Bésame, Idiota

Capítulo 26

—¡Sí! —exclaman las chicas ante el tercer éxito del tío Lawrence.

El dueño del juego le entrega el pingüino de peluche, y él se lo entrega a Rennattha.

—Gracias, señor Lawrence —agradece ella con una sonrisa, la cual el tío devuelve.

—Lawrence ha ganado tres veces; lo correcto sería ir a otro, ¿no creen, niñas? —declara la tía Lavinia, obteniendo la aprobación inmediata de las chicas.

Constance, Rennattha y Genevive se dirigen hacia otra área de juego y, al igual que mis tíos, las sigo. Las tres se ven contentas; no pensé que un simple peluche podría hacerlas felices.

—No es necesario, amor. —Las palabras de mi tía captan mi atención.

—Pero quiero hacerlo —responde él con esa voz suave que desborda amor y devoción.

—Está bien. —Mi tía le sonríe de oreja a oreja y, seguidamente, mira a las chicas—. Niñas, vengan.

Las tres se acercan con curiosidad al tío Lawrence, que ya está frente a una máquina de garra. Solo puedo preguntarme: ¿qué tienen hoy contra los peluches?

—¿Para quién va a ser este, papá? —cuestiona Constance. Genuinamente me interesa saber la respuesta; sería un poco injusto si una de ellas —o peor, Constance— recibiera otro, lo que sería una clara señal de favoritismo.

—Para tu mamá.

—¡Aww! Mi tío es tan romántico —expresa mi hermana con evidente admiración—. Mis expectativas en el amor son cada vez más altas. ¡Ya quiero tener un novio!

—Estás muy pequeña para pensar en eso, Genevive Sinclair.

—Pero ya tengo quince. Constance tuvo novio antes de los… —Suelta una risita nerviosa ante la mirada inquisitiva de nuestro tío—. Quiero decir, tuvo novio a los quince, y yo ya tengo la misma edad.

—Por esa misma razón es que considero que todavía no tienes la edad suficiente para tener pareja. No sabes cómo me dolió ver llorar a Constance por su ruptura con Roy. Así que espero que no vuelva a llorar por amor —sentencia, y es imposible no sentir una gran presión.

No soy profeta, pero estoy seguro de que en un año moriré a manos de mi tío.

—¡Ya no hablemos del pasado! —pide mi tía, cortando la tensión que había en el aire—. Mejor, sigamos con el juego.

—Apoyo a mamá —dice Constance, incentivando al tío para que retome lo que estaba haciendo.

Mientras yo solo observo en silencio, ellas apoyan al tío, ya que a diferencia del otro juego, este no está siendo nada fácil para él. Supongo que aquí vamos a demorar un poco.

—Frederick, querido… —Le presto atención a mi tía—. Has estado muy excluido. ¿No quieres jugar un rato?

—No, no soy fanatico a este tipo de juegos.

—Tú tío tampoco, aún así lo hace para hacer feliz a las personas que ama —. Al igual que ella miro a las chicas, pero solo una de ellas se adueña de mi campo de visión—. Aunque no lo parezca, hacer eso es un gesto de amor. Se que Lawrence puede darme todas las cosas materiales que desee, pero ver que está esforzándose para obtener ese peluche sin necesidad de yo pedirlo, me hace inmensamente feliz.

—Entiendo… Gracias, tía.

Aunque no me agrada la idea, camino hacia la pequeña máquina que está para intercambiar monedas. Con estas en mi poder, me acerco a la otra máquina de peluche y analizo detenidamente los peluches que están en mejores posiciones. Al tener mi objetivo a la mira, empiezo a jugar.

¿Qué puedo decir? Esto es estresante, no llevo ni dos minutos y ya quiero rendirme, pero necesito que el falso amor entre Constance y yo siga a flote. Sí, estoy haciendo esto por las palabras de mi tía.

—¡Lo hiciste, papá! —más gritos se unen al de Constance.

—Gracias, mi amor —murmurra mi tía.

—¡Awww…!

¡Al fin! Lo hice. Saco el peluche del buzón de premios, logrando ver al fin lo que es: un cordero con tulipán.

—¡Ay, qué bonito! ¿Me lo regalas? —pregunta mi hermana.

—No, ya tienes uno —le recuerdo y paso por su lado hasta llegar a donde está Constance, que de inmediato disimula su confusión.

Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, aprieto el peluche con fuerza. ¿Qué debería decir? No puedo entregarlo sin decir ni una sola palabra bonita; sería extraño.

—Eh…

¿Para qué pensarlo tanto? Siempre he sido alguien simple con las palabras. Además, es imposible que el amor te cambie de la noche a la mañana.

—Para tí.

Sus labios se curvan en una sonrisa espontánea, lo sé porque hasta sus ojos sonríen.

—Es muy bonito. Gracias, esposito…

Podría decir que esta es la segunda vez que sonríe sinceramente. La primera vez fue cuando bailamos juntos, fue breve, pero auténtica.

—¡Ay! —Chasquea la lengua—. Ven Rennattha, vayámonos de aquí, nosotras estorbamos.

Genevive se lleva a Rennattha.

—Niñas, ¿a dónde van? —inquiere mi tía, siguiendolas, eso sí, se lleva a mi tío con ella.

La suave risilla me lleva a mirarla, al darse cuenta de mi mirada, se detiene y aclara su garganta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.