El relicario quemaba en la palma de su mano más que el acero ardiente.
Elena se agachó entre el lodo, ignorando el silbido de las flechas rezagadas que buscaban carne joven en la retaguardia de su ejército. Sus dedos se cerraron sobre la plata labrada con una fuerza que le hizo sangrar las cutículas. Aquella joya no era un simple adorno; era una confesión de traición familiar que debería haber estado enterrada en las cenizas de su hogar incendiado.
—¿Cómo lo tienes tú, maldito carnicero? —susurró, con la voz quebrada por la rabia y un miedo que se negaba a admitir.
No tuvo tiempo para procesarlo. El rugido de la caballería de Altea regresaba. Valerius no le había dado una oportunidad de escape; le había dado una distracción.
Elena corrió. Sus pulmones ardían, el aire gélido de la noche cortaba su garganta como cristales rotos. Se adentró en el Bosque de los Susurros, el límite natural entre la vida y la muerte, donde las sombras se estiraban como dedos esqueléticos. Pero el destino, o quizá el plan maestro de su enemigo, fue más rápido.
Una red de alambre de espino surgió de la oscuridad. Elena reaccionó tarde. Su bota resbaló en la raíz húmeda de un roble y cayó, rodando por un terraplén hasta impactar contra un tronco. El mundo se volvió blanco por un segundo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca.
Cuando logró abrir los ojos, la punta de una bota negra, perfectamente lustrada a pesar del combate, estaba a centímetros de su rostro.
—Te dije que vendría por ti personalmente —la voz de Valerius descendió sobre ella como una losa—. Pero no esperaba que te entregaras tan fácilmente. ¿Dónde está esa furia que casi me degüella hace una hora?
Elena intentó levantarse, pero el brazo de él se disparó, atrapándola contra el árbol. Valerius no usó su espada; usó su cuerpo. El peso de su armadura la inmovilizó, y de repente, el bosque desapareció. Solo existía el calor asfixiante de su pecho contra el de ella y esa mirada gris, tormentosa, que parecía leerle el alma.
—Suéltame —siseó ella, intentando clavarle los dedos en el cuello—. Prefiero que me cuelgues de un árbol a que me toques con tus manos manchadas de sangre.
—Mis manos están manchadas, es cierto —Valerius se inclinó, su rostro a milímetros del de ella, lo suficiente para que Elena notara que sus pupilas estaban dilatadas por algo que no era solo adrenalina militar—. Pero las tuyas no están mucho más limpias, "Princesa de la Resistencia". ¿O debería llamarte por el nombre que aparece dentro de ese relicario que escondes con tanto celo?
El corazón de Elena se detuvo. Él lo sabía. Sabía que ella no era solo una soldado huérfana de la frontera, sino la heredera legítima de un linaje que Altea creía haber exterminado. Una verdad que, de salir a la luz, desataría una guerra civil capaz de borrar ambos reinos del mapa.
—No sabes nada —mintió ella, aunque su pulso la traicionaba, golpeando con violencia justo donde los dedos de Valerius presionaban su mandíbula.
—Sé que tiemblas —murmuró él. Su mano subió, rozando la piel sensible bajo su oreja con una delicadeza que era mil veces más aterradora que un golpe—. Y sé que no es de frío. Es el mismo incendio que me recorre a mí cuando te veo. Esa necesidad de destruirte para dejar de desearte.
Valerius la soltó bruscamente, como si quemara. Se dio la vuelta, dándole la espalda en un gesto de arrogancia suprema, mientras sus soldados salían de las sombras para rodearla.
—Llevadla al campamento norte —ordenó él sin mirarla—. No la encadenéis en las celdas comunes. Llevadla a mi tienda. Es un activo de alto valor estatal.
—¡Valerius! —gritó ella mientras dos guardias la ponían en pie—. ¡Si me mantienes viva, te juro que encontraré la forma de abrirte el pecho mientras duermes!
Él se detuvo y giró la cabeza apenas lo suficiente para que ella viera la media sonrisa cruel que bailaba en sus labios.
—Eso es lo que espero, Elena. Porque solo en el momento en que intentes matarme, estarás lo suficientemente cerca para que yo haga lo que realmente quiero hacer desde el día en que te vi en el campo de batalla.
Horas después, el campamento de Altea era una ciudad de lona y fuego bajo las estrellas. Elena estaba sentada en una silla de roble dentro de la tienda del General. Sus manos estaban libres, pero la entrada estaba custodiada por seis hombres armados.
Sobre la mesa de mapas, el relicario brillaba bajo la luz de las velas.
La solapa de la tienda se abrió y Valerius entró solo, quitándose la capa empapada. Se despojó de la coraza, quedando únicamente con una camisa de lino negro que se pegaba a sus hombros anchos y marcados. Había una vulnerabilidad salvaje en su aspecto, una belleza peligrosa que hacía que a Elena le costara respirar.
Él caminó hacia la mesa, tomó el relicario y se acercó a ella. No se detuvo hasta que sus rodillas rozaron las de ella. Se inclinó, apoyando ambas manos en los brazos de la silla, encerrándola de nuevo.
—Tengo un trato para ti —dijo él, su voz era un susurro peligroso cerca de sus labios—. Un trato que salvará tu cuello y el de esos patéticos rebeldes que llamas amigos.
—No hago pactos con el diablo —escupió ella, aunque sus ojos no podían dejar de bajar a la boca de él.
—Oh, Elena... el diablo no te pediría que hicieras esto.
Valerius sacó un papel amarillento de su bolsillo y lo puso sobre el regazo de ella. Elena leyó las primeras líneas y sintió que el mundo se desmoronaba. No era una orden de ejecución. Era un contrato matrimonial, firmado y sellado por el propio Rey de Altea, con el espacio de la novia en blanco.