Besos que Arden en Guerra

Capítulo 5: El eco de los muertos

El silencio que siguió a las palabras del mensajero fue más violento que el estallido de una granada.

Elena sentía que el suelo bajo sus pies, cubierto por las ricas alfombras del pabellón de guerra, se convertía en arenas movedizas. "Su estandarte". El fénix de plata sobre fondo azul medianoche, el emblema de su familia que ella misma había jurado proteger hasta su último aliento, estaba siendo usado para masacrar la capital del enemigo. Pero ella estaba allí, prisionera de una seda roja que se sentía como una herida abierta, mientras alguien —o algo— cometía atrocidades en su nombre.

Valerius no soltó su mano. Al contrario, sus dedos se cerraron sobre los de ella con una fuerza que amenazaba con romperle los huesos, un ancla de hierro en mitad de la tormenta.

—¡Explicaciones! —rugió uno de los capitanes de Altea, desenvainando su espada y apuntando directamente al pecho de Elena—. ¡Es una trampa! ¡Nos ha distraído con su cara de ángel mientras sus carniceros degüellan a nuestras familias en la capital!

El pabellón estalló en un caos de acero desenvainado. Cincuenta hombres rodearon a la pareja, sus rostros desfigurados por el odio y el miedo. Elena dio un paso atrás, pero la espalda de Valerius fue el muro que la detuvo.

—¡Bajad las armas! —la voz de Valerius cortó el aire como un latigazo. No gritaba, pero la autoridad vibraba en sus cuerdas vocales con tal intensidad que los soldados vacilaron—. ¡He dicho que las bajéis!

—¡Es una traidora, General! —replicó el capitán—. ¡Su hermano ha abierto las puertas y su ejército está quemando Altea! ¡Usted nos trajo a la serpiente al nido!

Valerius dio un paso al frente, arrastrando a Elena con él, manteniéndola pegada a su costado. Su mirada recorrió a sus hombres, fría y letal.

—Si ella fuera la mente detrás de esto, ¿creéis que estaría aquí, vestida de seda y sin un arma, a merced de mis manos? —Valerius levantó la mano entrelazada con la de ella—. Miradla. Está tan aterrada como vosotros, porque sabe que quienquiera que esté usando su nombre, la quiere muerta a ella también.

Elena recuperó el aliento, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un animal rabioso. Se obligó a hablar, con la voz afilada como el cristal.

—Mi ejército no existe —dijo, mirando directamente al capitán que la amenazaba—. Mis hombres fueron masacrados en la frontera hace tres años por orden de vuestro anterior rey. Si alguien lleva mi estandarte hoy, no son soldados. Son fantasmas. O mercenarios comprados por alguien que odia a Altea tanto como a mi linaje.

—¿Y quién tiene el dinero para comprar fantasmas, Elena? —le susurró Valerius al oído, tan cerca que su aliento le rozó la oreja, enviando un escalofrío que no era de miedo por su columna—. ¿Quién conocía tus estandartes mejor que tú?

Elena sintió que el mundo se volvía borroso. Ariel. Su hermano no solo la había vendido; estaba borrando su rastro usando su propia identidad. Estaba convirtiéndola en el monstruo de la historia para justificar su ascenso al poder absoluto.

—Tengo que irme —dijo ella, tratando de soltarse del agarre de Valerius—. Tengo que detener esto.

—No vas a ninguna parte —Valerius la giró bruscamente, obligándola a enfrentarlo. Sus ojos grises eran dos tormentas en colisión—. Eres mi esposa. Por contrato y por el beso que todos estos hombres presenciaron. Tu seguridad es mi responsabilidad, y tu traición sería mi ruina. No te dejaré marchar para que te conviertas en el mártir que tu hermano necesita.

—¿Me vas a retener aquí mientras mi nombre se mancha de sangre inocente? —le espetó ella, clavándole las uñas en el antebrazo.

—Te voy a retener aquí porque eres la única pieza que me queda para ganar este juego —respondió él, su rostro a centímetros del de ella. La tensión entre ambos era casi insoportable, una mezcla de furia, desconfianza y esa atracción oscura que se alimentaba del peligro—. Si sales de esta tienda, los hombres de la Guardia Real te colgarán en la primera plaza que encuentren. Conmigo... conmigo tienes una oportunidad de venganza.

Valerius se giró hacia sus capitanes, que seguían con las espadas en alto.

—Levantamos el campamento. Marchamos hacia la capital al amanecer. Y que quede claro: Elena de Valerosa viaja en mi montura. Quien se atreva a mirarla con intención de dañarla, se las verá con mi acero.

La noche en la tienda de campaña fue un suplicio de sombras y pensamientos circulares. Valerius se había negado a dejarla sola. Había mandado instalar un catre adicional, pero la tensión en el aire era tan espesa que el espacio parecía haberse reducido a la mitad.

Elena estaba sentada al borde de la cama, todavía con el vestido rojo, mirando cómo Valerius limpiaba su espada con movimientos rítmicos y obsesivos. La luz de la hoguera exterior se filtraba por la lona, dibujando sombras danzantes sobre los músculos tensos de su espalda.

—¿Por qué lo haces? —preguntó ella de repente, rompiendo el silencio—. Podrías haberme entregado. Habrías quedado como un héroe ante tu nuevo rey. Habrías salvado tu reputación.

Valerius detuvo el movimiento de la tela sobre el metal. No se giró.

—No busco ser un héroe, Elena. Los héroes terminan en fosas comunes con poemas bonitos sobre sus tumbas. Yo busco orden. Y tu hermano ha roto todas las reglas.

—Me besaste —dijo ella, con la voz más baja, recordando la presión de sus labios y la forma en que su cuerpo había respondido contra toda lógica—. Dijiste que era necesario, pero... no fue el beso de alguien que solo cumple una orden.




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