El mundo acababa de romperse en mil pedazos de cristal y cada uno de ellos se clavaba en la piel de Elena.
La lluvia comenzó a caer, una cortina gélida que intentaba lavar el lodo y la sangre de las alcantarillas, pero no había agua suficiente en el mundo para limpiar la revelación que el relicario les había escupido a la cara. Elena miraba el pergamino, luego a Valerius, y otra vez el papel. Sus manos temblaban tanto que el metal chocaba contra sus uñas, produciendo un tintineo frenético, casi tan rápido como su pulso.
—No... —la palabra fue un siseo roto—. Es una mentira. Es otra trampa de mi madre para protegerme, o de la tuya para destruirme. Yo soy una Valerosa. Llevo el fuego del Fénix en las venas. Tú... tú eres el Carnicero de Altea. Tú eres el hombre que quemó mis campos.
Valerius no respondió de inmediato. Estaba inmóvil, con la espalda pegada al muro de piedra, mientras el agua de lluvia le resbalaba por el pecho desnudo y la mandíbula tensa. Su mirada gris estaba fija en el pergamino, pero no parecía estar leyendo las letras, sino reconstruyendo cada batalla, cada orden y cada cicatriz bajo esta nueva y maldita luz.
De repente, Valerius soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de alegría que resonó en el túnel como el golpe de un hacha.
—Eso explica por qué el Rey de Altea siempre me enviaba a las misiones suicidas —dijo con una voz que era puro veneno—. Eso explica por qué, a pesar de mis victorias, siempre me trataba como a un perro con rabia al que hay que mantener encadenado. No quería un general, Elena. Estaba usando al verdadero heredero de sus enemigos para exterminar a su propio pueblo.
—¡Cállate! —gritó ella, lanzándole el relicario al pecho. Él lo atrapó en el aire con una mano, sin inmutarse—. Si lo que dice ese papel es cierto, entonces yo soy la hija del hombre que dio la orden de masacrar a mi propia gente. Soy la sangre del enemigo que juré erradicar. ¡Toda mi vida es una broma pesada!
Elena se abalanzó sobre él, no con intención de besarlo esta vez, sino con una furia ciega, golpeando su pecho con los puños cerrados. Necesitaba que él sintiera su dolor, necesitaba que alguien pagara por la agonía de saber que su identidad era un castillo de naipes derrumbándose.
Valerius la dejó golpearlo un par de veces, recibiendo el impacto de su rabia con la firmeza de un bloque de granito. Pero cuando ella intentó arañarle el rostro, él le atrapó las muñecas y la inmovilizó contra la pared. La seda roja de su vestido se rasgó ligeramente bajo la presión de sus cuerpos.
—¡Mírame! —rugió él, obligándola a sostenerle la mirada—. ¿Crees que eres la única que se siente como un monstruo? He pasado diez años matando hombres que llevaban el estandarte del Fénix, creyendo que eran mis enemigos, cuando en realidad eran mis súbditos. He servido al hombre que me robó el trono y me convirtió en su arma más letal.
—Suéltame —susurró ella, aunque su fuerza se estaba evaporando, reemplazada por una vulnerabilidad devastadora—. Valerius, por favor...
—No te voy a soltar —respondió él, y su tono bajó a una frecuencia peligrosa, eléctrica—. Porque si te suelto, te vas a derrumbar, y ahora mismo necesito que seas la reina que Altea no sabe que tiene. O la general que la Resistencia necesita. Ya no importa quiénes nos dijeron que éramos. Lo único que importa es quiénes somos ahora que lo hemos perdido todo.
La cercanía era asfixiante. El calor que emanaba de Valerius contrastaba con la lluvia helada, creando una bruma de vapor entre sus rostros. Elena podía ver el dolor crudo en sus ojos, una sombra de soledad que reflejaba la suya propia. En mitad de esa alcantarilla infecta, rodeados por el eco de una ciudad que pedía sus cabezas, eran dos seres desterrados de su propia historia.
La tensión cambió de signo. Ya no era odio puro, era una necesidad animal de pertenencia. Valerius deslizó una mano desde su muñeca hasta su nuca, sus dedos enredándose en su cabello empapado.
—Toda nuestra vida ha sido una guerra para mantenernos separados —murmuró él, acercándose tanto que sus labios rozaban los de ella—. ¿No te parece irónico? La única verdad que nos queda es esta.
Él no esperó. La besó con una intensidad que hizo que a Elena se le doblaran las rodillas. No era un beso de salvación; era un beso de condena. Sabía a lluvia, a hierro y a una desesperación compartida que borraba las fronteras entre Altea y el Fénix. Elena le devolvió el beso con la misma fuerza, sus manos buscando el calor de su espalda, sus uñas clavándose en su piel como si quisiera asegurarse de que él era real, de que al menos esa pasión no era una mentira escrita en un doble fondo.
Se separaron jadeando, sus frentes apoyadas una contra la otra.
—Tenemos que movernos —dijo Valerius, recuperando la compostura militar, aunque sus ojos seguían encendidos—. Ariel sabe que estamos vivos. Y si él tiene a tu padre, sabe lo del Templo Caído. No pasará mucho tiempo antes de que mande a los Cuervos a buscarnos.
—Mi padre dijo que Ariel no quería el trono, sino el Pacto —recordó Elena, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Dijo que nuestra sangre unida en el altar despertaría algo antiguo.
—El antiguo Imperio —asintió Valerius—. Una leyenda que dice que cuando los dos linajes se funden, el portador obtiene el control absoluto sobre la voluntad de los hombres. No es un mito, Elena. Es un arma de destrucción masiva. Y tu hermano está dispuesto a sacrificar a ambos reinos para activarla.
Salieron de la desembocadura de la alcantarilla y se internaron en el bosque que rodeaba la capital. El sonido de los ladridos de los perros de caza empezaba a escucharse a lo lejos, mezclado con el redoble constante de las campanas de coronación.