Bésame, Idiota

Capítulo 27

Constance

¿Qué le pasa? ¿Por qué tiene sus ojos anclados en mí? ¿Está todo bien en su cabeza? Por culpa de su intensa mirada no puedo concentrarme en la conversación que fluye a mi alrededor. ¿Por qué carajo no deja de observarme?

Aprieto con más fuerza el cojín; esto es asfixiante.

¡Ding-dong!

Como si tuviera un resorte en las piernas, me pongo de pie y salgo disparada hacia la entrada; sin embargo, la sensación de ser vigilada no se va.

Abro la puerta…

Roy envuelve mi cuerpo con una intensidad que me roba un jadeo.

—Roy…

—No ha pasado tanto tiempo desde que nos vimos, pero te he extrañado como un demente —susurra besando mi cuello.

—Yo también, pero nos pueden ver.

Soltando un chasquido, se aleja de mí. Lo miro fijamente a los ojos y noto al instante cómo su cuerpo se relaja, provocando una sonrisa en mi rostro.

—Vamos.

Soltando disimuladamente un largo suspiro, regreso a la sala junto a Roy, claro está, manteniendo una distancia prudente. Aun así, eso no evita que reciba miradas.

—Buenas noches…

—¡Roy…! —exclama Genevieve, mientras se lanza a sus brazos, siendo correspondida con un dulce abrazo y un beso en su cabeza.

Al terminar el saludo con Genevieve, Roy saluda con entusiasmo a mi familia, a excepción de tres personas: Frederick, Irene y Ashton.

—Toma asiento, Roy.

Tomándole la palabra a mi mami, Roy se sienta y, naturalmente, me siento a su lado, sintiendo de inmediato cómo un escalofrío recorre mi columna vertebral. Sutilmente, miro de reojo a Frederick; está hundido en la penumbra de su propia inexpresividad, pero no me quita los ojos de encima.

Desvío la mirada, obligándome a mí misma a concentrarme en la conversación donde Genevieve es la protagonista. La sala se llena de ruido en muy poco tiempo.

—Parece como si fuera ayer que corrían por el jardín riendo a carcajadas —la tía Alba suspira—. Cómo han crecido, niños.

—¡Ay, mamá! No te pongas sentimental —pide Genevieve, haciendo un puchero, arrancándonos una risita cómplice a los que estamos disfrutando de este momento.

—Pero aún eres joven, señora Alba; todavía puede tener un bebé más —suelta Roy, haciendo sonrojar a mi tía.

—¡Ay, no! Ya no tengo edad para eso. A estas alturas de mi vida solo tengo que esperar nietos… Los cuales espero que lleguen pronto.

Sin disimular, mira a Irene y Ashton, pero eso no es todo; también me mira a mí y a Frederick.

—Ni lo pienses —replica mi papi, rompiendo la ilusión de mi tía de inmediato.

—Solo estaba bromeando, cuñado —asegura, y vuelve a mirar a Ashton e Irene—. Pero algo me dice que pronto seré abuela.

Ashton e Irene sonríen, pero esta última no parece emocionada por la idea. Bueno, es entendible; es modelo y está en la mejor etapa de su carrera.

—Disculpen… —musita Sonia.

—Oh, sigan adelante.

Con el consentimiento de mamá, Sonia y Bertha colocan las tablas de quesos en la mesa del centro y, con una leve reverencia, ambas se retiran de la sala. El aroma a queso curado y frutos secos lo impregna todo.

Sin esperar más tiempo, agarro un utensilio y tomo un trozo de higo, descuidándome por un segundo fugaz; segundo que fue suficiente para que mis ojos se crucen con los de Frederick. El aire se vuelve pesado, eléctrico, y me veo obligada a romper el contacto visual de nuevo, algo que me molesta por lo habitual que se está volviendo tener que desviarle la mirada.

—Amo esto —alaba Genevieve, soltando un suspiro.

Con gran entusiasmo, mi prima vuelve a pinchar otra rodaja de peperoni.

—Tengo que aprovechar ahora; pronto estaré a dieta hasta que termine el rodaje —declara, arrancando una sonrisa a sus padres.

Todos empiezan a picar algo. Vuelvo a extender mi mano, rozando por accidente la de alguien y experimentando un corrientazo que rebota en mi estómago; aun así, no miro al responsable de que este no deje de cosquillear. Con lentitud vuelvo a mi postura inicial, sin dejar de sentirme observada por él… Es como si estuviera estudiando cada uno de mis movimientos.

¿En serio qué le pasa a Frederick? ¿Acaso disfruta al verme nerviosa e intranquila?

—Constance, ¿no te da pena tu esposo?

—¿Eh?

¿Ahora qué planea esta loca?

—¿No te da pena tu esposo?

La sala queda en silencio ante la pregunta de Irene. Sin poder evitarlo, mis hombros se tensan, pero sonrío de manera impecable.

—¿Pena? ¿Por qué? —respondo con una voz tan suave que parece seda.

Irene se encoge de hombros, luciendo ese aire de santa que tanto detesto.

—¿Por qué prácticamente lo has estado ignorando por estar al lado de Roy…?




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