Besarme estaba Prohibido

CAPÍTULO 12: El peso del amanecer POV AIDEN

Desperté antes de que saliera el sol, desorientado.

Tardé un par de segundos en registrar el peso cálido sobre mi pecho y el dolor sordo en mi cuello. El salón estaba sumido en esa penumbra grisácea previa al amanecer, rota solo por los destellos intermitentes de los postes de luz de la calle.

Entonces miré hacia abajo. Y el corazón me dio un vuelco absurdo.

Valentina estaba acurrucada contra mi costado en el sofá. Se había quedado dormida con una mano apoyada sobre mi pecho, justo encima de donde mis latidos empezaban a desbocarse, y su rostro estaba oculto en el hueco de mi cuello. Se veía tan pequeña desarmada de su coraza. Sin el sarcasmo, sin esa mirada defensiva con la que siempre me atacaba en los pasillos de Hamilton High.

Su respiración era lenta, un ritmo constante que golpeaba mi piel a través de la tela de mi buzo húmedo.

Cerré los ojos un instante, conteniendo el aire. Volver a casa anoche me había parecido imposible. El aire en mi propia casa me asfixiaba, la sombra de mi padre me aplastaba las costillas y por primera vez en mi vida me había roto. Pero aquí, en este sofá, rodeado de un silencio que no se sentía frío, sentía que podía respirar de nuevo.

Moví la mano despacio, con el terror puro de despertarla. Mis dedos rozaron un mechón de su cabello oscuro que caía desordenado sobre su mejilla. Estaba suave. Demasiado.

Valentina soltó un pequeño suspiro entre sueños y se pegó un poco más a mí, buscando mi calor de forma inconsciente. Su pierna se enredó con la mía debajo de la manta vieja. El espacio entre nosotros desapareció por completo.

Me quedé completamente rígido, mirándola en la penumbra.

Esto era peligroso. Infinitamente más peligroso que cualquier juego para engañar al instituto o a los cazatalentos. Porque esto ya no se sentía como parte del trato. Éramos solo nosotros dos a las seis de la mañana, rompiendo todas las malditas reglas de nuestra gran mentira.

Miré el reloj digital que parpadeaba sobre el mueble de la televisión: 5:48 AM.

El hospital donde trabajaba su madre no tardaría en cambiar de turno. Tenía que irme. Tenía que levantarme, dejar la manta, abrir esa puerta y volver a ponerme la máscara del mariscal de campo perfecto antes de que el mundo real nos despertara a patadas. Pero cuando Valentina se movió apenas, soltando un quejido bajo, y apretó los dedos contra mi buzo como si temiera que me fuera, no pude moverme.

Me quedé allí, sosteniéndola en la oscuridad, con el pecho doliéndome de una forma rarísima y la certeza absoluta de que me estaba aferrando a ella como si fuera lo único en todo el maldito mundo capaz de mantenerme entero.




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