Besos que Arden en Guerra

Capítulo 11: La paradoja del Fénix

El silencio en la caverna era más pesado que el rugido de la catarata de sangre que caía a sus espaldas.

Elena sentía el frío del acero en la palma de su mano, pero el calor que emanaba del vínculo con Valerius era lo único que la mantenía cuerda. Él estaba allí, a menos de diez metros, sostenido por dos Segadores como si fuera un muñeco roto, con la camisa de lino empapada en una mezcla de agua roja y su propia vida. Sus miradas se cruzaron, y en ese choque de gris contra verde, Elena leyó una súplica silenciosa: No lo hagas. No te conviertas en ella.

—Míralo bien, Elena —la voz de Isadora, su madre, cortaba el aire con la precisión de un bisturí—. Míralo y comprende que su vida depende de un solo movimiento de tu muñeca. Tu padre ya no es un hombre; es una cáscara vacía, un recipiente de magia negra que solo sirve para alimentar este lugar. Matarlo es un acto de misericordia. Salvar a Valerius es un acto de destino.

Elena miró a su padre. El Rey, el hombre que le había enseñado a montar y a creer en la justicia, se levantó de la silla de tortura. Sus movimientos eran espasmódicos, como los de una marioneta movida por hilos invisibles. Sus ojos, negros como pozos de brea, no reflejaban reconocimiento, solo un hambre ancestral. Levantó su espada hacia ella.

—Él ya no está ahí, Elena —dijo Kaelen desde su posición bajo la red de plata, su voz llena de una agonía vieja—. Isadora lo borró hace años. Lo que tienes delante es solo el guardián del Pacto. Si no lo matas tú, él te matará a ti, y entonces Valerius será ejecutado frente a tu cadáver.

Elena apretó los dientes, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. No era suya; era de Valerius. Él estaba tratando de liberarse, sus músculos tensándose contra las cadenas de cristal, ignorando el hecho de que cada esfuerzo le arrancaba un jirón de piel.

—¡Basta! —gritó Elena, dirigida a su madre—. ¿Cómo puedes pedirme esto? ¿Cómo puedes hablar de amor y destino mientras destrozas a tu propia familia?

Isadora soltó una carcajada cristalina, un sonido que carecía de toda humanidad.

—Porque la familia es la primera debilidad que debemos purgar para gobernar, hija mía. Yo maté mis sentimientos hace una década. Ahora te toca a ti. Elige: el pasado que ya está muerto, o el futuro que sangra frente a ti.

El Rey-Sombra cargó. Fue un movimiento rápido, violento. Elena bloqueó el golpe por puro instinto, el choque de las espadas enviando una vibración que recorrió sus brazos y se instaló en su marca. Al tocar el acero de su padre, la marca del fénix en su palma brilló con una luz blanca cegadora, y por un instante, Elena vio los recuerdos de su padre: una tarde de verano, el olor a jazmín, e Isadora sonriendo mientras vertía un líquido oscuro en una copa.

La traición había empezado mucho antes de la guerra. Había empezado en el lecho real.

—¡Elena, muévete! —el grito de Valerius fue un desgarro en el aire.

Ella esquivó una estocada que habría perforado su garganta. Su padre era una máquina de matar impecable. Elena retrocedió hacia el borde del círculo de estatuas de cristal. Sabía que no podría mantener la defensa por mucho tiempo. Miró a Valerius de nuevo. Él estaba sangrando por la nariz, la presión del vínculo volviéndose insoportable para ambos. Si ella moría, él moría. Si ella mataba, él vivía... pero ella se perdería para siempre.

—No lo hagas por él —susurró la sombra de su padre, o quizá fue Isadora usando su voz—. Hazlo por el trono.

Elena cerró los ojos un segundo. Siente el vínculo, se dijo a sí misma. No sientas el dolor, siente al hombre.

Se sumergió en la conexión con Valerius. Buscó más allá del sufrimiento físico y encontró esa chispa de rebelión, esa furia que los había unido como enemigos. Valerius no quería ser salvado a ese precio. Él prefería arder. Y en ese momento, Elena comprendió la paradoja: el Fénix no renace porque alguien lo mate; renace porque decide consumirse a sí mismo.

En lugar de atacar a su padre, Elena giró la espada y la clavó en su propia palma, justo sobre la marca del fénix.

El grito de Isadora fue de puro horror.

—¡No! ¡La sangre debe ser entregada, no sacrificada!

La sangre de Elena, imbuida de la magia del vínculo y del odio hacia el juego de su madre, no cayó al suelo. Fluyó hacia arriba, conectándose con los filamentos de plata que atrapaban a Kaelen y con las cadenas de cristal que sujetaban a Valerius. El poder del Tercer Reino, sediento de una unión verdadera, reconoció el sacrificio.

Las estatuas de cristal de la caverna empezaron a vibrar, emitiendo un zumbido que hacía sangrar los oídos.

—¡Valerius! —gritó Elena, sintiendo cómo su vida se drenaba hacia el vínculo—. ¡Ahora!

Valerius, sintiendo la oleada de energía pura de Elena, rugió con una fuerza sobrehumana. Las cadenas de cristal estallaron en mil pedazos. Él se lanzó hacia delante, ignorando a los Segadores, y atrapó a Isadora por el cuello antes de que ella pudiera reaccionar. Pero Isadora simplemente se desvaneció entre sus manos como humo negro, reapareciendo en la parte más alta de la catarata.

—Has roto el orden natural, Elena —dijo Isadora, su rostro ahora desfigurado por la rabia—. Has despertado a los Durmientes, pero no los has reclamado. Ahora son una marea sin control. ¡Que os devoren a todos!

Las estatuas de cristal empezaron a resquebrajarse. De su interior, figuras pálidas, con ojos luminosos y movimientos mecánicos, empezaron a emerger. No eran soldados; eran sombras hambrientas de esencia vital. El ejército del Tercer Reino estaba despierto, y no distinguía entre amigos y enemigos.




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