El metal contra el metal no era música; era el sonido de la inevitabilidad.
La lluvia de ceniza caía sobre el Valle de los Lamentos con una parsimonia insultante, decorando los hombros de los muertos con una capa grisácea. Elena apretó los dedos alrededor de la empuñadura de cuero de su espada, sintiendo cómo el sudor frío le resbalaba por la nuca. El aire sabía a hierro y a desesperación. A sus pies, la línea que dividía los dos reinos —una zanja excavada en el barro y la sangre— parecía más profunda que nunca.
Frente a ella, a menos de diez pasos, el caos se detenía. O al menos, su mundo lo hacía.
Valerius estaba allí. El "Carnicero de Altea", el hombre que había reducido a cenizas las defensas de su frontera norte, el general que cargaba con el peso de mil victorias y ninguna piedad. No llevaba el casco puesto. Su cabello oscuro estaba pegado a su frente por la lluvia, y una cicatriz reciente le cruzaba el pómulo izquierdo, todavía fresca, todavía sangrante.
Él no miraba a sus soldados. No miraba el castillo que ardía a lo lejos como una antorcha agónica. La miraba a ella.
—Has tardado en aparecer, Elena —dijo Valerius. Su voz era un barítono bajo, una vibración que parecía filtrarse bajo la armadura de ella, buscando los huecos en su defensa—. Empezaba a pensar que habías aprendido el valor de la prudencia.
—La prudencia es para los que tienen algo que perder —respondió ella, dando un paso al frente. El barro succionó sus botas, pero su postura no flaqueó—. Yo solo tengo esta espada y una lista de nombres. El tuyo está arriba del todo, subrayado en rojo.
Valerius soltó una risa seca, carente de humor. Dio un paso hacia ella, ignorando los gritos de advertencia de sus propios oficiales. Había algo magnético y repulsivo en su forma de moverse; era el depredador que sabía que no necesitaba correr para atrapar a su presa.
—Qué desperdicio —murmuró él, deteniéndose a una distancia peligrosamente corta. Podía olerlo: cuero, lluvia y esa fragancia masculina y amarga que la perseguía en sus pesadillas—. Tanta belleza dedicada al odio. Tanta fuerza desperdiciada en una causa que ya está muerta.
—Mi causa vive mientras yo respire, Valerius.
—Entonces tendré que quitarte el aliento —dio otro paso, acortando el espacio personal hasta que las placas de sus armaduras casi se rozaron.
La tensión entre ellos era física, una cuerda tensada hasta el punto de ruptura. No era solo la rivalidad de dos naciones; era la fricción de dos almas que se reconocían en la violencia. Elena sintió el impulso de clavarle el acero en el cuello, pero sus ojos quedaron atrapados en los de él. Había una intensidad allí, una chispa de algo que no era odio puro, algo mucho más peligroso: hambre.
—Hazlo —desafió ella, con la voz apenas por encima de un susurro, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de él a pesar del frío—. Mátame ahora o apártate de mi camino.
Valerius levantó una mano enguantada. Por un segundo, Elena pensó que la golpearía o la agarraría por el cuello para terminar el trabajo. Pero sus dedos se detuvieron a milímetros de su mandíbula, trazando el aire, como si estuviera memorizando los contornos de su enemiga.
—No —dijo él, y su mirada bajó por un segundo a los labios de Elena, un gesto tan rápido que ella dudó de si había ocurrido—. Matarte sería demasiado fácil. Y yo nunca he sido un hombre que busque el camino fácil.
De repente, un cuerno de guerra resonó desde las colinas. El sonido fue largo, lúgubre, la señal de retirada de las fuerzas de Elena. Ella apretó los dientes. Habían perdido la posición. Estaba sola en territorio enemigo, frente al hombre que más odiaba en el mundo.
—Ríndete —ordenó Valerius, su tono cambiando instantáneamente a la frialdad del mando militar—. Si te quedas, mis hombres te despedazarán. Si vienes conmigo, vivirás para ver el amanecer.
—Prefiero morir aquí que ser tu trofeo.
Elena se preparó para atacar, para un último acto de gloria suicida, pero Valerius fue más rápido. En un movimiento que desdibujó la vista, la agarró del antebrazo y la atrajo hacia él con una fuerza bruta. El impacto contra su pecho blindado le sacó el aire. Por un instante eterno, estuvieron abrazados en una parodia de un abrazo romántico, rodeados de muerte.
—No te voy a dejar morir, Elena —le susurró al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. No hasta que me expliques por qué tiembas cada vez que te toco.
Él la soltó bruscamente cuando una flecha silbó entre ellos, clavándose en el suelo. Elena retrocedió, recuperando el equilibrio, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Lo odiaba. Dios, cómo lo odiaba. Pero el lugar donde él la había tocado ardía como si le hubiera marcado la piel con un hierro incandescente.
Valerius le dio la espalda, caminando hacia sus filas sin mirar atrás, como si supiera que ella no le dispararía por la espalda.
—¡Busca cobertura! —le gritó él sobre el hombro—. ¡Porque mañana, cuando el sol salga, la tregua se acaba y vendré por ti personalmente!
Elena observó cómo la silueta de Valerius se perdía entre el humo de la batalla. Se llevó la mano al brazo, donde la presión de sus dedos todavía se sentía. Sabía que debía huir, que debía reagruparse con los suyos.
Sin embargo, al mirar hacia el suelo, vio algo que le heló la sangre. Entre el barro, justo donde Valerius había estado parado, brillaba un objeto que no pertenecía a un campo de batalla. Era un relicario de plata, el mismo que ella había perdido hacía años, el que contenía el único secreto capaz de destruir a su propia familia.