Besos que Arden en Guerra

Capítulo 15: La Paradoja del Verdugo

El aire en el Exilio no se respiraba; se sufría. Tenía la densidad del mercurio y un sabor a ozono que electrizaba los pulmones de Elena. Frente a ella, la versión de sí misma que el tiempo y la traición habían devorado se erguía como un monumento al fracaso.

—¿Matarte? —la voz de Elena salió como un eco roto, mientras los diamantes negros de su piel palpitaban al ritmo de su miedo—. No eres real. Eres un truco de este lugar, una proyección de Isadora para quebrarme.

La Elena del futuro soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de toda la luz que a Elena aún le quedaba. Se acercó con pasos lentos, su túnica de agua estancada arrastrándose sobre la arena negra.

—¿Truco? —la mujer levantó su mano, revelando las mismas líneas de diamante, pero éstas estaban fundidas con su carne, convirtiendo su brazo en un arma orgánica—. Soy la consecuencia, Elena. Soy lo que queda cuando dejas que un general de Altea te prometa el cielo mientras te prepara una fosa. Mírale.

Señaló a Valerius. El cristal que lo apresaba hasta la cintura estaba empezando a subir, solidificándose alrededor de su torso. Él luchaba con la fuerza de un animal herido, pero cada movimiento suyo parecía alimentar la trampa. Sus ojos grises estaban fijos en Elena, cargados de una advertencia silenciosa que ella sentía vibrar en su propio pecho gracias al vínculo.

—¡Suéltalo! —gritó Elena, lanzando una ráfaga de energía oscura desde su palma.

La Elena vieja simplemente movió un dedo, desviando el ataque como si fuera una brisa molesta. La ráfaga golpeó una duna lejana, desintegrándola en un polvo fino y brillante.

—Si yo muero, el vínculo se rompe de forma violenta —explicó la versión futura con una calma aterradora—. Como compartís el mismo latido, el choque de la desconexión detendrá su corazón al instante. Es física del Exilio, pequeña fénix. Yo sobrevivo porque él ya no está en mi tiempo. Tú sobrevives porque él está aquí para recibir el golpe por ti. Siempre ha sido así. Valerius es tu escudo, pero también es tu ancla hacia el abismo.

Valerius logró liberar un brazo, golpeando el cristal con el pomo de su espada.

—¡No la escuches, Elena! —su voz sonaba ronca, forzada—. ¡Si ella está aquí, es porque el destino puede cambiarse! ¡Mátala y buscaremos la forma de sobrevivir!

—¿Y si no hay forma? —Elena se giró hacia él, las lágrimas quemándole los ojos—. Si te mato para salvarme de convertirme en ella, ¿qué sentido tiene nada de esto?

La tensión emocional entre los dos, atrapados en una playa de arena negra bajo tres lunas muertas, alcanzó un punto de ignición. Elena caminó hacia la versión futura de sí misma, deteniéndose a solo unos centímetros. Eran dos espejos enfrentados en una galería de horrores.

—Dices que él me traicionará —susurró Elena—. ¿Cuándo? ¿Cómo?

—Lo hará en la Torre de Cristal —la mujer señaló hacia el horizonte—. Cuando tenga que elegir entre restaurar el honor de su padre, Kaelen, o dejar que tú reclames el trono de las cenizas. Te entregará a Isadora a cambio de la redención de su linaje. Y tú, en tu infinita estupidez, le perdonarás mientras el portal te consume.

Elena sintió una punzada de duda. Miró a Valerius. Él era el hombre que había quemado su casa, el general que la había cazado, el enemigo que la había besado con una ferocidad que aún le quemaba los labios. ¿Era capaz de traicionarla? Sí. Pero, ¿era capaz ella de vivir sin él? No. El vínculo invertido la había condenado a esa verdad biológica.

—Él ya no es ese hombre —dijo Elena, volviéndose hacia su "yo" futuro con una nueva resolución—. Y yo no soy la mujer que se rinde ante un fantasma.

Elena no atacó a la mujer. En su lugar, se giró hacia Valerius y corrió hacia él. Se lanzó sobre el cristal que lo apresaba, rodeando su cuello con los brazos. El contacto con el cristal empezó a drenar su propia energía, pero no le importó.

—Valerius, escucha —le susurró al oído, mientras la Elena vieja observaba con curiosidad cruel—. Si compartimos un solo latido, entonces compartimos una sola voluntad. No voy a matarla a ella. Voy a matarnos a nosotros.

—¿Qué estás diciendo? —Valerius la miró con horror.

—Si el Exilio se alimenta de nuestra historia, vamos a darle un final que no pueda procesar.

Elena tomó la mano de Valerius y la puso sobre su propio corazón. Luego, usó el poder de los diamantes negros para crear una sobrecarga. En lugar de luchar contra el cristal o contra el espectro del futuro, Elena abrió las compuertas del vínculo de par en par, permitiendo que toda la energía del Exilio fluyera a través de ellos dos al mismo tiempo.

Fue como si el universo gritara. El pecho de Elena se iluminó con una luz blanca y negra, una mezcla de fénix y sombra. Valerius rugió de dolor, pero no la soltó. Se aferró a ella, sus labios encontrando los de Elena en un beso que sabía a fin del mundo.

La paradoja estalló. Si ellos morían allí, la Elena del futuro nunca existiría. Si ella no existía, no podía estar allí para matarlos. El tiempo en el Exilio empezó a rebobinarse, colapsando sobre sí mismo como un edificio de espejos golpeado por un mazo.

—¡No podéis cambiar el círculo! —gritó la Elena vieja mientras empezaba a desvanecerse en jirones de niebla—. ¡El fénix siempre arde! ¡Siempre!

—Entonces arderemos bajo nuestros propios términos —sentenció Elena.

Una explosión de realidad los envolvió. El cristal se hizo añicos, la arena negra se convirtió en agua y las tres lunas se fundieron en un solo sol cegador.




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