Bésame, Idiota

Capítulo 32

—¡Ni siquiera te considera su padre! ¿No te pesa ni un poco? —cuestionó, con una voz llena de impotencia.

—No, no me pesa. ¡¿Acaso te molesta que te vea a ti y a Lavinia cómo sus padres?! —replicó con un poco de dificultad; estaba en un estado de ebriedad bastante avanzado.

—No, pero me duele ver cómo tu propio hijo no te quiere, ni como padre ni como tío. ¡¿Hasta cuándo vas a seguir con lo mismo, Edward?! —protestó, y la decepción destelló en su mirada.

—¡Nunca deseé que naciera…! —gritó con el alma hasta desvanecerse en un sollozo lamentable. Mientras yo, tapaba mi boca con fuerza para no llorar y ser descubierto.

—¡Lo sé! Lo sé perfectamente y te entiendo, pero Frederick tampoco deseo nacer de esa manera, ¡es inocente! No se merece que su propio padre lo desprecie, no merece pagar por el pecado de su progenitora —aseguró, pero mi padre no escuchaba razones.

—¡Entiende que no puedo amarlo, Lawrence! Cada vez que lo veo recuerdo a su madre y lo que me hizo; me arruinó la vida, hermano —alegó, y aunque no lo quería, me dolieron sus palabras.

–Aún así, ese no es motivo para lastimar a tu propio hijo… Fuiste una víctima de Alondra, ahora eres el victimario de Frederick…

Abro mis párpados de par en par, reviviendo en mi pecho ese dolor de ese momento que creí superado. Me incorporo y paso saliva, sintiendo la amargura del sueño de mi primer recuerdo.

Cierro mis ojos. Si recuerdo los momentos donde fui feliz, tal vez este sentimiento de abandono se vaya…

«Toma», me entregó la gomita cómo si estuviera contrabandeando un diamante, «cometela antes de que Ashton se de cuenta.»

«¿Por qué no quieres que Ashton se de cuenta, Constance?» pregunté ante la conclusión de que Ashton tal vez le había hecho algo.

«Porque solo me quedaban dos gomita esponjosas, y no sabía a quién darle una», susurro, soltando una risilla traviesa.

«¿Por qué me elegiste a mí?» pregunté una vez más, pues Ashton y yo apenas teníamos media hora de haberla conocido por primera vez.

«Porque tu me gustas más que Ashton, Frederick»

Abro los ojos, buscando a aquella niña que me hizo tan feliz con sólo ocho palabras, pero solo encuentro a una mujer…

—Constance…

Cómo si escuchara mi susurro, se remueve hasta sentarse en la cama. Se abraza a sí misma y se mueve de un lado a otro; se detiene y abre los ojos, atrapando mi mirada al instante.

—¿Qué haces? —interroga con voz adormilada—. ¿Estás bien?

—Yo…

Tocan la puerta y ella desvía la mirada. Aprovecho la distracción y, a grandes zancadas, me encierro en el baño.

—Ya bajamos, Sonia…

Exhalo…

No me siento bien.

—Frederick, abre la puerta —toca insistentemente la madera—. ¡Abre que tengo que acudir al llamado de la naturaleza!

Entiendo de inmediato, así que abro la puerta y ella ingresa cómo un torbellino, empujándome de lado.

—Sal, sal, sal.

Si replicar, me retiro, cerrando la puerta tras de mí y quedándome cerca.

Definitivamente, las cosas han cambiado.

Escucho la puerta abrirse, así que me doy la vuelta. Ella asoma su cabeza, esbozando una sonrisa traviesa e inocente a la vez.

—Mi vejiga te da las gracias —manteniendo esa sonrisa, sale del baño—. Tomate tu tiempo, yo espero.

Sin más, se va directo a los muebles, tomando asiento y mirando a todos lados menos a mí. Intuyendo lo que pasa por su cabecita, ingreso al baño de nuevo.

Lo mejor será apurarme para que no se aburra.

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¿Qué se traen ellas dos?

Ni bien salimos de la habitación y nos encontramos con Rennattha, resulta que estaba esperando a Constance. ¿Para qué? No sé. Lo único que sé es que no han dejado de cuchichear y, para ser sincero, me da curiosidad saber lo que tanto hablan.

—¡Buenos días, familia! —exclama Constance, yendo a abrazar y besar la mejilla de la tía Lavinia, para seguidamente a sentarse cómodamente sobre el regazo del tío Lawrence, rodeando suavemente su cuello mientras inclina su cabeza hacia la de él, que la sostiene con firmeza y ternura de la cintura.

Constance dirige su mirada a Rennattha, y noto cómo ligeramente le hace una seña con los ojos. Mi prima mira a los tíos y, con evidente timidez y duda se acerca a ellos.

—¿Me puedo sentar en medio?

—Claro, cariño –dicen los dos al unisinos.

La tía se mueve un poco, dándole el espacio necesario para que Rennattha se siente entre los dos. Ambas hermanas se miran con complicidad, levantando más sospecha en mí. Algo traman, y saben muy bien cómo atacar a mis tíos para conseguir lo que quieren.

—¿Les parece bien si les tomo una foto? —pregunta mi madre.

—Sí, por favor —pide la tía, evidentemente nostálgica.

Tanto el tío cómo la tía toman las manos de Rennattha, sosteniéndolas con cariño y a la vez firmeza, como si les dijeran que jamás soltarán su mano.




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