Bésame, Idiota

Capítulo 24

Constance

—¡Ay, Dios mío! Unos minutos más y se me iba a zafar la mandíbula de tanto forzar mi sonrisa —resoplo y miro a la persona que tengo a mi lado—. En diez minutos te vas de mi habitación.

—¿En serio?

—Sí, te estoy hablando en serio. —Le enseño el ramo de flores—. Esto, ni el abrazo que nos vimos obligados a darnos no cambian nada. No te quiero aquí. Bye.

Comienzo a recorrer mi habitación; tengo que buscar un buen lugar para poner mis flores, porque las flores no merecen mi enojo.

—Te recuerdo que mi madre se dio cuenta de que las cosas estaban mal entre nosotros…

—Y claramente te dije que tuvieras cuidado para que no se dieran cuenta, pero hiciste todo lo contrario —alego, sin dejar de darle la espalda.

—Eres, eres…

Me doy la vuelta y lo escruto.

—¿Qué soy? —Me sostiene la mirada, pero no dice nada—. Responde, ¿qué soy?

Sus ojos llenos de dudas cambian a seguridad.

—Eres insoportable.

Suelto una risa divertida. ¿Cómo se atreve a decirme así después de lo que hizo? Avanzo hacia él.

—¿Insoportable? ¿Así que soy insoportable? —Aunque me duele la mano, agarro con fuerza el ramo de rosas—. Te voy a mostrar lo insoportable que puedo llegar a ser.

Levanto el ramo de rosas y comienzo a golpearlo con todas mis fuerzas, aunque eso provoque que mi mano duela mas. ¡¿Cómo se atreve a minimizar lo que yo siento?!

—¡Auch…! Detente, Constance —pide, y como no es escuchado, el cobarde intenta escapar de mí, pero yo lo sigo. El coraje de ayer todavía sigue presente en mí, y fácilmente no se me va a pasar.

¿Cómo se atrevió? ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Qué ella entró sola? ¡Ay, por favor! A otro perro con ese hueso. No le creo nada, absolutamente nada. ¿Qué confié en él? ¿Cómo puedo hacerlo si él nunca confió en mí?

—Constance, cuidado…

Suelto un quejido y presiono mis labios para no gritar ni decir alguna grosería.

—¿Estás bien? —Alzo la vista y él retrocede—. ¿Quieres que te ayude?

—No, yo puedo sola —declaro entre dientes. Exhalando, me pongo de pie y no puedo evitar mirar mi dedo chiquito; sigue rojo.

—Mi madre estaría muy triste si ve cómo están maltratadas sus rosas —asegura, ganándose una mala mirada.

Ignorando el peso en la boca de mi estómago, camino dos pasos y le arrebato mis flores; unas cuantas se maltrataron por los golpes.

—Lo siento, bonitas. Todo es culpa de ese idiota descarado. Pronto las pondré en agua.

Camino hasta buró y tomo mi celular. Me siento en la cama, dejo las flores a un lado y procedo a escribirle a Sonia.

—Constance…

Resuello y dejo el celular para mirarlo.

—¿Qué quieres? —Se sienta a mi lado, pero manteniendo la distancia.

—Sé que no confías en mí, pero te lo juro por nuestra familia que ella entró sola.

Analizo cada uno de sus gestos, deteniéndome en sus ojos; estos reflejan sinceridad, una sinceridad que me conmueve… Desvío la mirada. Una corriente eléctrica que nació de mi cuello, recorre toda mi columna dorsal.

—Nunca se me pasó por la cabeza dejarla ingresar aquí —añade con firmeza.

—¿Te diste cuenta de que me escapé de nuevo? —De reojo veo como mueve la cabeza en afirmación—. Entonces, ¿por qué no cerraste la puerta?

—Porque seguías enojada conmigo. —Giro mi cabeza, sosteniendo esa mirada que me inquieta—. Pensé que si aseguraba la puerta te enojarias más, por eso decidí no hacerlo.

Me mantengo en silencio; no tengo nada a favor que decir. Sus pensamientos no son erróneos.

—Te entiendo, yo también estaría enojado si descubro que alguien que no me agrada está invadiendo mi espacio personal. —Mi patético y sensible corazón se acelera—. Me aseguraré de que no vuelva a pasar. Es más, si vuelves a salir, esperaré tu regreso.

De golpe clavo mi mirada al piso; es un peligro verlo a los ojos.

—Se perfectamente que no quieres verme, pero la posibilidades de que me atrapen durmiendo en otra habitación son muy altas…

—No sigas —pido, soltando un largo suspiro—. También entiendo todo. No confío en tí, pero por esta vez, te daré el beneficio de la duda. —Dirijo de vuelta mis ojos hacia él—. Si algo como lo de ayer se vuelve a repetir, ni te molestes en darme explicaciones. Recogerás tus pertenencias y te irás. ¿Entendido?

—Entendido…

Una ola fría sacude mi corazón. ¿Por qué cada vez que nos miramos fijamente un manojo de sensaciones recorren mi cuerpo? Si yo tengo el control de todo, no debo sentirme así: acorralada y vulnerable.

—Señorita Constance…

Como si fuera un resorte me levanto de la cama, luchando por contener mi respiración agitada.

—Pasa, Sonia.

Sonia ingresa con el jarrón de agua. Aprovecho este momento para alejarme de Frederick. En este momento su cercanía me desestabiliza.




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