Besos que Arden en Guerra

Capítulo 3: Sangre y Votos

La punta del acero rasgó la lona de la tienda con un sonido seco, como el de una garganta cortada. Elena no parpadeó. Tenía la pluma en la mano, suspendida sobre el papel que prometía salvar su vida a cambio de encadenar su alma al hombre que más odiaba en el mundo.

—¡Firma! —rugió Valerius.

No fue una petición; fue una orden cargada de una desesperación que Elena nunca había visto en él. El "General de Hierro" estaba perdiendo el control, y esa grieta en su armadura fue lo que hizo que ella presionara la punta contra el pergamino. El nombre de Elena de Valerosa quedó grabado en tinta negra justo cuando la entrada de la tienda se colapsaba por completo.

Tres soldados de la Guardia Real, con el emblema del nuevo rey —un cuervo sobre un campo de gules— irrumpieron en el espacio privado. No eran los hombres de Valerius. Eran los perros de caza del nuevo monarca, enviados para limpiar cualquier "mancha" en la frontera.

—General Valerius —dijo el líder, un hombre con el rostro picado por la viruela y los ojos inyectados en sangre—. Tenemos órdenes directas. Cualquier prisionera de alto rango debe ser ejecutada en el acto. La purga ha comenzado.

Valerius se interpuso entre Elena y las espadas. No desenvainó, pero su postura era la de un muro de piedra infranqueable.

—Llegáis tarde, capitán —dijo Valerius con una calma glacial que erizaba la piel—. Esta mujer ya no es una prisionera. Es mi esposa.

El capitán soltó una carcajada burlona, señalando el papel que Elena todavía sostenía con dedos temblorosos.

—Un contrato no es un matrimonio, General. Sin un sacerdote y sin el consumo, ese papel solo sirve para encender una hoguera. Apartaos. El nuevo Rey no es tan paciente como su hermano.

Elena sintió el frío de la muerte rozándole el cuello. Pero entonces, Valerius hizo algo que rompió todos sus esquemas. Se giró hacia ella, ignorando por completo a los hombres armados. Sus manos, grandes y ásperas por los años de batalla, acunaron el rostro de Elena con una brusquedad que la obligó a mirarlo.

—Elena —susurró él, y por primera vez, su voz no era de mando, sino una invitación al abismo—. Confía en mí o muere.

Antes de que ella pudiera articular una respuesta, los labios de Valerius colisionaron contra los suyos.

No fue un beso de amor. Fue un choque de trenes. Fue una declaración de guerra disfrazada de caricia. Sabía a sal, a furia y a un deseo contenido que llevaba meses cocinándose bajo el humo de los campos de batalla. Elena se tensó, sus manos buscaron el pecho de él para empujarlo, para golpearlo, pero el contacto eléctrico de su boca la dejó sin aire. Él la besaba como si quisiera robarle el alma, como si quisiera marcarla de tal forma que nadie más se atreviera a mirarla.

—¡Suficiente! —gritó el capitán, desenvainando su espada—. ¡Separadlos!

Valerius se apartó solo unos centímetros, lo justo para mirar al capitán con una promesa de muerte en los ojos.

—Tocadla y os juro que este campamento será vuestra tumba. El contrato está firmado, y el beso ha sido presenciado. Si queréis su cabeza, tendréis que pasar por encima de la mía primero.

Hubo un silencio tenso, cargado de la estática de la violencia inminente. Los soldados de la Guardia Real dudaron. Valerius era una leyenda; enfrentarse a él en su propio campamento, rodeado de sus hombres leales, era un suicidio.

—El Rey sabrá de esta... conveniencia, General —escupió el capitán, guardando su arma—. Pero recordad esto: una esposa puede morir de muchas maneras. La frontera es un lugar peligroso.

Los soldados se retiraron, dejando tras de sí un silencio denso y el olor a ozono. Elena soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Se alejó de Valerius de un tropezón, limpiándose la boca con el dorso de la mano, aunque el calor de sus labios seguía quemándola.

—¿Cómo te atreves? —siseó ella, con los ojos echando chispas—. ¿Cómo te atreves a tocarme así delante de esos hombres?

Valerius se dio la vuelta, recogiéndo su coraza del suelo como si no acabara de desafiar a un rey por ella.

—Te acabo de salvar la vida, Elena. Un poco de gratitud no vendría mal.

—¡Me has convertido en tu propiedad! ¡Has validado esa mentira con un beso que...! —se detuvo, incapaz de decir que el beso la había estremecido más que cualquier amenaza.

—Ese beso era necesario —dijo él, acercándose de nuevo, recuperando esa distancia mínima que la volvía loca—. Esos hombres no buscan razones legales, buscan debilidades. Ahora creen que estoy obsesionado contigo. Creen que eres mi única debilidad.

—¿Y no lo soy? —desafió ella, levantando la barbilla.

Valerius se detuvo frente a ella. Su mirada recorrió su rostro con una intensidad devoradora, deteniéndose en sus labios, ahora hinchados por el beso. Por un momento, Elena creyó que volvería a caer en esa trampa de fuego.

—Eres mi mayor problema, Elena. Pero no te confundas: este matrimonio es solo una estrategia. Dormirás en mi cama porque es el único lugar seguro del campamento, pero si intentas usar ese cuchillo que tienes escondido en la bota mientras duermo, te aseguro que no seré tan caballeroso como acabo de ser.

Él se dirigió a la entrada de la tienda para dar órdenes a su guardia personal, pero antes de salir, se detuvo.

—Por cierto —dijo sin mirar atrás—, tu hermano no murió en el asedio de la capital.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.




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