Aiden Callahan apareció en el diner a las cinco de la tarde.
Horario muerto. Sin partido. Sin amigos. Sin sonrisa de chico perfecto. Solo él. Y el problema fue que mi corazón lo reconoció antes que yo.
Levanté la vista cuando sonaron las campanillas de la entrada y ahí estaba, con un buzo gris, ojeras nuevas y el cabello todavía húmedo, como si hubiera salido de la ducha hacía cinco minutos. Me miró directo. Como siempre.
—Hola —dijo.
Demasiado suave. Tragué saliva, sintiendo el eco de la madrugada en mi piel.
—¿No tienes un instituto que liderar o algo así? —atiné a decir.
Aiden soltó una risa baja y se dejó caer en la última mesa del local. La del rincón. La que casi nadie usaba. La nuestra, aparentemente. Porque llevaba semanas sentándose ahí conmigo. Y eso daba miedo ahora. Muchísimo más después de haber despertado con él en mi sofá.
El cocinero levantó la cabeza desde la barra.
—Callahan, ¿lo de siempre?
—Sí, gracias, Don.
Después volvió a mirarme. Sin apartar los ojos. Como si siguiera comprobando que estaba ahí de verdad, y que lo de la madrugada no había sido un sueño.
Tomé la cafetera para tener algo que hacer con las manos y fui hacia su mesa. No debería haberme puesto nerviosa. Después de haber tenido el peso de su cuerpo dormido sobre mí, ya no debería sorprenderme nada. Mentira. Todo con él me sorprendía.
Dejé la taza delante de él.
—No deberías estar aquí.
Aiden apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Y tú deberías dormir más.
—Qué pesado eres.
—Casi dejas que me desmorone encima de ti anoche y me sostuviste hasta el amanecer —murmuró, bajando la voz—. Ya cruzamos la línea de “relación normal”.
Mi estómago hizo una cosa rara. Porque tenía razón. Y porque no habíamos hablado de eso todavía. Ni de los mensajes, ni de él durmiendo en mi hombro, ni de cómo seguía sintiendo el rastro de sus dedos en mi cabello. Fatal. Muy fatal.
Intenté volver a la barra, pero Aiden me tomó de la muñeca. Suave. Pero suficiente para detenerme. El corazón me golpeó demasiado fuerte.
—Quédate un rato, Val.
Lo dijo bajo. Cansado. Real. Y odié lo rápido que mi cuerpo quiso obedecer.
Me senté enfrente intentando ignorar el calor raro que apareció cuando nuestras rodillas se rozaron bajo la madera. Ninguno se apartó. Peor.
Aiden dio un sorbo al café sin dejar de mirarme.
—Este sitio huele a grasa y café quemado.
—Qué romántico.
—Y aun así es el único lugar de todo el pueblo donde siento que puedo respirar.
La frase me dejó quieta. Porque no parecía preparada. Ni bonita. Ni actuada. Solo cierta.
Aiden bajó la mirada hacia la taza.
—Aquí nadie espera nada de mí.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es —soltó una risa seca—. En el instituto tengo que ser el líder. En mi casa tengo que ser perfecto. En los partidos tengo que ser el ganar. Aquí solo… existo.
Sentí algo apretarse dentro del pecho. Porque entendía exactamente lo que quería decir. El diner también era eso para mí. El único sitio donde nadie esperaba que fuera brillante, perfecta o suficiente. Solo cansada. Solo yo.
—Da un poco de pena escucharte hablar así teniendo una casa del tamaño de un centro comercial —murmuró.
Aiden sonrió apenas.
—Y tú finges que el dinero arregla la soledad.
Touché. Odiaba cuando hacía eso. Cuando veía demasiado a través de mi máscara.
Me levanté rápido para limpiar una mesa que ya estaba limpia. Cobarde. Sentía sus ojos siguiéndome por todo el local mientras pasaba el paño por la barra una y otra vez.
—Vas a arrancarle el color a la madera si sigues así —dijo.
—Estoy trabajando.
—Estás huyendo, Valentina.
Apreté la mandíbula.
—No huyo.
Aiden se levantó despacio y caminó hacia la barra. El diner seguía vacío. Solo la lluvia suave golpeando las ventanas y el cocinero peleándose con una cafetera al fondo. Apoyó los brazos sobre la madera delante de mí. Demasiado cerca. Otra vez.
—Anoche te asustaste —murmuró él, recordando las cuatro de la mañana.
—Tú estabas roto, idiota. Claro que me asusté —respondí en un susurro, mirándolo a los ojos.
Sus ojos grises bajaron un segundo a mi boca. El aire se volvió raro e inflamable inmediatamente.
—No me refería a eso —dijo él, dando un paso más—. Te asustaste de lo que pasó después. De que fuera real.
Ah. No. No, no, no. Mis dedos se tensaron alrededor del paño húmedo.
—Estamos fingiendo —dije rápido, buscando desesperadamente mi coraza de hielo.
Editado: 17.06.2026