La daga de Valerius no temblaba. Su mano, esa misma mano que horas antes había acariciado la nuca de Elena con una vulnerabilidad aterradora, ahora sostenía el acero con una precisión quirúrgica.
—Hazlo —susurró la mujer de los ojos azules, su voz era un ronroneo que parecía vibrar en los huesos de Elena—. Uno debe caer para que el otro ascienda. Ariel es generoso; el que sobreviva gobernará a su lado las cenizas de este mundo. El que muera será recordado como el mártir que selló el Pacto.
Elena sintió el frío del círculo esmeralda quemándole las plantas de los pies a través de las botas. La sangre de los soldados muertos en el suelo empezaba a burbujear, reaccionando a la proximidad de los dos herederos legítimos. Era una escena sacada de una pesadilla alquímica. Miró a Valerius, buscando una señal, un rastro del hombre que la había besado en la alcantarilla con la desesperación de un náufrago. Pero solo encontró al General. Al hombre que había sido entrenado para tomar decisiones imposibles en milisegundos.
—Valerius... —la voz de Elena fue apenas un suspiro, cargado de una traición prematura.
Él dio un paso hacia ella, acortando la distancia dentro del círculo de luz verdosa. La punta de la daga apuntaba directamente al corazón de Elena.
—Me pediste que confiara en ti —continuó ella, su furia regresando para protegerla del dolor—. Me dijiste que íbamos a quemar el mundo juntos. ¿Era todo una estrategia para traerme aquí y entregarme en bandeja de plata a mi hermano?
Valerius no respondió con palabras. Sus ojos grises, antes tormentosos, ahora estaban inyectados en una resolución gélida. Levantó el arma. Elena cerró los puños, preparándose para luchar, para morir matando, para no permitir que el hombre que empezaba a ocupar sus pensamientos fuera quien le arrebatara el último aliento.
—El Pacto exige un sacrificio voluntario —dijo Valerius, su voz sonando hueca, como si viniera de una tumba—. Y yo siempre cumplo con mis deberes.
En un movimiento que desdibujó la vista, Valerius se lanzó sobre ella. Elena gritó, esperando el impacto del acero, pero en lugar de sentir el filo perforando su pecho, sintió el peso del cuerpo de Valerius colisionando contra el suyo con una fuerza brutal. La empujó fuera del círculo esmeralda, lanzándola contra las rocas del patio, justo en el momento en que la mujer de ojos azules soltaba un alarido de rabia.
Valerius no había atacado a Elena. Había usado su propio cuerpo como escudo para sacarla del área del ritual. Pero el círculo no se quedó vacío.
Al salir Elena, la energía acumulada, sedienta de sangre real, se volvió contra el único cuerpo que quedaba dentro. Valerius se giró en el último segundo hacia la mujer encapuchada, pero no para huir, sino para clavar la daga en su propio muslo, dejando que su sangre —la sangre del heredero del Fénix— inundara el círculo de forma errática, rompiendo la geometría del ritual.
—¡No! —chilló la mujer—. ¡La sangre debe ser entregada, no derramada por despecho!
—Entonces ven a buscarla —rugió Valerius, poniéndose de pie a pesar de la herida en su pierna.
El estallido de luz esmeralda fue cegador. Una onda de choque lanzó a la mujer de ojos azules contra la torre de vigilancia, y el círculo de sangre se evaporó en una nube de vapor negro. Elena, aturdida por la caída, se puso en pie y corrió hacia Valerius antes de que él se desplomara.
—¡Estás loco! —le gritó ella, sosteniéndolo por los hombros mientras él se tambaleaba. La sangre empapaba sus pantalones, pero él sonreía con una mueca de triunfo salvaje.
—Te dije... —jadeó él, mirándola con una intensidad que la dejó sin aliento— que no dejaría que nadie compartiera mis armas. Y tú eres el arma más peligrosa que he tenido nunca, Elena. No voy a dejar que Ariel te use como un cordero.
—¿Por qué lo has hecho? Podrías haberme matado y ser el rey.
Valerius la tomó por la nuca, atrayéndola hacia él con una urgencia que hizo que sus labios casi se rozaran.
—Porque prefiero ser un traidor muerto que un rey gobernando un mundo donde tú no estés para intentar asesinarme cada mañana.
La tensión entre ellos, alimentada por el sacrificio de él y la incredulidad de ella, estalló en un momento de vulnerabilidad cruda. Elena lo besó, esta vez sin odio, con una gratitud desesperada que sabía a la sangre de él. Fue un pacto diferente, uno que no necesitaba altares ni magia negra.
Pero el momento fue interrumpido por un aplauso lento y rítmico que venía de la parte superior de la torre.
Ariel estaba allí, observándolos desde las ruinas, vestido con una túnica negra que parecía absorber la poca luz del amanecer. A su lado, la mujer de ojos azules se ponía en pie, limpiándose la sangre de la comisura de los labios, pero esta vez estaba sonriendo.
—Bravo, Valerius. Realmente conmovedor —dijo Ariel, bajando las escaleras de piedra con una elegancia letal—. Pero habéis cometido un error de cálculo. El ritual no necesitaba que uno muriera para activar el poder. Eso era solo una prueba para ver si el amor realmente había florecido entre vosotros.
Elena se tensó, protegiendo a Valerius con su propio cuerpo, buscando desesperadamente algo con lo que luchar.
—¿De qué hablas? —escupió ella.
—El Pacto de los dos linajes no se alimenta de la muerte —explicó Ariel, deteniéndose a pocos metros de ellos, rodeado ahora por una docena de Segadores que surgían de las sombras como espectros—. Se alimenta de la unión. El hecho de que Valerius se haya sacrificado por ti, Elena... el hecho de que tú lo hayas besado por voluntad propia... eso es lo que ha activado la marca.