Bésame, Idiota

Capítulo 34

Me arrepiento profundamente de haberme tomado aquel mojito anoche. Por culpa de ese simple trago no pude tomar la pastilla para dormir; apenas logré rasguñar tres horas de sueño.

Mi cuerpo se tensa de inmediato al ver que Constance se mueve entre las sábanas. Aparto la vista con rapidez, fingiendo estar mirando hacia otra parte, aunque la sigo observando con el rabillo del ojo. La veo levantarse con pereza, caminar con paso lento hacia el baño y, tras apenas un minuto, regresar a la cama, acomodándose de nuevo bajo las mantas con la intención evidente de seguir durmiendo.

—Yo de ti no me volvería a dormir —suelto, rompiendo el silencio de la habitación.

Se sienta de golpe sobre el colchón, parpadeando con lentitud, mirando a su alrededor hasta que sus ojos logran centrarse en mí.

—¿Por qué? —pregunta con la voz adormilada.

—Porque ya son las once de la mañana. El almuerzo será a la una.

Ella emite un sonido ahogado y deja caer su cuerpo de lado pesadamente sobre la cama.

—Tengo sueño… —suspira, cerrando los ojos otra vez antes de continuar—: Por favor, comunícale a Sonia que bajaré en media hora. Que prepare mi desayuno… quiero fruta picada.

Vuelve a exhalar un suspiro largo y, hunde su rostro en la almohada.

—Dile también que desayunaré en el jardín.

En cualquier otra circunstancia me habría negado.

—Está bien.

Con mi respuesta, Constance se levanta de mala gana y se dirige de nuevo al baño, arrastrando los pies. No le quito los ojos de encima ni un segundo mientras cruza la habitación.

—Un poco de fruta en el jardín no estaría mal…

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—Buen provecho —dice Sonia con una sonrisa amable antes de retirarse del jardín.

Constance, sin perder un segundo, comienza a comer la fruta picada con entusiasmo. Rennattha hace exactamente lo mismo a su lado. Apenas salimos de habitación nos cruzamos con ella; a diferencia de mí, Constance la invitó de inmediato a desayunar con nosotros.

—¿De verdad no sabes a dónde fueron mis padres?—cuestiona Constance, deteniendo su tenedor en el aire.

Niego levemente con la cabeza mientras bebo un sorbo de jugo de naranja.

—Tal vez tuvieron una cita —opina Rennattha con total naturalidad.

—Quizá —responde Constance, volviendo a su plato.

Seguimos comiendo en silencio hasta que una voz nos interrumpe a todos.

—¿Puedo unirme? —pregunta Ashton.

—Ya estás aquí, ¿no? —responde Constance sin mirarlo. Ashton agudiza la mirada, ofendido, pero ella lo ignora por completo.

Lo observo de reojo. Él fuerza una sonrisa torcida y, sin pedir permiso, estira la mano para tomar mi vaso de jugo.

—¿Cuánto traigan mi desayuno te lo devuelvo? —murmura antes de beberse todo el contenido de golpe—. Tengo demasiada sed… No debí beber anoche. Siento que me están martillando la cabeza.

—Sabiendo que tu resistencia al alcohol es un chiste, te pusiste a beber como si no hubiera un mañana —le digo con total serenidad.

El arrepentimiento se dibuja de inmediato en su rostro pálido.

—Debiste detenerme.

—Dijiste que querías desconectar la mente.

—Y vaya que la despejé… —admite él, frotándose las sienes—. Borré el cassette. Lo último que recuerdo, es cuando el barman le entregó un martini más.

Lo miro fijamente a los ojos, intentando descifrar si está mintiendo. Sin embargo, se ve demasiado tranquilo; cuando Ashton miente, siempre tiende a acomodarse el cabello, y ahora mismo sus manos están quietas sobre la mesa.

—No hice nada malo… ¿verdad? —interroga cauteloso, mirando de reojo a cada uno de los presentes con genuino pánico.

—Hiciste el ridículo —responde Constance con un tono bastante burlón, saboreando el momento—. Fue tanta la vergüenza ajena que sentí que dudo que vuelva a pisar ese club.

El rostro de Ashton se deforma por completo. Me mira a mí buscando una salvación, pero yo mantengo la frase, observándolo con una mezcla de reproche. Voltea entonces hacia Rennattha, quien solo suspira con un pesado pesar.

—Estás jugando conmigo, ¿verdad?

El silencio absoluto de la mesa hace que el pánico lo consuma, llevándose las manos a la cabeza.

—¿Qué hice? Díganme, ¿qué diablos hice?

Ante su sufrimiento, Constance suelta una carcajada sonora, y Rennattha, que al parecer llevaba todo este tiempo conteniéndose, termina de dejar escapar una risilla. Ashton levanta la vista, la ve, y chasquea la lengua, cruzándose de brazos mientras ella la mira con aire triunfante.

—¿Cómo pudiste seguirle el juego? —me reclama, juzgándome con la mirada—. Pensé lo peor… ¿Los tíos?

Todos seguimos su dirección visual. El auto familiar se estaciona en la entrada; el chofer abre la puerta y de ahí descienden los tíos. Tía Lavinia sonríe al vernos y comienza a caminar hacia nosotros, llegando en cuestión de segundos.




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