—Serán solo cinco minutos, Valentina. Lo prometo —había dicho Aiden media hora antes, golpeando el volante del Jeep con frustración—. Mi padre dejó firmado el formulario de autorización para los reclutadores sobre su escritorio y lo necesito urgente. Entramos, lo tomo y nos vamos a estudiar al diner.
No quise discutir. Sabía lo importante que era ese papel para mantener contentos a los scouts, así que asentí. Pero ahora que el Jeep avanzaba por el camino privado, me arrepentía de no haberlo esperado en la calle.
La casa de Aiden Callahan daba miedo.
No el tipo de miedo de una película de terror. Era algo peor. Una perfección asfixiante que te hacía sentir que ensuciabas el aire solo por respirar.
La mansión aparecía tras unos portones de hierro negro. Ventanales gigantes, jardines perfectos y un silencio helado. De esos que delatan las casas donde nadie se ríe con ganas.
—Deja de mirar el lugar como si planearas un robo, Valentina —murmuró Aiden al apagar el motor.
—Calculo cuánto valen tus muebles en el mercado negro —respondió, intentando romper el hielo.
Aiden soltó una risa corta. El sonido murió enseguida.
Lo miré de reojo. Sus hombros se tensaron, la mandíbula se le volvió rígida y sus ojos grises perdieron el brillo divertido del instituto. Se estaba poniendo la armadura. Su máscara de chico invulnerable. Me revolvió el estómago verlo así.
—Aiden, podemos ir a estudiar a la biblioteca pública. O al diner. No pasa nada.
Él giró la cabeza despacio, sorprendido.
—¿Te intimida mi casa?
—Me intimidan los lugares que no parecen reales —mentí a medias.
Me intimidaba lo que ese lugar le ponía encima a él.
Cruzamos la puerta y el interior me congeló. Mármol impecable, techos altísimos y una luz grisácea. Estaba demasiado limpio. Demasiado vacío. No había fotos, ni chaquetas tiradas, ni un solo rastro de vida. Parecía un hotel de lujo donde nadie se quedaba jamás.
—Maldición —susurré.
—Sí —coincidió él, sin emoción.
Aiden caminó adelante sin mirar a los lados. Automático. Como quien cruza un campo minado. Subimos a una biblioteca privada en el segundo piso, rodeada de estanterías de madera oscura, donde se suponía que su padre había dejado el documento. Mientras él revisaba las carpetas sobre el enorme escritorio de caoba, yo dejé mis cosas a un lado, intentando no tocar nada.
—No está aquí —gruñó Aiden, revolviendo los papeles con cada vez más frustración—. Dijo que lo dejaría listo. Dame unos minutos, Valentina, tengo que buscarlo en el mueble del fondo. Siéntate si quieres.
Me senté en una de las sillas de cuero junto a la gran mesa del centro, sacando un libro para simular que me concentraba, solo para quitarme la incomodidad de estar en un espacio ajeno.
—¿Estudias aquí? —pregunté para romper el silencio mientras seguía buscando.
—Vengo cuando el insomnio se pone insoportable —respondió, arrojando una carpeta a un lado.
Otra vez el insomnio. Sus mensajes de madrugada, su necesidad de escapar. Estar aquí hacía que cada una de sus fallas cobrara un sentido doloroso.
Se pasó una mano por el cabello, desordenando los mechones húmedos por el entrenamiento. Lucía agotado. El mariscal de campo estrella se reducía a esto sin público: un chico cansado.
—¿Quieres algo de tomar? ¿Café?
—¿La amabilidad viene incluida en el recorrido de la jaula de oro? —bromeé en un susurro.
—Se agotó hace varias temporadas, Valentina. Te tocó la versión más fría.
Iba a contestarle que su versión real era la única que me interesaba, cuando una voz firme y muy bien ensayada cortó el aire desde la puerta.
—Así que tú eres la famosa Valentina.
El corazón me dio un vuelco. Me giré rápido.
El padre de Aiden estaba de pie bajo el marco de la puerta. Al verlo, el parecido físico me pareció un chiste cruel. Tenía la misma postura imponente de su hijo, la misma espalda firme y los mismos ojos claros. Pero donde Aiden ocultaba tormentas, este hombre solo transmitía hielo.
—Papá —dijo Aiden. Su voz se volvió un muro de piedra mientras dejaba los papeles sobre el escritorio.
El hombre avanzó. Traje impecable, reloj carísimo y una sonrisa vacía.
—Pensé que las exigencias del instituto eran simples rumores de adolescentes —comentó, recorriéndome con una mirada lenta que me hizo consciente de mi ropa barata y mis tenis gastados—. Pero veo que Hamilton High se toma muy en serio sus programas de beneficencia.
El insulto fue sutil, envuelto en una cortesía venenosa. Sentí el calor del enojo subirme por el cuello. Aiden dio un paso al frente, interponiéndose entre su padre y yo.
—Suficiente, papá. Vinimos por el formulario de los reclutadores.
El hombre ignoró la interrupción. Continuó observándome como si fuera un mueble defectuoso.
—Trabajas en ese diner barato junto a la carretera, ¿no es así, Valentina?
Editado: 17.06.2026