Besos que Arden en Guerra

Capítulo 7: El Credo de los Traidores

Correr por los pasillos de las Mazmorras de Hierro era como intentar escapar por la garganta de una bestia que ya te había engullido.

El aire era pesado, cargado de un moho milenario y del siseo de las antorchas que agonizaban en las paredes. Elena sentía el sabor de la sangre de Valerius todavía en su lengua, un recordatorio metálico y ardiente de que acababa de marcar al hombre que juró asesinar. Él iba delante, moviéndose con una agilidad felina que su imponente físico no debería permitir. Sus hombros desnudos, todavía manchados por la herida que ella misma le había provocado para extraer la llave, se tensaban con cada zancada.

—Tercer pasillo a la izquierda —susurró Valerius, deteniéndose en una intersección húmeda. Su mano, ahora libre de cadenas pero cerrada en un puño listo para golpear, se apoyó en el pecho de Elena para frenarla—. Escucha.

Elena contuvo el aliento. El silencio era absoluto, roto solo por el goteo rítmico del agua sobre las piedras. Pero entonces, lo oyó: una voz rota, un hilo de sonido que parecía venir de otra vida.

—...el fénix no renace del fuego, el fénix es el fuego que consume la mentira...

Elena sintió que las piernas le flaqueaban. Era la voz de su padre. Envejecida, desgarrada por años de encierro y probablemente tortura, pero era la melodía que solía arrullarla antes de que la guerra le robara la infancia.

—Papá —articuló ella, sin sonido.

Valerius la miró de reojo. Había una sombra de cautela en sus ojos grises.

—Espera, Elena. Podría ser otra trampa de Ariel. Él sabe cómo apretar tus botones. Si entramos ahí sin pensar, nos cerrarán la puerta por fuera.

—No me pidas que espere cuando tengo su sangre sobre mi vestido —le espetó ella, señalando las manchas rojas sobre la seda que Valerius le había obligado a vestir—. Si es una trampa, moriré luchando. Pero no dejaré que muera solo.

Elena se zafó de su agarre y avanzó hacia la celda marcada. La puerta de madera reforzada con hierro estaba entornada, una invitación silenciosa que gritaba peligro. Valerius maldijo entre dientes y se colocó a su espalda, protegiendo su flanco, con los sentidos alerta ante la menor vibración.

Al entrar, la escena les heló la sangre.

El Rey de la Resistencia, el hombre que Elena creía convertido en polvo, estaba encadenado a una silla de tortura en el centro de una sala circular. Su cabello era una melena blanca y enmarañada, y su cuerpo apenas era una sombra de la fuerza que una vez fue. Frente a él, de espaldas a la puerta, una figura encapuchada sostenía un frasco con un líquido esmeralda.

—Dilo otra vez, viejo —dijo la figura encapuchada. La voz era femenina, fría y extrañamente familiar—. Diles el nombre del verdadero heredero antes de que te corte la lengua.

—El heredero... —balbuceó el padre de Elena, levantando la cabeza. Sus ojos estaban nublados—. El heredero no es el hijo del rey... es el hijo del odio... el hijo de Altea y el Fénix...

—¡Suéltalo! —gritó Elena, lanzándose hacia la mujer.

La figura encapuchada giró con una rapidez sobrenatural, lanzando el frasco contra el suelo. Una nube de gas irritante estalló, nublando la visión de Elena. Valerius reaccionó al instante, agarrando a Elena por la cintura y tirándola al suelo mientras él se lanzaba contra la intrusa. El estruendo de un golpe seco resonó en la celda.

Cuando el humo se disipó, la mujer había desaparecido por un pasadizo oculto tras un tapiz raído, dejando atrás una daga con el pomo en forma de cuervo. El emblema del nuevo rey.

Elena se arrastró hacia su padre.

—¡Papá! Soy yo, Elena. Estoy aquí. Te vamos a sacar de aquí.

El anciano enfocó la vista. Una lágrima trazó un camino limpio sobre su rostro sucio. Sus dedos temblorosos buscaron el rostro de su hija.

—Elena... mi pequeña guerrera. No debiste venir. Ariel... él no busca el trono. Él busca el Pacto.

—¿Qué pacto, papá? ¿De qué hablas? —preguntó ella, mientras Valerius examinaba las cadenas del anciano con urgencia profesional.

—El pacto de sangre que fundó estas naciones —dijo el padre, su voz ganando una claridad aterradora—. No somos enemigos, Elena. Nunca lo fuimos. Somos las dos mitades de una misma llave. Si Valerius y tú... si vuestra sangre se une en el altar del Templo Caído... el mundo que conocemos arderá para que surja el antiguo Imperio. Ariel quiere ese poder. Él quiere la sangre de ambos.

Valerius se detuvo en seco. Miró a Elena, y luego a sus propias manos, todavía manchadas con la sangre que ella le había extraído minutos antes.

—Por eso nos quería casar —murmuró Valerius, su voz cargada de una comprensión oscura—. No era por política. Era por el ritual. Si nos unimos, despertamos algo que nadie podrá controlar.

—¡Valerius, ayúdame a soltarlo! —exigió Elena, desesperada.

—Elena... —Valerius la miró con una tristeza que le partió el alma—. Mira sus pies.

Elena bajó la vista. Los pies de su padre no estaban encadenados; estaban fundidos al suelo por un metal extraño, una especie de alquimia negra que lo mantenía unido a la estructura misma de la fortaleza. No era un prisionero de la celda, era parte de ella.

—Es una batería humana —dijo Valerius, su tono volviéndose gélido—. Él está alimentando las protecciones de la ciudad con su propia vida. Si lo soltamos, la fortaleza colapsará sobre nosotros y la capital entera volará por los aires. Es el seguro de Ariel.




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