Bésame, Idiota

Capítulo 12

—Cuando ya no podía más, cuando estuve a punto de rendirme y abandonar mi vida, apareciste tú —comienza mamá con la voz temblorosa pero cargada de una nostalgia dulce—. Con tu dulcecita voz me preguntaste si estaba bien y, al verme tan triste, me ofreciste tu chocolate, el único que tenías para que me sintieras mejor.

Mamá me mira de una forma tan inexplicable, pero que me hace sentir que soy lo mejor que le pasó.

—Ese pequeño gesto de tu parte me rompió. Lloré frente a tí y, aunque era una total desconocida, te quedaste. Te subiste a esa banca y me abrazaste. Me dijiste que todo iba a estar bien, que aunque fuera grande estaba bien llorar porque llorar aliviaba el alma —sus ojos se humedecen por las lágrimas—. Aún sin comprender lo que me pasaba, me entendiste y me diste ese abrazo que tanto necesitaba.

Mis dedos tiemblan mientras mi mente recrea aquel recuerdo de esa niña que fui, consolando a la mujer que me daría todo el amor y el cuidado familiar que tanto anhelaba.

—Me reconfortaste el alma, me diste esperanza con tus palabras —limpia mis lágrimas mientras ella las contiene—. Por un momento la vida dejó de doler, pude respirar de nuevo…

Se le corta la voz por un instante, pero vuelve a continuar:

—Cuando terminé de llorar, en vez de irte a jugar, te sentaste a mi lado, en silencio, hasta que llegó el atardecer. Tenías que irte, te despediste de mí dándome la sonrisa más hermosa que nunca antes había visto. Dando brinquitos te alejaste sin saber que con cada pasos que dabas dejabas un vacío en mi corazón. Quise detenerte, pero me contuve porque te veías tan apresurada que no quise robarte más tu tiempo.

Suspira tomándose su tiempo para seguir. Es que las palabras se quiebran cuando las emociones son tan fuertes.

—Esa tarde regresé a casa con un extraño sentimiento; no podía dejar de pensar en tí, deseaba verte de nuevo. Así que, al día siguiente, apenas el sol salió, regresé a ese parque. Te esperé todo el día, y aunque pensé que no volvería a verte, volviste a aparecer. Al reconocerme me sonreíste y te acercaste de inmediato, preguntándome si ya me sentía mejor.

Sus labios se curvan en una sonrisa tan radiante como el sol en primavera.

—Esa tarde charlamos hasta que el atardecer se pintó en el cielo. Me contaste el lado bonito de tu corta vida; por un par de horas la tristeza se alejó de mí —hace una pausa y arregla mi cabello, notando esa ternura que me hace sentir pequeña y protegida.

Al asegurarse de que mi cabello está ordenado retoma la conversación:

—Al otro día fui a verte de nuevo, y volviste a jugar en el parque a la misma hora del día anterior. Desde ese día comencé a ir a ese parque todos los días, a la misma hora.

Mamá toma mis manos entre las suyas, dejando un dulce beso tronado en ellas.

—Estar contigo me hacía feliz. Me hacía sentir viva. Me salvaste, Constance, y de la manera más hermosa.

Todo lo que he callado durante años se convierte en nudo que aprieta mi garganta. Esto duele, y duele mucho.

—El brillo volvió a sus ojos, ella volvió a sonreír —agrega papá, observando a mamá con una mezcla de amor y nostalgia—. Aunque nuestro matrimonio estaba en crisis, noté el cambio al instante. Se veía más tranquila, más llena de esperanza, incluso comenzó a alimentarse bien. Aunque el dolor seguía arraigado en su corazón, poco a poco volvió a ser ella misma.

Suspira. Tan enamorado de mamá como de costumbre.

—Me da vergüenza decirlo, pero sospeché de tu mamá; creí que estaba conociendo a alguien más. Y es que cada vez que veía su celular sus ojos se iluminaban. En ese tiempo, aunque compartimos el mismo techo, éramos como dos desconocidos, por eso no me atreví a preguntar nada al respecto. Pero muerto de celos, un día la seguí. Ese día volví a ver su sonrisa, y el dueño de esa sonrisa no era otro hombre… eras tú.

Con la mano en el pecho suelta otro suspiro, uno largo y pesado.

—Lloré. Lloré de nostalgia porque todo estaba tan mal que di por hecho que nunca más volvería a verla sonreír así. Ese día me enamoré más de mi esposa y sentí curiosidad por ti. Aunque no me acerqué, me quedé a la distancia admirándolas. Contemplarlas jugando y riendo se volvió parte de mi rutina. Cada día el sentimiento de querer unirme a ustedes crecía, pero tenía miedo de arruinarlo todo.

Papá mira el techo, y mamá, conociéndolo mejor que yo, ventila sus ojos con sus manos. No digo nada, solo lo observo, con los sentimientos a flor de piel.

—Disculpa a tu padre —ahora él sostiene mis manos entre las suyas—. Durante más de un mes fui espectador, pero un día no pude soportarlo más, tomé el valor y fui hacia ustedes. Tú corrías por el parque mientras Lavinia iba tras de ti pidiéndote que tuvieras cuidado, sin embargo, fue muy tarde; chocaste con mis piernas. «Lo siento», mascullaste mientras te agarrabas la nariz con ambas manos. Cuando te pregunté si estabas bien, alzaste tu mirada, y por fin, pude ver con claridad tu rostro. Parecías una muñequita.

Una sonrisa se dibuja en su rostro, una tan linda que hace que pequeñas y finas arrugas se formen al borde externo de sus ojos.

—Cuando respondiste a mi pregunta diciendo que sí estabas bien, que solo te habías aplastado la nariz, me terminaste de robar el corazón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.