Frederick
Unas caricias suaves en el rostro me sacan del sueño de golpe. Abro los ojos y me llevo el susto de mi vida al ver a Irene; por reflejo, me alejo. Con el corazón martillando contra mi pecho, me siento y, por instinto miro frenéticamente hacia la cama de Constance; suspiro aliviado al ver el bulto hecho de almohada.
—Se escapó con Genevive y todavía no vuelve, por si esa es tu preocupación —dice con esa voz suave y melosa que ahora me resulta insoportable.
Frunciendo el ceño, me levanto de la cama con un movimiento brusco y pongo distancia entre nosotros.
—Vete, Irene. Ahora mismo —ordeno, tratando de recuperar la compostura.
—No tengas miedo, Frederick. Esa maldita…
—Lo sé —la corto en seco—. Se perfectamente que se fue.
—¿Entonces de qué te preocupas? —me cuestiona con una sonrisa cínica—. No tienes por qué actuar así conmigo cuando ella no está.
—No estoy actuando —suelto con los dientes apretados—. Quiero que te vayas.
Su expresión se congela con ojos muy abiertos, cejas arqueadas y labios apretados.
—Retírate de mi habitación, Irene.
Ella desvió la mirada, y la comisura de sus labios se elevan; aun así puedo notar el temblor en ellos.
—No… —su voz se quiebra ligeramente—. No tienes porqué tratarme así. —Pasa saliva—. No tengas miedo, Constance no dirá nada; ama tanto a esta familia que no dejará que se destruya. Ya no tienes que seguir cumpliendo sus caprichos, Frederick. Podemos volver a estar juntos…
—Nosotros nunca hemos estado juntos… —Mi voz suena como un látigo en el silencio—. Y nunca lo estaremos.
Aunque su mirada vidriosa está fija en mí, parece no enfocar nada en concreto.
—Ya vete —pido con la expresión más fría que tengo—. No quiero tener problemas con mi mujer…
El aire se vuelve pesado. Me quedo mudo al percatarme de lo que acabo de decir sin pensar.
—¿Tú mujer? —repite con la voz distorsionada—. ¿De verdad te enredaste con ella?
No respondo y me mantengo firme con la mirada, notando como sus manos tiemblan levemente.
—Frederick, ella te está usando. Solo está encaprichada contigo porque sabe que yo te amo.
Bajo la mirada, sintiendo cómo el cansancio absoluto recorre mi cuerpo.
—Me da igual si soy un capricho o no de Constance. —Fijo de nuevo mis ojos en los suyos—. Es mi esposa y la respeto, así que tú también deberías hacer lo mismo con…
—¡Ya detente! —grita agarrando su cabello con fuerza—. ¡Deja de decir cosas que nos lastiman! ¡Deja de decir estupideces absur…!
Cubro su boca con fuerza y espeto:
—Callate. Mis suegros están en la habitación de al lado.
Sus ojos rojos y desenfocados chocan con los míos, llenándose de lágrimas.
—Lárgate cómo entraste: en silencio —exijo y la suelto, esperando que se vaya.
—¿Por qué me haces esto? Sabes perfectamente que yo no amo a Ashton —solloza, dando un paso hacia mí—. Que yo te amo a tí.
La miro de arriba hacia abajo y, con una sonrisa ladeada. cuestiono:
—¿Entonces por qué te casaste con mi hermano si no lo amas?
—Porque era la mejor opción —confiesa, y la lagrimas caen por su rostro.
¿Con qué clase de mujer conviví todos estos años? ¿Cómo fui tan ingenuo para no darme cuenta de que esa niña y mujer frágil tenía su lado vil?
«Espero que algún día se te caiga la venda de los ojos y veas con claridad quien era la verdadera insoportable.»
—Entonces deja de insistir y dedícate a amar, respetar y cuidar a tu “mejor opción” —le devuelvo con desprecio.
—Frederick, yo te amo…
—Pero yo no. Entiéndelo de una vez.
—No te creo —niega con la cabeza—. Lo dices para hacerme sufrir.
—Lo digo porque es la verdad: no te amo. Fue mi complejo de inferioridad hacia Ashton lo que me llevó a creer que lo hacía —confieso, liberándome un poco de esa carga emocional que siempre me negué a aceptar y que me ha estado consumiendo por años—. Siempre le he tenido envidia a mi hermano; por eso te quería, quería tener algo que amara para sentirme, por primera vez, superior a él. Pero muy tarde me di cuenta de que no era amor, solo fue una obsesión egoísta disfrazada de afecto. Lo que pasó contigo fue un maldito error del que me arrepiento cada segundo.
—Me estas lastimando…
—Deja de buscarme, de fastidiarme e invadir mi espacio personal. No te quiero cerca: ni como amiga, ni como cuñada, mucho menos como mujer.
—Para.
—No vuelvas a insistir en ser cercana a mí. Respeta la distancia que he puesto, porque si tú no valoras a mi hermano, yo sí lo hago. —Me doy la vuelta—. Lárgate…
Mi cuerpo se tensa ante el fuerte abrazo de Irene.
—Yo te amo, Frederick. Te he amado toda mi vida. —Mi mandíbula se tensa—. Te lo ruego, no me abandones. No me alejes de tí…