El dolor de la carne ajena es la peor de las prisiones.
Elena cayó de rodillas sobre la tierra fría del patio, apretando su muslo con una fuerza que le puso los nudillos blancos. No había herida en su piel, pero sentía el fuego líquido, el desgarro del acero y el latido punzante de la sangre que Valerius estaba perdiendo a kilómetros de distancia. El vínculo no era solo una conexión; era un hilo de espino que le atravesaba el alma. Cada bache que el carruaje de su hermano golpeaba en el camino, cada sacudida que sufría el cuerpo de Valerius, repercutía en el sistema nervioso de Elena con la violencia de un rayo.
—Levántate, pequeña fénix. No tienes tiempo para lamerte las heridas que no son tuyas —la mujer de ojos azules, la Segadora que acababa de soltar la bomba sobre su madre, caminaba a su alrededor con una gracia insultante.
—Mientes —escupió Elena, forzando a sus pulmones a inhalar el aire gélido—. Mi madre murió protegiéndome. Vi cómo su habitación colapsaba bajo el fuego de Altea. La vi caer.
—Viste lo que necesitabas ver para convertirte en el arma que eres hoy —la mujer se acuclilló frente a ella, obligándola a sostenerle la mirada azul eléctrico—. El amor de una madre es capaz de grandes sacrificios, Elena, pero la ambición de una reina es capaz de orquestar el fin del mundo. ¿Crees que Ariel sacó esa crueldad de la nada? Él es solo el alumno aventajado. Ella es la maestra de los Segadores. Ella es quien diseñó el Pacto de Sangre.
Elena sintió un vacío abismal en el estómago. Si su madre lideraba a los Segadores, entonces la guerra, el odio entre naciones, e incluso el sufrimiento de su padre, eran partes de un guion macabro. Y Valerius... Valerius era el peón de oro que debían sacrificar.
De repente, una oleada de náuseas y una presión asfixiante en la garganta la hicieron arquearse.
—¡Basta! —gritó Elena—. ¡Dile que pare! ¡Dile a Ariel que deje de torturarlo!
—Él no lo está torturando, Elena —la mujer sonrió con una tristeza gélida—. Lo están "marcando" para el ritual final. Y cada marca que él reciba, quedará grabada en tu memoria. Es la única forma de que sepas dónde encontrarlo.
Elena cerró los ojos y, por primera vez, dejó de luchar contra el vínculo. Se sumergió en el dolor. A través de la negrura de sus párpados, empezaron a aparecer destellos. Vio paredes de obsidiana, olió el azufre de las forjas subterráneas y escuchó el goteo constante de una clepsidra de sangre.
La Fortaleza de las Sombras. No estaba en la capital. Estaba en las Montañas del Lamento, un lugar que no figuraba en ningún mapa civilizado.
—Sé dónde está —susurró Elena, poniéndose de pie con una determinación que hizo que la Segadora retrocediera un paso—. Y si mi madre es quien creo que es, más le vale que sus Segadores sean tan inmortales como dicen, porque voy a quemar cada centímetro de ese lugar hasta recuperar a Valerius.
—No puedes ir sola. Estás débil, estás marcada y media Altea busca tu cabeza —la mujer se puso en pie, ajustándose la capucha—. Pero hay alguien que puede ayudarte. Alguien que odia a tu madre tanto como tú ahora mismo.
—¿Quién?
—El hombre que debió ser rey antes que tu padre. El hermano desterrado de Altea: Kaelen.
Elena recordó las historias. Kaelen era una sombra, un mito de las tabernas de la frontera. Decían que se había vuelto loco y que vivía en los bosques prohibidos, alimentándose de la magia negra que quedó tras la Primera Guerra.
—No tengo tiempo para buscar ermitaños locos —dijo Elena, empezando a caminar hacia el desfiladero.
—No tienes que buscarlo. Él ya te ha encontrado.
De la espesura del bosque, un hombre alto, con el rostro oculto por una máscara de hueso de ciervo y cubierto con pieles de lobo, emergió en silencio. Llevaba una lanza cuya punta brillaba con una luz blanca mortecina. El aire a su alrededor parecía congelarse.
Elena desenvainó la daga que Valerius le había dejado.
—Un paso más y te prometo que sabrás por qué me llaman la Fénix.
Kaelen se quitó la máscara de hueso. Su rostro estaba marcado por quemaduras de alquimia, pero sus ojos... eran exactamente iguales a los de Valerius. El mismo gris tormentoso, la misma mirada de quien ha visto el final de todas las cosas.
—Valerius no es el heredero de Altea, muchacha —dijo Kaelen, su voz era como el crujido de la nieve bajo las botas—. Valerius es mi hijo. Y si tú eres la hija de la mujer que me arrancó la piel y me robó el trono, lo último que deberías hacer es pedirme ayuda.
Elena se quedó petrificada. La red de mentiras se volvía cada vez más compleja. Si Valerius era hijo de Kaelen, el heredero legítimo de Altea, entonces su matrimonio con ella no solo unificaba reinos, sino que devolvía la corona a la línea de sangre que había sido purgada por su propia madre.
—Él se sacrificó por mí —dijo Elena, manteniendo la voz firme a pesar del temblor de sus manos—. No me importa de quién sea hijo. Me importa que está sufriendo por un error que cometieron vuestras generaciones. Si quieres a tu hijo vivo, ayúdame a entrar en la Fortaleza de las Sombras.
Kaelen la miró con una mezcla de desprecio y admiración.
—Entrar es fácil. Salir es lo imposible. Pero antes de ir, necesitas saber la verdad sobre el "Tercer Reino". No es un ejército de soldados, Elena.
Kaelen se acercó y puso su mano fría sobre el hombro de ella. Elena sintió una descarga de energía que hizo que su marca en la palma brillara con una intensidad cegadora.