El tiempo no corría; se desangraba.
Elena miró sus uñas y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con las corrientes de aire del Templo Caído. La base de sus cutículas estaba adquiriendo un brillo nacarado, una rigidez mineral que avanzaba con la parsimonia de un glaciar. No era solo una metáfora de su estado emocional; era su cuerpo físico transformándose en una estatua de cristal viviente. Cada latido del corazón de Valerius, que resonaba en el pecho de Elena como un tambor de guerra, empujaba esa infección vítrea un milímetro más allá.
—Veinticuatro horas —repitió Elena, y su propia voz le sonó extraña, como si las cuerdas vocales estuvieran empezando a endurecerse—. ¿Me estás diciendo que el hombre que nos va a salvar es el mismo que convirtió a Valerius en el monstruo que todos temen?
Lyra, la hermana de Valerius, no bajó la lanza. Su rostro era una máscara de urgencia y desdén.
—No he dicho que vaya a salvaros, princesa. He dicho que él tiene lo que os falta. Dante, el Carnicero Original, no murió en las Fosas de Altea. Valerius creyó haberle atravesado el pecho, pero Dante ya no era humano entonces. Isadora lo mantuvo en un estado de estasis, alimentándolo con el odio que tú y mi hermano generabais en el frente. Él es el "Banco de Sangre" del Pacto.
Valerius se puso en pie con un esfuerzo que hizo crujir sus articulaciones. Elena sintió ese crujido en sus propios huesos. La sincronización era tan perfecta que el dolor se había vuelto un lenguaje compartido. Él se acercó a Elena, tomándola del mentón con una mano que ya se sentía más fría, más dura, más... mineral.
—Dante —susurró Valerius, y el nombre salió de su boca como una maldición—. Si está vivo, la capital no es una ciudad; es un matadero. Elena, no puedes ir allí. Si el cristal te alcanza mientras estás cerca de él, devorará tu voluntad.
—¿Y qué sugieres? ¿Que me quede aquí a esperar a convertirme en un adorno para este templo en ruinas? —Elena le apartó la mano con una brusquedad que le dolió a ambos—. No me pidas que me esconda, Valerius. No después de lo que acabamos de hacer. Si Dante tiene nuestra cura, voy a arrancársela del pecho aunque tenga que quemar Altea entera.
La rivalidad explosiva que siempre los había definido volvió a chispear entre ellos. El amor que habían rozado en el Exilio se veía ahora empañado por la urgencia de la supervivencia. Se miraban como dos depredadores atrapados en la misma red, odiándose por la dependencia mutua que los mantenía respirando.
—Iremos a la capital —decidió Valerius, volviéndose hacia Lyra—. Pero necesitamos caballos y necesitamos una distracción. Ariel y esa cosa que habita en él no nos dejarán cruzar el puente de plata sin pelear.
—La distracción ya está en marcha —dijo Lyra, señalando hacia el horizonte, donde las luces de la capital de Altea empezaban a parpadear no con luz, sino con explosiones de fuego azul—. Los Durmientes que liberaste, Elena... no se han ido. Están asediando las puertas. No por lealtad a ti, sino por hambre de Dante. Saben que él es la fuente.
El viaje hacia la capital fue un descenso a la locura. Montar a caballo mientras tu cuerpo intenta convertirse en piedra es una tortura que Elena no le desearía ni a su hermano Ariel. Cada galope era un impacto que sentía como si su esqueleto fuera a estallar en mil astillas de cristal. A su lado, Valerius cabalgaba en un silencio tenso, con la capa ondeando como un estandarte de guerra negro.
A mitad de camino, la fiebre del cristal los alcanzó.
Elena empezó a ver visiones. Vio el rostro de Dante, un hombre con ojos que eran pozos de petróleo y una sonrisa que era una herida abierta. Sintió las manos de Dante sobre Valerius años atrás, moldeándolo, rompiéndolo, enseñándole que el amor era un punto débil que debía ser extirpado.
—¡Para! —gritó Elena, perdiendo el equilibrio.
Valerius reaccionó con la velocidad de un rayo. Saltó de su montura y la atrapó antes de que cayera al barro del camino. Se desplomaron juntos bajo la lluvia, en un campo de girasoles marchitos que olía a muerte.
—Mírame, Elena. No cierres los ojos —le ordenó Valerius, sacudiéndola por los hombros—. Dante está intentando entrar en tu mente a través del vínculo. Él sabe que estás conectada a mí.
—Es demasiado fuerte —gimió ella, apretando los dientes—. Siento su hambre... Valerius, él quiere que yo te mate. Dice que si te mato a ti, el cristal se detendrá. Dice que tú eres el virus.
Valerius la miró, y por un segundo, Elena vio una duda letal en sus ojos grises. La misma duda que había tenido en el templo con el niño. El Carnicero Original estaba jugando con la geometría de su odio, tratando de que se despedazaran antes de llegar a las puertas de la ciudad.
—¿Y tú qué quieres, Elena? —preguntó él, su rostro a centímetros del de ella, su aliento mezclándose con el suyo—. ¿Quieres ser la reina de una nación de estatuas o quieres ser la mujer que me mató para sobrevivir?
Elena lo agarró por las solapas de su armadura, atrayéndolo hacia sí con una ferocidad que los dejó sin aliento.
—Quiero que dejes de hacerme preguntas estúpidas y me ayudes a levantarme. Si Dante quiere mi sangre, tendrá que venir a buscarla entre tus cadáveres y los míos.
Él soltó una risa ronca, una vibración que Elena sintió como un bálsamo en sus huesos de cristal. En ese momento, la tensión emocional se transformó en algo más oscuro y urgente. Se besaron bajo la lluvia, un beso desesperado que sabía a barro, a hierro y a un tiempo que se les escapaba entre los dedos. No era romance; era un pacto de guerra sellado con saliva y desesperación.