. El letrero de neón zumba sobre mi cabeza, recordándome que esto no es un sueño. Roy me abre la puerta. Al verme salir se queda estático un segundo, con una expresión que me desarma.
—Aunque sea una boda sin sentido, Constance… eres la novia más bella que han visto mis ojos —declara con una sinceridad que me atraviesa.
Siento que el calor me sube a las mejillas y bajo la mirada.
—¿Podemos darnos prisa? No tenemos todo el día —manifiesta Frederick, con una irritación casi palpable.
Con el ferviente deseo de que esto termine lo ante posible, me acerca él con paso firme, haciendo que mis tacones resuenen contra el pavimento. Juntos, entramos a la pequeña iglesia.
Todo se da muy rápido, de un momento a otro un oficiante recita los votos con la rapidez de quien tiene otra boda programada en diez minutos. Frederick y yo estamos frente al altar. Intercambiamos los anillos, simples bandas de oro que aún no son de mi gusto, sirven.