Bésame, Idiota

Capítulo 31

Frederick

—¿Mi esposa está en casa? —cuestiono, entregando la llave de mi auto.

—Sí, señor.

—Gracias.

Soltando un suspiro, ingreso a la casa, pero no alcanzo a avanzar cuando la voz de Ashton me detiene.

—No, no la disculpo. Por muy molesta que esté, no tiene derecho a voltear su enojo contra nosotras.

¿Ahora que pasó?

—Tienes razón. Estás en todo tu derecho de estar molesta; lo siento.

—Basta, Ashton. La que debe disculparse es ella, no tú. Mira… —resuella con fastidio—, acabemos con esta conversación que no va a ninguna parte.

—Está bien, pero antes tengo que hacerles una petición a las dos.

—¿Quieres que no les diga nada de lo ocurrido a nuestros padres? —interroga, y puedo sentir la decepción de Constance.

–Sí. No quiero más problemas.

—Rennattha, ¿tú qué piensas al respecto?

—Desquitar tu enojo con otras personas no está bien, pero es algo que pasa muchas veces… Evitemos problemas, Constance.

—No diré nada, pero espero que sea la última vez… Controla bien a tu esposa.

Unos pasos apresurados resuenan en mi oídos. En cuestión de segundos, Constance pasa frente a mí junto a Rennattha. Nuestras miradas se cruzan de manera fugaz, pero ella no se detiene; sigue su camino cómo si yo fuera un mueble más.

Sí que está enojada. Qué mal momento para tener un leve pero molesto dolor de cabeza.

—Fred… —Desplazo mi mirada hacia Ashton—. ¿Escuchaste todo?

—Algo… ¿Puedes decirme qué pasó?

—Salgamos. Necesito un poco de aire fresco.

Sin decir más palabras, sale al jardín y lo sigo hasta el árbol de olivo.

—¿En qué momento todo se volvió tan caótico? —expresa, soltando un suspiro largo y pesado.

Me mantengo en silencio ante su pregunta; ¿con qué calidad moral le puedo responderle si yo mismo soy el mayor causante de sus tormentos?

—Deberíamos estar más unidos que nunca ahora que Rennattha está de regreso, pero es todo lo contrario. —Pasa la mano por su cabello, revolviendolo—. Honestamente ya no sé qué hacer con esta situación.

—¿Qué hizo Irene? —cuestiono, ganando una mirada de desconcierto que rápidamente muta a una sonrisa irónica.

—¿Por qué miras cómo si hubiera preguntado alguna estupidez?

—Aun me cuesta creerlo… Supongo que tu matrimonio va como viento en popa.

—¿Qué quieres decir?

—Que antes no decias: “¿Qué hizo Irene?”. Decías: “¿Ahora qué hizo Constance?” —declara, dejándome momentáneamente sin palabras—. Frederick, has cambiado bastante desde que te casaste con ella.

—No considero haber cambiado…

—Lo has hecho —asegura con firmeza, y da unos pasos hacia mí para palmear el hombro—. Y no es algo malo, es todo lo contrario… —suelta un suspiro hondo—. Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero me da un poco de celos ver que tienen un matrimonio ameno… —confiesa con una sonrisa que que no llega a sus ojos—. Cada vez que los veo, pienso que hay personas que nacieron destinadas a amarse y estar juntos toda la vida.

Su rostro grita una profunda resignación.

—¿Por qué piensas eso de Constance y de mí?

—Porque cuando éramos niños, ustedes dos eran inseparables; se adoraban. Luego se distanciaron, su relación se volvió problemática y ahora están juntos de nuevo, como pareja. Si eso no es el destino entonces ¿qué es?

Un complot, uno que tiene fecha de expedición.

—Tengo una duda… ¿Por qué se te nota tan afectado por el tema del destino?

—Porque… Olvidalo. Sólo estoy divagando demasiado —se da la vuelta, frotándose la nuca—. Acertaste, Irene fue la del problema… Quiere que la defienda de los tíos, exige que arremeta contra Constance, pero no puedo… Independientemente de los problemas que hemos tenido, tengo que ser objetivo: Constance no ha hecho nada más que defenderse.

Se vuelve a girar para atrapar mi mirada, y aunque me cuesta un esfuerzo titánico, no bajo la vista.

—He notado que Constance a veces se traga sus palabras para evitar discusiones. Incluso hoy, terminó cediendo en no avisar a Irene con los tíos por desquitarse con ella y con Rennattha —exhala con evidente agotamiento—. He pensando en mudarme, pero Irene se niega rotundamente. Ya no sé qué hacer. No puedo defenderla y ponerme en contra de mi propia familia.

Ni yo tampoco. Soy la persona menos indicada para ofrecerle una solución.

—Discúlpame. Sólo quería desahogarme un poco; no quiero cargarte mis problemas. Mejor ve con Constance; ella es tu esposa.

—No tienes que disculparte. Entiendo tú situación; es normal que quieras sacar lo llevas dentro.

Suelta otro suspiro estrepitoso.

—Se fue, dijo que se quedaría con su tía Sara. No sé si buscarla o esperar que se le baje el enojo.




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