Besos que Arden en Guerra

Prólogo

El aire en la frontera no huele a tierra, huele a final. Huele a ese metal oxidado de las espadas que han probado demasiada sangre y al humo denso de las aldeas que ya no existen.

Me habían dicho que el enemigo era un monstruo. Que no tenía rostro, solo una armadura negra y un hambre voraz por nuestra destrucción. Pero ahí estaba él, a escasos metros, con la respiración entrecortada y el acero goteando sobre el barro, mirándome con unos ojos que no hablaban de odio, sino de un reconocimiento devastador.

El estruendo de los gritos y los tambores de guerra a nuestro alrededor se volvió un eco lejano, un ruido blanco que no lograba apagar el latido frenético que golpeaba contra mis costillas. Mi mano temblaba sobre la empuñadura de mi daga, no por miedo a morir, sino por el terror absoluto de lo que estaba sintiendo: una atracción eléctrica, violenta y suicida.

—Mátame ahora —le reté, con la voz rota—, porque si dejas que dé un paso más, lo que haremos será peor que cualquier batalla que hayas librado.

Él no se movió. No atacó. En su lugar, envainó su espada con una lentitud tortuosa y dio ese paso que nos condenaba a ambos. Su presencia era una tormenta; su cercanía, una sentencia de muerte.

—Ya estamos muertos, Elena —susurró él, y su aliento rozó mis labios como una advertencia—. Solo estamos decidiendo en qué infierno queremos arder.

En ese momento, bajo el cielo teñido de ceniza y con nuestras naciones despedazándose a pocos kilómetros, comprendí la verdad más amarga de todas: la guerra es fácil. Lo difícil es sobrevivir al primer beso del hombre que nació para destruirte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.