El dolor no fue un grito, fue un eclipse.
En el mismo instante en que la lanza de Lyra, la hermana que Valerius creía enterrada bajo los escombros de su infancia, señaló a Elena, el mapa de diamantes negros se fundió. No cayó al suelo, no se desintegró; se hundió en los poros de Elena como tinta hirviente, buscando el centro de su gravedad. Ella se dobló sobre sí misma, con las uñas clavadas en la nieve, sintiendo cómo su propia estructura ósea vibraba bajo la invasión de una geometría antigua.
—¡Elena! —el grito de Valerius fue un trueno, pero cuando intentó lanzarse hacia ella, una descarga de energía azul lo lanzó hacia atrás.
El vínculo de corazones sincronizados se activó con una violencia atroz. Como Elena estaba sufriendo una transformación interna, el pecho de Valerius estalló en una agonía simpática. Él cayó de rodillas, jadeando, con la mano apretada sobre el corazón, sintiendo cada punzada, cada desgarro que Elena experimentaba.
—No os acerquéis, hermano —dijo Lyra, desmontando de su caballo blanco con una parsimonia letal. Sus ojos, antes del gris suave de la familia, ahora estaban teñidos de un añil eléctrico—. Ella ya no es la mujer que crees amar u odiar. Ahora es el recipiente. El "mapa" era solo la llave para abrir el cerrojo de su sangre.
Elena levantó la vista. Su visión estaba fracturada; veía el mundo en facetas de obsidiana. La marca del fénix en su palma ya no era un tatuaje, era un relieve que palpitaba.
—Tú... —logró decir Elena, con la voz distorsionada por el eco de mil voces susurrando bajo su piel—. Isadora te envió.
—Isadora me dio un propósito cuando tú y tu linaje solo me dieron cenizas —respondió Lyra, avanzando hacia ella con la lanza en posición de ataque—. Las Naciones del Este no son neutrales, Elena. Son los restos de los que sobrevivieron al Primer Exilio. Y han esperado mil años para que el Portal caminara entre ellos.
—¡Suéltala, Lyra! —Valerius se puso en pie, tambaleándose. Su rostro era una máscara de sudor y furia. Desenvainó su espada, pero el filo temblaba en sintonía con el latido errático de Elena—. Es tu sangre. Soy tu hermano.
—Mi hermano murió cuando juró lealtad a la corona que nos destruyó —sentenció la joven.
El ejército del Este empezó a cerrar el círculo. Miles de soldados con armaduras de escamas de plata y capas de piel de lobo, silenciosos como la muerte misma. La tensión en el patio del fuerte era una cuerda a punto de romperse. El aire olía a nieve, a magia vieja y a la inminencia de una carnicería.
Elena sintió que el poder dentro de ella alcanzaba un punto de ebullición. El mapa de diamantes negros estaba trazando coordenadas en su mente, mostrándole un abismo que no pertenecía a este mundo.
—Valerius... —susurró ella, extendiendo una mano hacia él.
Él no lo dudó. Ignorando el riesgo de ser consumido por el fuego azul que emanaba de ella, corrió y le arrebató la mano. El contacto fue como una explosión. Al tocarla, la agonía de Valerius se calmó, pero no porque el dolor desapareciera, sino porque ahora lo compartían con una equidad perfecta. Eran dos mitades de un mismo desastre.
—Si ella es el Portal, yo soy el Guardián —rugió Valerius, mirando a su hermana con un odio que solo nace de un amor traicionado—. Y para llegar a ella, tendrás que quemar cada gota de mi sangre, Lyra.
—Que así sea —Lyra levantó la lanza.
—¡Esperad! —la voz de Elena no fue suya. Fue un estruendo que hizo que los caballos relincharan de terror. Sus ojos se volvieron negros por completo—. El Portal no se abre con sangre de mortales. Se abre con la voluntad de los que fueron olvidados.
Elena extendió su otra mano hacia las ruinas de la torre. Los Durmientes, que habían estado observando desde las sombras del bosque, reaccionaron a su llamado. No se lanzaron al ataque; empezaron a disolverse en una niebla plateada que fluyó hacia Elena, envolviéndola a ella y a Valerius en un capullo de almas.
—¡Detenedla! —gritó Lyra, lanzando su lanza.
El arma perforó la niebla, pero al tocar el centro del capullo, se desintegró en cenizas. El poder de los Durmientes, canalizado a través del cuerpo de Elena, estaba creando una distorsión en el espacio-tiempo.
Dentro del capullo, Elena y Valerius estaban suspendidos en el aire, rodeados por el murmullo de mil muertos. Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban. El vestido de seda roja de ella estaba hecho jirones, y la armadura de él estaba al rojo vivo.
—Valerius... me estoy perdiendo —dijo ella, sus ojos recuperando un segundo de su color verde original, llenos de un terror puro—. El mapa... me está arrastrando hacia afuera.
—No te voy a soltar —respondió él, rodeándola con sus brazos, su cuerpo actuando como un ancla física contra la marea de sombras—. Me oyes, enemiga mía? Si te vas al infierno, entraré contigo y le prenderé fuego para que encuentres el camino de vuelta.
La tensión emocional entre ellos alcanzó un nivel insoportable. No era solo atracción, era la necesidad biológica de sobrevivir el uno a través del otro. Valerius la besó, un beso que no buscaba placer, sino el sellado de sus almas. Al hacerlo, la energía de los Durmientes encontró un punto de salida.
Una columna de luz negra se disparó hacia el cielo, rompiendo las nubes y proyectándose hacia las estrellas. El Fuerte del Norte desapareció bajo una onda de choque que lanzó al ejército del Este a cientos de metros de distancia.
Cuando la luz se desvaneció, el patio estaba vacío. Elena, Valerius y la niebla de los Durmientes habían desaparecido.