Besos que Arden en Guerra

Capítulo 16: El Heredero del Mañana

El llanto de un niño es el único sonido capaz de silenciar el estruendo de una guerra, pero en el Templo Caído, el silencio del pequeño en el ataúd de cristal era más ensordecedor que cualquier grito.

Valerius sostenía la daga de obsidiana con la misma mano que, horas antes, se había entrelazado con la de Elena en un juramento de supervivencia. Su respiración era pesada, un rastro de vapor en el aire gélido del templo que olía a incienso rancio y a la magia prohibida de Isadora. Frente a él, Elena permanecía de pie, pálida bajo la luz de las tres lunas que aún se filtraba por las grietas de la cúpula, con los diamantes negros de su piel brillando como estrellas cautivas.

—No puede ser real —susurró Elena, y su voz fue un hilo de seda rompiéndose—. Es otro truco del Exilio. Un reflejo, una posibilidad...

—Las posibilidades son las semillas de la realidad en manos de una Tejedora, hija mía —intervino Isadora, dando un paso hacia el ataúd. Sus dedos rozaron el cristal con una ternura que resultaba más aterradora que su crueldad—. Este niño lleva la sangre del Fénix y el acero de Altea. Es la culminación de vuestro vínculo. Representa un futuro donde no hay fronteras, donde el odio que os profesáis se ha transmutado en algo capaz de engendrar vida. ¿Vas a permitir que esa esperanza muera antes de nacer, Valerius?

Valerius miró al niño. Era un espejo de sí mismo: la misma línea recta de la nariz, el mismo mechón rebelde sobre la frente. Pero cuando el pequeño se movió en sueños, Elena vio un destello de verde tras los párpados cerrados. Era su hijo. Una verdad imposible que latía en una línea temporal que Isadora había logrado secuestrar.

—Si lo despiertas con el sacrificio de Elena —continuó Isadora, clavando sus ojos en Valerius—, él será el Rey que unificará el mundo bajo tu mando. Si eliges a la mujer, el niño se desvanecerá en la nada, y tú volverás a ser el carnicero de una nación que te desprecia.

—¡Valerius, no la escuches! —gritó Elena, dando un paso hacia él.

Él levantó la daga, no hacia ella, sino como un muro entre ambos. Su mirada era un abismo gris.

—Dijo que me traicionarías, Elena —murmuró él, su voz cargada de una ronquera que le dolió a ella más que una herida—. La Elena del futuro lo dijo. Dijo que elegiría el honor de mi padre sobre ti. Pero esto... esto no es honor. Es mi sangre.

—¡Es una trampa! —insistió Elena, las lágrimas quemándole los ojos—. Ella necesita tu traición para alimentar el Pacto. Si me matas, no salvarás al niño, solo le darás a Isadora el arma definitiva: un rey sin alma.

La tensión emocional en el templo era una cuerda tensada hasta el punto de ruptura. El vínculo entre ellos, ese hilo invisible que ahora sincronizaba sus corazones, vibraba con una frecuencia de pánico y deseo. Valerius dio un paso hacia Elena, con la daga en alto. Ella no retrocedió. Se quedó allí, ofreciéndole su pecho, su vida, desafiándolo a ser el verdugo que el mundo esperaba que fuera.

—Hazlo —desafió Elena, con la voz firme—. Si crees que un imperio construido sobre mi cadáver es el hogar que quieres para ese niño, clava el acero. Pero mírame a los ojos mientras lo haces. Recuerda cada beso que me robaste. Recuerda que mi corazón late en tu pecho y el tuyo en el mío. Si yo muero, Valerius... tú te conviertes en el vacío.

Valerius se detuvo a escasos centímetros de ella. Podían olerse: sudor, hierro y esa fragancia a tormenta inminente que siempre los rodeaba. La mano de él temblaba, una debilidad que nunca se habría permitido en un campo de batalla.

—Te odio por hacerme esto —siseó él, su rostro a milímetros del de ella—. Te odio por ser la única razón por la que dudo.

—Entonces odiame más —respondió ella, agarrándole la muñeca que sostenía el arma y presionando la punta de la daga contra su propio esternón—. Pero elige. Ahora.

Isadora observaba con una sonrisa rapaz, el cáliz de oro brillando en su mano, lista para recoger la esencia del sacrificio. Ariel, a su lado, emitió un gemido ahogado a través de su mordaza, sus ojos vendados moviéndose frenéticamente.

De repente, Valerius rugió y bajó el brazo con una violencia atroz. El sonido del metal chocando contra el mármol resonó en todo el templo. No había clavado la daga en Elena. La había lanzado contra la base del ataúd de cristal, creando una fisura que empezó a brillar con una luz blanca cegadora.

—¡No elegiré entre el futuro y el presente! —gritó Valerius, girándose hacia Isadora—. ¡Elijo destruir el tablero!

El cristal del ataúd estalló. Pero en lugar de que el niño cayera al suelo, el cuerpo del pequeño empezó a disolverse en partículas de luz que fluyeron directamente hacia la marca de la palma de Elena y la muñeca de Valerius. El vínculo se sobrecargó de nuevo, pero esta vez no era dolor; era una plenitud abrumadora. El niño no era una persona real, era la energía pura del vínculo condensada, una reserva de poder que Isadora había intentado usar como cebo.

—¡Insensatos! —chilló Isadora, perdiendo su compostura real—. ¡Habéis consumido la esencia de vuestro propio linaje! ¡Ahora no queda nada que proteja este mundo del Primer Exilio!

El templo empezó a temblar. Las estatuas de los dioses antiguos se resquebrajaron y el pozo de fuego azul explotó en una columna de llamas que alcanzó el techo. Isadora intentó usar el cáliz para canalizar la energía restante, pero Elena, imbuida del poder del niño que nunca nació, fue más rápida.

Se lanzó sobre su madre, no con una espada, sino con la fuerza bruta de su voluntad. Ambas rodaron por el suelo del templo, seda roja contra seda negra, en una lucha que iba más allá de lo físico. Era una guerra de identidades.




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