Besos que Arden en Guerra

Capítulo 18: La Ecuación de la Traición

El sonido de la daga de cristal perforando la espalda de Ariel fue un eco seco, como el de un bloque de hielo quebrándose en el vacío.

Elena se quedó petrificada mientras veía a su hermano —el que había sido su verdugo, su cómplice y su mayor pesadilla— desplomarse en un silencio absoluto. Sus ojos, antes orbes de plata líquida, se apagaron mientras su esencia era succionada por la mano de su propio padre. El Rey, el hombre que Elena había intentado rescatar de las mazmorras, se erguía ahora con una vitalidad monstruosa, su piel rejuveneciendo por segundos mientras el color violeta de sus ojos devoraba cualquier rastro de la humanidad que alguna vez tuvo.

—Gracias, Ariel —susurró el Rey, soltando el cuerpo vacío de su hijo como si fuera basura—. Siempre fuiste un buen conductor. Pero el mundo no necesita reyes mediocres. Necesita un dios.

—¡Papá, detente! —el grito de Elena desgarró su garganta, pero el esfuerzo le provocó una punzada de agonía.

El cristal en su cuerpo reaccionó a la magia del Rey. Sintió cómo las espinas minerales bajo su piel se retorcían, buscando la salida, queriendo florecer a través de sus poros. A su lado, Valerius cayó de rodillas, con las manos apretadas contra el pecho. La conexión era tan profunda que Elena podía sentir el sabor metálico del miedo de Valerius inundándole la boca.

—Tu padre murió en esa silla de tortura, Elena —dijo Dante desde el trono, observando la escena con una fascinación académica—. Lo que ves ahora es el Huérfano del Pacto. Un parásito que ha estado esperando que el vínculo entre tú y Valerius alcanzara el punto crítico. Él no quiere la paz, ni el Tercer Reino. Quiere consumir la fuente.

El Rey-Sombra ignoró a Dante y fijó su mirada violeta en Valerius.

—Tú, el hijo del general desterrado. Tu corazón es la última pieza del rompecabezas. Si te mato ahora, el vínculo con mi hija se invertirá de forma permanente. Ella será la portadora, y yo seré el dueño de su voluntad. Un poder infinito contenido en un recipiente perfecto.

Valerius levantó la vista, su rostro una máscara de sudor y desafío. A pesar del cristal que le sellaba las articulaciones, logró ponerse de pie. El aura azul que solía rodearlo ahora era un resplandor negro, una señal de que estaba tocando el fondo de sus reservas de energía.

—Inténtalo, viejo —siseó Valerius—. He sobrevivido a Dante, a Isadora y al Exilio. No voy a morir a manos de un fantasma que tiene miedo de su propia tumba.

El Rey se lanzó hacia adelante con una velocidad que desafiaba las leyes físicas. No usaba una espada; sus manos eran garras de sombra pura. Valerius bloqueó el primer impacto con su antebrazo, y el choque envió una onda expansiva que hizo estallar las vidrieras del Palacio de Cristal.

Elena intentó intervenir, pero Dante apareció frente a ella en un parpadeo.

—No interrumpas la función, fénix —dijo Dante, sujetándola por el cuello. Sus dedos se sentían como hielo seco—. Deja que el hijo de Altea y el Rey del Fénix resuelvan sus cuentas. Tú y yo tenemos que hablar sobre el frasco que tanto deseas.

Dante señaló el líquido dorado que colgaba de su cuello. Las Lágrimas de Fénix. La única cura para el cristal que la estaba matando.

—Dámelo —gruñó Elena, tratando de invocar el fuego azul de sus manos, pero el cristal la bloqueaba, absorbiendo su magia antes de que pudiera manifestarse.

—Te lo daré —sonrió Dante de forma cruel—. Pero tiene un precio. Para que el líquido funcione, debe ser mezclado con la sangre de un traidor arrepentido. Y en esta sala, Elena, solo hay un traidor que realmente se arrepiente de lo que hizo.

Elena miró hacia Valerius, que estaba siendo lanzado contra las columnas por los ataques del Rey. Cada golpe que él recibía, ella lo sentía en su propio esternón. Estaban muriendo en sincronía.

—Valerius no es un traidor —dijo ella, con los dientes apretados.

—No hablaba de él —Dante se inclinó hacia su oreja—. Hablaba de ti. Traicionaste a tu pueblo por él. Traicionaste a tu madre por él. Y ahora, vas a tener que traicionar tu propia supervivencia para salvarlo.

Dante le entregó el frasco dorado.

—Si bebes esto tú sola, te curarás. El cristal se detendrá y serás la mujer más poderosa del mundo. Pero el vínculo se romperá de tal forma que Valerius morirá en el acto. Si se lo das a él... tú te convertirás en diamante antes de que termine la noche.

Elena tomó el frasco con dedos temblorosos. Miró a Valerius. Estaba contra la pared, con la mano del Rey apretándole el cuello, levantándolo del suelo. El Rey estaba empezando a drenar la luz de los ojos de Valerius.

—¡Elena! —gritó Valerius, su voz rompiéndose—. ¡Bébelo! ¡No dejes que él lo gane todo! ¡Mátame y termina con esto!

La tensión emocional alcanzó un punto de saturación. Elena sentía el latido de Valerius volviéndose más lento, más débil. El amor, ese sentimiento que se había forjado en las brasas del odio, ahora la obligaba a tomar la decisión más atroz de su vida.

—Te odio, Valerius —susurró ella, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras el cristal empezaba a cubrirle el cuello—. Te odio por hacerme elegir.

Elena no bebió el líquido. Tampoco se lo lanzó a Valerius.

En un movimiento que sorprendió incluso a Dante, Elena rompió el frasco contra su propia palma, donde la marca del fénix ardía. Dejó que las Lágrimas de Fénix se mezclaran con su sangre y con los diamantes negros que le cubrían el brazo. Luego, se lanzó no contra el Rey, sino contra el cuerpo inerte de Ariel.




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