A pesar de la conmoción, mi madre es la primera en reaccionar. Se lanza hacia mí y me abraza, ignorando por completo la cercanía sospechosa entre Frederick y yo.
—Mi niña… —solloza, envolviéndome en un abrazo desesperado, de esos que solo una madre que ha temido lo peor puede dar—. Me tenías tan preocupada. ¿Dónde has estado? ¿Por qué no contestabas las llamadas ni los mensajes?
Sostiene mi rostro entre sus manos, buscando heridas o señales de trauma, mientras las lágrimas manchan su tersa piel.
—Cariño, pensé que te había pasado algo. Que te había perdido para siempre —confiesa con voz rota.
El llanto de mi madre me parte el corazón; mi corazón de pollo amenaza con desmoronar mi fachada.
—Lo siento, mamá —susurro, sintiéndome la peor hija del mundo.
Mamá me abraza de nuevo, con tanta fuerza que casi no puedo moverme.
—Está bien, está bien. Ya estás de regreso en casa —dice, como si eso fuera lo único que importara.
Con un nudo asfixiante en la garganta, le devuelvo el abrazo, ocultando mi rostro en su cuello, buscando refugio en su aroma. Pero la burbuja de alivio estalla antes de formarse.
—¿Por qué ustedes dos están juntos? —La resonante voz de mi padre me hace sobresaltar. Instintivamente me escondo en el pecho de mi madre—. ¿Por qué se fueron sin decir nada? ¿Por qué apagaron sus celulares? ¿Dónde han estado todo este tiempo? —brama, con una furia que nunca antes me había permitido escuchar.
Papá, por más furioso que esté, sin importar la situación, siempre suaviza la voz si yo estoy cerca, pero ahora ni siquiera lo está ni intentado.
—¡Dime algo al respecto, Frederick! —exige con tanta autoridad, que la atmósfera se vuelve pesada.
Frederick exhala, apretando mi mano una última vez antes de soltarla. Mi cuerpo se encoge por reflejo, buscando protección en los brazos de mi madre.
—Constance y yo nos escapamos a Las Vegas.
—¿Las Vegas? ¿Qué demonios fueron a hacer a Las Vegas? —inquiere papá, aunque su tono sugiere que ya sospecha la respuesta y la odia.
Aunque no es a mi a quien directamente me pregunta, me siento como una criminal bajo el foco de un interrogatorio.
—¡Responde, Frederick! —mi tío se une a la presión.
—Constance y yo fuimos a Las Vegas a casarnos.
El cuerpo de mi madre se tensa, y el silencio se vuelve sepulcral. Esto será problemático.
—¿Qué acabas de decir? —cuestiona papá entre dientes.
—Que Constance y yo nos casamos —vuelve a responder con una frialdad que me eriza la piel.
Los gritos estallan al unísono. Levanto la cabeza y la escena me deja helada: mi padre tiene a Frederick sujeto del cuello, acorralándolo contra el taxi.
—¡¿Qué acabas de decir?! —Mi padre está rojo de rabia, las venas de su cuello están marcadas—. ¿Qué estupidez estás diciendo, Frederick Sinclair?
—Hermano, por favor…
—¡¿Qué te casaste con mi hija?! ¡¿Con mi hija?! ¡Tu prima! No estoy de humor para tolerar una broma de mal gusto- Así que retráctate ahora mismo antes de que pierda la cabeza.
Mis tíos y primos intentan alejar a mi padre de Frederick, pero ni siquiera logran moverlo un poco.
—No es una broma, tío —manifiesta, aceptando su destino—. Constance y yo nos casamos…
Mi padre le alza un golpe a Frederick que lo tira al suelo de inmediato. Sin darle tiempo a que se levante, intenta seguir con la paliza, pero mi tío y Ashton los detienen a la fuerza.
—¡Suéltenme ahora mismo! —grita, forcejeando—. Este mocoso merece una paliza por las tonterías que está diciendo.
—¡Cuñado, por favor, detente! —suplica mi tía, sufriendo a su hijo con su propio cuerpo.
Genevieve ayuda a Frederick a levantarse, notando que tiene el labio partido y la mirada perdida. Inesperadamente, sus ojos grises chocan con los míos. Honestamente, no pensé que las cosas se pondrían así. A lo mucho imaginé caras largas, pero nunca que llegarían a los golpes.
—¡¿Qué tanto miras a mi hija?! —papá clava su mirada en mí y de inmediato vuelvo a refugiarme en mamá–. Constance… desmiente a tu primo. Ahora.
No digo nada. Solo me aferro a la blusa de mi madre como una náufraga.
—¡Constance Sinclair! Obedéceme!
—No le hables así. La estás asustando —interviene mi madre, acurrucando más mi cuerpo contra el suyo.
—Suéltenme —pide nuevamente, pero esta vez con una voz que me resulta escalofriante.
Escucho pasos que se acercan. Mi corazón bombea más lento mientras mi respiración se corta.
—Lavinia, suelta a Constance. Nuestra hija tiene que dar explicaciones.
Mi madre cede, pero yo no, me aferro a ella como una garrapata.
—Constance, mírame —niego con la cabeza—. Constance, es una orden.
Un solloza escapa de mis labios. El miedo me domina; papá nunca me había hablado así, con esa mezcla de furia y decepción que cala más que cualquier golpe.