Besos que Arden en Guerra

Capítulo 13: La Pira de los Mártires

El aire en la celda se volvió denso, cargado de un olor a ozono y a carne quemada que no hería, sino que seducía.

Elena se aferró a los barrotes de piedra, sintiendo cómo la vibración del grito de Valerius ascendía por sus propios pies, recorriendo su columna como una descarga eléctrica. No era dolor. Era una agonía extática. Al otro lado del muro, en el patio del Fuerte del Norte, el hombre que ella había intentado desterrar de su corazón se estaba convirtiendo en un faro de destrucción.

—¡Valerius, detente! —gritó ella, aunque su voz fue devorada por el rugido del viento alquímico.

A través de la pequeña aspillera, Elena vio la silueta del General. El fuego azul que lo envolvía no era una llama ordinaria; eran hilos de energía que se retorcían como serpientes, perforando su armadura, fundiendo el metal de Altea directamente sobre su piel. Los Cuervos, la élite guerrera de su hermano, caían de rodillas no por respeto, sino porque la presión atmosférica alrededor de Valerius les estaba aplastando los pulmones.

—¡El sacrificio está en marcha! —la voz del Gran Maestre resonó con una alegría fanática—. ¡Mirad cómo el falso heredero devuelve lo que robó! ¡Mirad cómo la sangre del Fénix purifica al traidor!

Elena miró el frasco de veneno en su mano. El cristal estaba frío, pero el líquido incoloro parecía latir. “El General debe morir antes de la medianoche”. La nota de su madre no era una amenaza, era una instrucción técnica. Isadora no quería que Elena matara a Valerius por odio; quería que lo hiciera para completar el trasvase de poder. Si Valerius moría por mano de Elena mientras el vínculo estaba invertido, ella no solo heredaría su fuerza, sino que se convertiría en la Tejedora Absoluta.

—No voy a jugar tu juego, madre —susurró Elena, apretando el vial hasta que sus nudillos blanquearon.

Con una fuerza nacida de la desesperación, Elena usó la punta del anillo de sellado para forzar la cerradura de la celda. El mecanismo cedió con un chasquido seco. Salió al pasillo, sorteando los cuerpos de los guardias que habían quedado inconscientes por la onda expansiva de Valerius.

Corrió hacia el patio. Al salir, la luz azul la cegó por un instante.

Valerius estaba en el centro, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos convertidos en dos cuencas de luz pura. Cuando vio a Elena, una chispa de humanidad luchó por emerger entre el resplandor.

—Vete... —logró articular él, y cada palabra le costaba un rastro de sangre vaporizada—. Si te quedas... te absorberé. El vínculo... no tiene fondo, Elena.

—¡Me importa un bledo el vínculo! —Elena se lanzó hacia él, rompiendo el círculo de soldados aterrorizados.

—¡No la toques! —gritó el Maestre, levantando su espada—. ¡Si interrumpes el proceso, la explosión borrará este fuerte del mapa!

Elena ignoró la advertencia. Se plantó frente a Valerius, sintiendo cómo el calor azul empezaba a lamer la seda roja de su vestido, chamuscando los bordes. El General intentó retroceder, pero sus piernas ya no le obedecían; estaban ancladas al suelo por raíces de energía.

—Valerius, mírame —ordenó ella, tomándole el rostro con ambas manos.

El contacto fue devastador. Elena sintió como si mil agujas de hielo le atravesaran las palmas. Vio los recuerdos de él pasando por su mente a una velocidad vertiginosa: la primera vez que la vio en el campo de batalla, el sabor del odio que se convirtió en deseo en la alcantarilla, y el momento exacto en que decidió que moriría por ella en la caverna.

—Dijiste que el odio era más seguro —murmuró ella, con las lágrimas evaporándose antes de caer—. Pero mentiste. El odio es solo una máscara para los que tienen demasiado miedo de arder.

—Elena... mátame —suplicó él, su voz rompiéndose—. Usa el veneno. Si lo haces, serás libre. Podrás matar a Isadora. Podrás salvar a tu padre. Solo tienes que... dejarme ir.

Valerius cerró los ojos, entregándose. Estaba listo. Estaba ofreciéndole su vida como el último acto de amor de un enemigo que ya no sabía cómo odiar.

Elena miró el vial. Podía hacerlo. Un solo trago, un beso mortal, y ella tendría el poder de un dios. Podría terminar la guerra en un solo suspiro. Pero al mirar a Valerius, no vio a un General, ni a un heredero, ni a un peón. Vio al hombre que la hacía sentir viva en un mundo de muertos.

—No —dijo ella con una firmeza que hizo que el fuego azul temblara.

En lugar de darle el veneno, Elena rompió el vial contra el suelo de piedra. El líquido se derramó, inútil. Luego, se acercó a su oído, su boca rozando la piel quemada de él.

—Si vamos a arder, arderemos juntos. Pero no te voy a dar el placer de ser un mártir, Valerius. Te quiero vivo para que pagues por cada herida que me has hecho sentir.

Elena no lo besó. En su lugar, hundió sus uñas en la marca del fénix de la muñeca de Valerius, abriendo su propia herida en la palma y presionándolas una contra la otra. Forzó la reversión del vínculo. No con odio, sino con una voluntad de hierro que desafiaba la lógica del ritual de Isadora.

El efecto fue inmediato y violento. El fuego azul cambió a un violeta profundo, casi negro. La energía dejó de salir de Valerius para entrar en Elena, pero ella no la almacenó. La usó como un conductor, proyectándola hacia afuera, hacia el Fuerte mismo.

Las murallas del Fuerte del Norte empezaron a agrietarse. Los Cuervos gritaron mientras sus armas se deshacían en sus manos.

—¡Están rompiendo el Pacto! —chilló el Maestre—. ¡Es un sacrilegio!




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