El silencio que siguió al desafío de Aiden fue insoportable. Su padre no se movió, pero sus ojos prometieron destruirlo más tarde. Aiden no esperó a que eso pasara. Me tomó de la muñeca con un agarre firme que no llegaba a lastimar, me dio un tirón suave y me arrastró biblioteca abajo.
Caminaba tan rápido que casi tuve que correr para seguirle el paso por las enormes escaleras de mármol. Cruzamos la puerta principal y salimos a la noche. En cuanto subimos al Jeep, Aiden cerró su puerta de un portazo violento que hizo temblar los cristales.
Apoyó las manos en el volante y dejó caer la frente contra el cuero, respirando de forma errática, ruidosa. Su cuerpo entero vibraba con una rabia contenida que amenazaba con reventar el espacio reducido del auto.
Dejé mi mochila en el suelo del asiento del copiloto y me giré hacia él, midiendo mis palabras. El mariscal de campo inquebrantable se estaba rompiendo en mil piezas delante de mis ojos.
—Aiden… —susurré, estirando una mano con timidez.
—Ese maldito imbécil —escupió con una voz ronca, rota por la furia. Golpeó el volante con la palma de la mano, frustrado—. No tenía ningún derecho a hablarte así, Valentina. Ninguno. Lo siento. De verdad lo siento tanto.
Me sorprendió la urgencia de su disculpa. El pecho le subía y le bajaba con fuerza, y sus ojos grises me miraban con una culpa y un dolor que me encogieron el corazón. Olvidé el contrato, las reglas de "no sentimientos" y las distancias que habíamos pactado. Me estiré a través de la consola central, me acerqué y lo envolví en mis brazos en medio de la penumbra del Jeep.
Al principio Aiden se puso rígido, con los hombros tensos y duros como piedras, pero un segundo después se rindió por completo.
Escondió el rostro en mi cuello y me apretó contra su cuerpo con una fuerza casi dolorosa, una fuerza ciega, como si yo fuera lo único firme a lo que aferrarse en mitad de un derrumbe. Crucé mis brazos sobre su espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la tela de su buzo y el latido desbocado de su corazón impactando directo contra mi pecho. Estaba temblando. El chico que todo el instituto creía invencible estaba temblando en mis brazos, y su respiración caliente me quemaba el cuello en cada bocanada pesada que soltaba.
Le acaricié el cabello con suavidad, hundiéndome en su aroma a mentira y lluvia, repitiendo el movimiento de forma lenta para calmar el caos en su cabeza. Nos quedamos así, suspendidos en la oscuridad del auto, sintiendo cómo sus músculos se relajaban poco a poco y cómo su agarre en mi cintura pasaba de ser desesperado a una caricia posesiva y lenta que me erizó la piel.
Cuando finalmente se separó, la distancia entre nuestras bocas era casi inexistente. La nube negra en sus ojos grises seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con algo mucho más peligroso. Sentí que si no decía algo rápido, el corazón se me iba a salir del pecho.
—Bueno, si te sirve de consuelo —murmuré, con la voz un poco más baja de lo normal, forzando una sonrisa burlona—, tu casa sí me dio un poco de miedo. Pero tú deberías dejar de ser tan perfecto, Callahan. Te va a hacer daño.
Aiden se quedó congelado, procesando mi comentario a milímetros de mí. Sus ojos bajaron un segundo a mis labios antes de volver a mirarme de reojo, y la comisura de su boca cedió apenas.
—¿Ah, sí? —preguntó con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta—. ¿De qué hablas, Martínez?
—De lo que hiciste allá adentro —respondí, intentando recuperar mi postura casual mientras me cruzaba de brazos—. Eso de plantarte frente a tu padre y defender de esa forma a la mesera del pueblo... No sé, pareció sacado de una película. Creo que te ganaste un par de puntos como el héroe del día.
Aiden soltó una risa corta, limpia, que terminó de disipar la pesadez dentro del Jeep. Se acomodó en su asiento con una sonrisa de suficiencia, mirándome con ese brillo gris y arrogante que tanto lo caracterizaba. El halago le había tocado el ego de la forma exacta.
—Así que te parezco perfecto, Martínez —provocó, bajando el tono de voz y ladeando la cabeza.
—Tampoco te lo creas tanto, Callahan —le corté de inmediato, rodando los ojos aunque sentí las mejillas calientes—. Solo digo que estuviste decente.
El tono divertido murió despacio, devorado por la cercanía. Aiden no encendió el motor ni hizo amago de poner en marcha el auto. El silencio dentro del Jeep se volvió espeso, cargado de una verdad que ya no podíamos ocultar. Se inclinó hacia delante, eliminando la poca distancia de seguridad que nos quedaba en el habitáculo, y me miró como si fuera lo único real en su mundo de mentiras.
Editado: 17.06.2026