La traición tiene un sabor metálico, muy parecido al de la sangre que Elena acababa de morderse en el labio.
Se quedó de pie en el centro de la tienda de Valerius, rodeada de lujos robados y mapas de conquista, sintiendo que las paredes de lona se cerraban sobre ella. ¿Su hermano? ¿Ariel, el niño con el que había compartido juegos y promesas de proteger el reino, era quien la había vendido? La revelación de Valerius era un puñal clavado en su espalda, y lo peor de todo era que, en el fondo de su alma herida, sabía que el general no mentía. Él no necesitaba inventar mentiras para destruirla; ya tenía la verdad.
—No puede ser —susurró ella a la nada, aunque sus manos volaron al relicario sobre la mesa. Lo abrió con dedos torpes. Dentro, el retrato de su madre parecía mirarla con una tristeza profética.
La solapa de la tienda se abrió de nuevo. Valerius entró con un cuenco de agua y un paño limpio. Se movía con la eficiencia silenciosa de una sombra. Se acercó a ella, ignorando su mirada de odio, y dejó el cuenco sobre una pequeña cómoda de madera.
—Límpiate —dijo él, señalando la sangre que aún manchaba el mentón de Elena—. No dejaré que mi "esposa" parezca una víctima frente a mis capitanes. Aquí, el poder es lo único que mantiene a raya los cuchillos.
—¿Tu esposa? —Elena soltó una risa amarga y desquiciada—. ¿Hasta cuándo vas a mantener esta farsa, Valerius? Sabes que en cuanto crucemos la frontera, tu Rey o mi hermano encontrarán la forma de anular ese papel y cortarme el cuello.
Valerius dio un paso hacia ella. La luz de las velas proyectaba su sombra sobre ella, haciéndolo parecer un gigante tallado en obsidiana.
—Entonces asegúrate de que sea difícil de anular —respondió él. Su voz era un susurro peligroso que le erizó el vello de los brazos—. El consejo de guerra se reunirá en una hora para verificar nuestra "unión". Esperan ver a una mujer rendida, Elena. Esperan ver a una prisionera quebrada. Si quieres sobrevivir, tienes que ser la mujer que me devolvió el beso con la misma furia con la que blande una espada.
—Preferiría tragar vidrio —siseó ella, aunque el calor que emanaba del cuerpo de él la estaba volviendo loca. Estaban tan cerca que podía ver las vetas doradas en sus ojos grises, un rastro de humanidad en medio de tanta crueldad.
—Traga lo que quieras, pero hazlo con la cabeza alta —Valerius tomó el paño húmedo y, antes de que ella pudiera protestar, le sujetó la nuca con firmeza.
No fue un gesto rudo, sino dominante. Con una delicadeza que la desconcertó, comenzó a limpiar el rastro de sangre de su labio. El contacto era eléctrico. Elena dejó de respirar. Sus manos se cerraron sobre la camisa de lino de él, primero para empujarlo, pero sus dedos terminaron enredándose en la tela, anclándola a la realidad. Sus ojos se encontraron en un duelo silencioso donde las palabras sobraban.
—Me odias —murmuró él, sus dedos rozando la piel de su mandíbula.
—Con cada fibra de mi ser —confirmó ella, aunque su pulso, acelerado y errático contra la palma de la mano de él, decía otra cosa.
—Bien. El odio es honesto. El odio quema. Mantén ese fuego vivo, Elena, porque es lo único que te mantendrá caliente en la cama fría que nos espera.
Él se apartó de golpe, rompiendo la tensión como quien corta un cable de alta tensión. Se dirigió a un baúl y sacó una túnica de seda de color rojo oscuro, el color de la sangre arterial. La arrojó sobre el lecho.
—Póntela. Deja la armadura. Esta noche no luchas con acero, sino con tu presencia.
Elena miró el vestido. Era una provocación. Un uniforme de guerra diferente.
—Si salgo ahí fuera y firmo mi sentencia de vida a tu lado... —empezó ella, con la voz firme—, no creas que he olvidado quién eres, Valerius. En el momento en que mi hermano esté a mi alcance, te mataré a ti primero por haberme hecho elegir entre la muerte y tú.
Valerius se detuvo en la salida, con la mano en la solapa de la tienda. Se giró a medias, y la luz del fuego exterior iluminó su perfil afilado.
—Estaré esperando ese momento con ansias, mi señora. Pero antes de que eso pase, hay algo que debes saber. El relicario... Ariel no me lo dio para que te matara.
Elena frunció el ceño, confundida. —¿Entonces por qué?
Valerius sonrió de una forma que le heló la sangre. Era una sonrisa de pura anticipación depredadora.
—Me lo dio como dote. Tu hermano no quiere tu muerte, Elena. Él quiere que seas la reina de Altea para poder controlar ambos reinos a través de ti. Él cree que eres su marioneta. Lo que él no sabe es que yo no comparto mis juguetes... y mucho menos mis armas.
Valerius salió de la tienda, dejándola con el vestido rojo y una verdad aún más retorcida. No era solo una guerra entre naciones, era una partida de ajedrez donde ella era la reina y todos querían moverla.
Elena se despojó de su armadura, sintiéndose desnuda y vulnerable por primera vez en años. Se puso la seda roja, que se deslizaba sobre su piel como una caricia prohibida. Se miró en el pequeño espejo de bronce. No veía a una princesa, veía a una guerrera que estaba a punto de entrar en el territorio más peligroso de todos: el corazón del enemigo.
Salió de la tienda con la cabeza alta. Los soldados de Altea se quedaron mudos al verla. El contraste del rojo contra la noche gris era un grito de guerra. Valerius la esperaba al final del pasillo de antorchas, rodeado por sus capitanes y los enviados del nuevo Rey.
Él extendió su mano hacia ella. Un gesto público de posesión.