Abrirle la puerta a Aiden Callahan a las cuatro y media de la mañana fue probablemente la decisión más estúpida de mi vida.
Y aun así, en cuanto lo vi ahí parado bajo la lluvia, con el buzo empapado y esa cara de no haber dormido en semanas, supe que no iba a echarlo. Porque parecía roto. De verdad.
—Hola —murmuró.
La voz le salió rasposa. Cansada. Demasiado humana.
—Das pena —solté antes de pensar.
Aiden soltó una risa floja.
—Gracias. Justo lo que necesitaba escuchar.
—Pasa —le dije, haciéndome a un lado—. Mi madre cubre el turno de la noche en el hospital, así que no hay nadie.
Entró despacio, arrastrando el frío de la calle. Le alcancé una toalla y una manta vieja, y terminamos sentados en el sofá de la sala, iluminados solo por las luces de los postes que entraban por la ventana.
Silencio. Frío. La rodilla de Aiden pegada a la mía bajo la manta.
Eso era lo peor. Que todo con él se sentía demasiado.
—¿Siempre haces esto? —pregunté.
—¿Qué cosa?
—Aparecerte en casas ajenas en plena crisis existencial.
Aiden apoyó los codos sobre las piernas y se pasó una mano por la cara.
—Solo cuando no puedo respirar.
La frase me golpeó directo en el pecho. Porque no estaba exagerando. Lo vi en cómo movía el pie nerviosamente. En la tensión de su mandíbula. En las ojeras oscuras debajo de los ojos. No era el chico del instituto ahora. No era el mariscal de campo. No era el hijo perfecto. Era solo… alguien agotado.
—¿Qué pasó? —pregunté más bajo.
Aiden soltó aire lentamente.
—Mi padre cree que todo problema se arregla controlándolo más fuerte.
Miró hacia la ventana.
—Entró a mi habitación después de que llegué. Me habló durante una hora entera sobre Harvard, reputación, imagen, responsabilidad… —se rió sin ganas—. Ni siquiera preguntó si estaba bien.
Sentí algo feo en el pecho. Porque yo conocía esa sensación. La de ser un proyecto antes que una persona.
—Y lo peor —murmuró él— es que ya ni sé si quiero la beca por mí o solo porque necesito demostrarle que puedo escapar.
Lo miré de lado. La lluvia le mojaba algunos mechones de cabello y tenía la mirada perdida en algún lugar lejos de Hamilton High. Muy lejos.
—Tienes miedo de fracasar —dije.
Aiden sonrió apenas. Triste.
—Tengo miedo de convertirme en él.
Silencio. De esos que pesan. No sabía qué decir, porque no había frase bonita para arreglar algo así.
—En el instituto todos creen que tu vida es perfecta.
—Ya. —Soltó una risa seca—. Y tú finges que no te afecta que te miren como si no pertenecieras a ningún sitio. Supongo que todos actuamos un poco.
Eso dolió. Porque otra vez tenía razón. Odiaba que tuviera razón.
Aiden giró la cabeza hacia mí lentamente. Muy cerca. Demasiado.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Que cuando estoy contigo dejo de actuar… y luego vuelvo a casa y siento que no sé respirar otra vez.
El corazón me golpeó tan fuerte que tuve que apartar la mirada. No digas esas cosas. No así. Porque entonces esto deja de parecer falso. Y eso daba miedo. Muchísimo.
—Estás cansado —murmuré.
—Mucho.
La palabra salió rota. Como él.
Nos quedamos callados un rato. La lluvia seguía cayendo suave sobre el techo. Aiden tenía los ojos medio cerrados ya, la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá.
—Deberías dormir —dije.
—Mm.
—Eso no ha sonado muy consciente.
—Estoy pensando.
—Mala idea a las cinco de la mañana.
Aiden soltó una risa baja. Después se giró apenas hacia mí. Y antes de que pudiera procesarlo, apoyó la cabeza en mi hombro.
Me quedé completamente quieta. Porque podía sentir su respiración contra mi cuello. Porque olía a lluvia y cansancio. Porque Aiden Callahan acababa de confiarme el peso entero de su cuerpo como si no tuviera fuerzas para sostenerlo solo.
—Aiden… —susurré.
No respondió. Parpadeé varias veces y entonces entendí por qué.
Se había quedado dormido. Así. Con la cabeza sobre mí. Respirando lento. Por fin tranquilo.
El pecho me dolió de una forma rarísima. Levanté la mano despacio, conteniendo incluso el aire. Y le acaricié el cabello por primera vez.
Su respiración se volvió todavía más profunda. Como si incluso dormido supiera que estaba a salvo conmigo.
Editado: 17.06.2026