Despertar fue como ser arrastrada a través de cristales rotos.
Elena abrió los ojos y lo primero que sintió fue el frío. Un frío glacial, húmedo, que no pertenecía a la lujosa tienda de campaña de un general, sino a las entrañas de la tierra. Intentó moverse, pero sus muñecas protestaron con el tintineo metálico de unos grilletes. Estaba encadenada a una pared de piedra caliza que goteaba salitre.
—Al fin regresas del mundo de los muertos —la voz de Valerius llegó desde la penumbra, cargada de una ronquera salvaje.
Elena giró la cabeza con violencia. Él estaba allí, a un par de metros, encadenado de la misma forma. Su camisa de lino negro estaba desgarrada, revelando el mapa de cicatrices de su torso y una mancha de sangre fresca en el hombro. A pesar de la situación, su mirada gris seguía siendo un arma cargada; no había miedo en él, solo una furia contenida que hacía vibrar los eslabones de sus cadenas.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elena. Su voz sonaba como si hubiera tragado ceniza.
—En las Mazmorras de Hierro de la capital —respondió Valerius, apretando los dientes—. Hemos recorrido medio reino inconscientes. Alguien se tomó muchas molestias para traernos aquí sin que mis hombres se dieran cuenta.
Elena sintió un peso muerto sobre su regazo. Miró hacia abajo y el grito se le quedó atascado en la garganta. El dedo anular, pálido y cercenado, seguía allí, sobre la seda roja de su vestido ahora manchado de barro. El anillo de sellado con el escudo del Fénix brillaba bajo la escasa luz de una antorcha lejana.
—Mi padre... —sollozó ella, el aire escapándosele de los pulmones—. Valerius, me dijeron que murió en la Gran Purga. Yo vi el palacio arder. Yo vi cómo lo rodeaban...
—Entonces alguien te vendió una mentira muy bien envuelta, Elena —Valerius tiró de sus cadenas, haciendo que el metal rechinara contra la piedra—. Si ese dedo es suyo y la sangre es fresca, significa que ha estado vivo todos estos años. Y significa que alguien lo ha estado usando como moneda de cambio.
De repente, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo. La puerta de hierro de la celda se abrió con un lamento prolongado. No entró un verdugo. Entró Ariel.
El hermano de Elena lucía una armadura de gala dorada, impecable, que contrastaba grotescamente con la inmundicia de la celda. Tenía la misma mandíbula afilada que Elena, los mismos ojos claros, pero en ellos no había rastro de la calidez que ella recordaba. Había una ambición fría, una pátina de locura que la hizo estremecerse.
—Vaya cuadro —dijo Ariel, recorriendo con la mirada a la pareja encadenada—. El gran carnicero de Altea y la esperanza de la resistencia, compartiendo humedades. Si los poetas supieran esto, las baladas serían mucho más interesantes.
—¡Ariel! —gritó Elena, tratando de abalanzarse sobre él, aunque las cadenas la frenaron en seco—. ¡Explícame esto! ¡Explícame por qué el dedo de nuestro padre está aquí! ¡Explícame por qué matas en mi nombre!
Ariel se acercó a ella y, con una calma aterradora, le acarició la mejilla con el guantelete de metal. Elena apartó la cara con asco.
—Papá siempre fue un hombre difícil, Elena. Se negó a aceptar que el mundo estaba cambiando. Se aferró a su trono de cenizas hasta que tuve que guardarlo en un lugar donde no molestara —Ariel se giró hacia Valerius—. Y tú, General... te di una orden sencilla. Debías entregarme a mi hermana para que yo pudiera "rescatarla" y presentarme ante el pueblo como el unificador. Pero decidiste casarte con ella. Decidiste jugar a ser el protector.
Valerius soltó una risa seca, letal.
—Decidí que tú no eres digno ni de lamer la sangre de sus botas, Ariel. Tu plan de falsa bandera es patético. ¿Crees que el ejército de Altea te seguirá cuando sepan que has quemado su propia capital para culpar a una mujer que no tiene ni cien hombres?
Ariel se encogió de hombros, restándole importancia.
—El pueblo cree lo que ve. Y lo que verán mañana al amanecer es a la "Traidora Elena" siendo ejecutada por el General Valerius, quien, tras descubrir su complot, decidió hacer justicia antes de suicidarse por el dolor de su traición. Una tragedia perfecta.
—No te saldrás con la tuya —siseó Elena, las lágrimas de rabia quemándole los ojos—. Yo misma te arrancaré el corazón.
—Lo dudo, hermanita. Estás un poco... atada —Ariel hizo una señal a los guardias en la puerta—. Preparadlo todo. Al amanecer, el mundo cambiará.
Cuando Ariel salió, el silencio volvió a la celda, pero esta vez era un silencio de muerte. Elena bajó la cabeza, su frente apoyada contra la piedra fría. Todo había sido una trampa desde el primer momento. El romance forzado, el contrato, el beso... todo había sido combustible para la pira funeraria que su hermano estaba construyendo.
—Elena —la voz de Valerius era ahora un susurro urgente—. Mírame.
Ella levantó la vista, encontrando los ojos del general. Había algo diferente en ellos. No era odio, ni siquiera esa atracción explosiva de antes. Era una determinación absoluta.
—Tengo una llave —dijo él, moviendo su mano encadenada de una forma extraña. Bajo la piel de su muñeca, cerca del antebrazo, sobresalía un bulto pequeño—. La tengo cosida bajo la piel desde que empecé la guerra. Pero no puedo alcanzarla. Mis hombros están bloqueados por el ángulo de estas cadenas.
Elena comprendió al instante. El espacio entre ellos era corto, pero sus cadenas apenas les permitían rozarse.
—Tienes que acercarte —ordenó él—. Tienes que usar tus dientes para rasgar la cicatriz y sacar la llave.