Besos que Arden en Guerra

Capítulo 12: La Geometría del Odio

El silencio tras la partida de Valerius era una amputación sin anestesia.

Elena se quedó inmóvil en el centro de la caverna, con los pulmones ardiendo por el vapor de la sangre y el eco de sus propias palabras crueles rebotando contra las paredes de cristal. Había funcionado. Había roto la conexión. Había salvado la vida del hombre que, segundos antes, estaba siendo drenado por la ambición de su hermano. Pero el vacío que sentía en el pecho, ese espacio muerto donde antes latía la presencia de Valerius, era un precio que no estaba segura de poder pagar.

—Mírate, Elena —la voz de Ariel surgió entre el siseo de los Durmientes. Su hermano se ajustó la corona negra, aunque sus manos temblaban—. Has ganado una batalla moral, pero has perdido a tu único aliado. Estás rodeada de fantasmas que ya no me obedecen a mí, pero que tampoco te reconocen a ti.

Elena se giró hacia él. El aire a su alrededor vibraba. Los Durmientes, esas sombras pálidas de lo que alguna vez fueron ciudadanos de Altea y el Fénix, flotaban en un limbo de hambre y confusión.

—No están aquí para obedecer, Ariel —dijo ella, y su voz sonó como el filo de una espada contra una piedra—. Están aquí para recordar. Y lo primero que van a recordar es quién los convirtió en estatuas.

Ariel soltó una carcajada que sonó a cristal roto.

—Inténtalo. Pero recuerda que el vínculo se ha roto. Si mueres aquí, Valerius no sentirá nada. Se habrá ido, Elena. Te ha dejado sola en la oscuridad.

—Mejor sola que mal acompañada por un monstruo que lleva mi sangre —respondió ella.

Elena cerró los ojos y se concentró en la marca de su mano. Ya no brillaba con el calor de Valerius, sino con un frío azulado y cortante. Era el poder de los Durmientes. Al romper el vínculo de amor, había reclamado para sí la soberanía del Tercer Reino. No por derecho de nacimiento, sino por derecho de sacrificio.

Con un grito que desgarró el aire de la caverna, Elena extendió sus manos. La energía fluyó desde ella hacia los Durmientes como hilos de plata. Las sombras rugieron y, en un movimiento coordinado, se lanzaron contra Ariel y los restos de sus Segadores.

—¡Retirada! —gritó Ariel, dándose cuenta de que la marea había cambiado.

El portal de sombras se abrió detrás de él, tragándoselo justo antes de que la primera línea de fantasmas le arrancara la corona. La caverna quedó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rugido de la catarata de sangre. Los Durmientes se detuvieron, mirándola con sus ojos vacíos, esperando una orden que Elena no sabía si quería dar.

Kaelen se acercó a ella, cojeando, con la máscara de hueso destrozada.

—Lo has logrado, muchacha. Pero el precio del poder es la soledad. Has despertado al ejército del Fénix, pero has perdido al heredero de Altea. Sin la unión de ambos, este ejército solo puede destruir, no construir.

Elena no le respondió. Se agachó para recoger el pequeño trozo de cuero donde Valerius había escrito con su sangre: "Fuerte del Norte. Media noche. No me falles, enemiga mía".

—Él no se ha ido —susurró ella, y una pequeña chispa de esperanza, tan peligrosa como una brasa en un pajar, se encendió en su pecho—. Él está haciendo lo que mejor sabe hacer: ser el General.

El camino hacia el Fuerte del Norte era una carrera contra el tiempo y contra su propio cuerpo. Elena avanzaba a través de la ventisca nocturna, guiando a una pequeña élite de Durmientes que se movían como jirones de niebla entre los árboles. Sin el vínculo, no podía sentir a Valerius. No sabía si estaba herido, si estaba siendo perseguido o si, simplemente, el odio que ella le había obligado a fingir se estaba volviendo real en su corazón.

"Odiame", le había gritado. Y él lo había hecho. Sus ojos grises se habían vuelto piedras de molino antes de desaparecer tras la catarata.

A medida que se acercaba al fuerte, el olor a nieve y pino fue reemplazado por el de humo y aceite de armas. El Fuerte del Norte era una estructura imponente de piedra negra, encajonada entre dos acantilados. Era el lugar donde Altea guardaba sus secretos más oscuros.

Elena dejó a sus sombras en la linde del bosque y se acercó sola. La puerta principal estaba abierta, un bostezo negro que la invitaba a entrar. No había guardias. No había luces.

—¿Valerius? —llamó ella, su voz apenas un susurro que se perdió en el viento.

Se adentró en el patio de armas. Sus botas crujían sobre la nieve endurecida. De repente, una antorcha se encendió en el centro del patio, iluminando a un hombre sentado en un trono de piedra improvisado.

No era Valerius.

Era un hombre mayor, con una armadura dorada y el rostro surcado de cicatrices que Elena reconoció de los libros de historia: el Gran Maestre de la Orden de los Cuervos, el hombre que le juró lealtad a su hermano Ariel.

—La princesa ha llegado —dijo el Maestre con una sonrisa gélida—. Y trae consigo el aroma de los muertos.

—¿Dónde está él? —preguntó Elena, desenvainando su daga.

—¿El General? El General ha cumplido con su palabra. Nos ha entregado la ubicación del Tercer Reino a cambio de su perdón real.

Elena sintió que el mundo se detenía. —Mientes. Él nunca haría eso.

—¿Segura? —el Maestre señaló hacia las almenas.

Allí, bajo la luz de la luna, apareció Valerius. Llevaba de nuevo su capa de General de Altea, su armadura reluciente y su espada desenvainada. No miraba a Elena con pasión, ni con dolor. La miraba con la frialdad absoluta de un verdugo que finalmente ha atrapado a su presa.




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