El silencio que siguió al cuerpo de Lyra golpeando el mármol fue más devastador que el estruendo de la flota que oscurecía el cielo.
Elena se quedó paralizada, con los dedos aún extendidos hacia las motas de polvo dorado que segundos antes eran el Heredero de la Ceniza. La sangre de Lyra, de un rojo insultantemente humano, comenzó a deslizarse por las grietas del suelo reconstruido, buscando el contacto con la bota de Valerius. Él no se movió. Parecía una de las estatuas de cristal que tanto temían, con la mirada clavada en el pecho inmóvil de su hermana.
—¿Por qué? —la voz de Valerius fue un susurro roto, un sonido que Elena sintió como un tajo en su propio pecho—. ¡¿Por qué ella?!
—Porque el amor es la mayor debilidad del diseño, General —la voz no vino de Dante, quien observaba desde la periferia con una mueca de triunfo, sino de los propios cielos.
Elena levantó la vista. Las naves de los Arquitectos no eran de metal ni de madera; eran estructuras de luz sólida y geometría imposible que vibraban con una frecuencia que hacía sangrar los oídos. Una de ellas descendió sobre el palacio abierto, proyectando un haz de luz blanca que evaporó los restos de los Durmientes como si nunca hubieran existido.
—Valerius, mírame —Elena le tomó la cara con ambas manos, obligándolo a apartar la vista del cadáver de Lyra. Sus manos temblaban, pero su pulso era una llamarada—. No tenemos tiempo para el luto. Ella creía que estaba salvando nuestro amor, pero solo nos ha dejado desnudos frente a los que nos crearon.
—Ella me lo prometió... —balbuceó Valerius, sus ojos grises nublados por una agonía que el vínculo, ahora transformado, le transmitía a Elena con una pureza insoportable—. Dijo que el mundo no volvería a separarnos.
—Y no lo hará, porque vamos a destruir a cualquiera que lo intente —Elena lo sacudió, su voz afilada como una orden de ejecución—. ¡Levántate! El niño ha muerto, el mapa ha desaparecido y tu hermana se ha suicidado por una mentira. Lo único que queda en este templo somos tú, yo y el odio que nos trajo hasta aquí. ¡Úsalo!
Valerius parpadeó. La mención del odio pareció reactivar sus circuitos. El resplandor negro que lo envolvía regresó, más denso, alimentándose del trauma. Se puso en pie, apartando las manos de Elena, no con rechazo, sino con la urgencia de quien necesita empuñar un arma.
—Dante —rugió Valerius, girándose hacia el Carnicero Original—. Tú sabías que esto pasaría. Sabías que las Naciones del Este eran solo un títere de los Arquitectos.
Dante se encogió de hombros, bajando del trono con una elegancia depredadora.
—Yo solo soy un conservador de la historia, muchacho. Los Arquitectos enviaron la semilla —señaló el polvo dorado— para ver si erais capaces de protegerla. Habéis fallado. Habéis elegido el deseo sobre la preservación. Ahora vienen a recoger los restos del laboratorio.
De la luz blanca que bajaba del cielo surgió una figura. No tenía rostro, solo una superficie lisa de espejo donde debería estar la cara. Vestía una túnica que parecía tejida con estrellas muertas.
—Sujeto Elena. Sujeto Valerius —la voz de la entidad no salía de una boca, sino que resonaba directamente en sus cerebros—. El experimento de la unión de linajes opuestos ha concluido. El resultado es: Inestabilidad Crítica. Procederemos al borrado de la biomasa excedente.
—¿Biomasa excedente? —Elena soltó una carcajada cargada de veneno—. Llevamos siglos matándonos por vuestros "experimentos", desangrando nuestras tierras para vuestras "observaciones". Si quieres borrarnos, vas a tener que mancharte esas manos de luz.
Elena invocó el fuego azul, pero esta vez fue diferente. No brotó de sus manos, sino de cada poro de su piel, mezclado con las líneas de diamante negro que habían quedado como cicatrices de su tiempo en el Exilio. Valerius se colocó a su espalda, sus hombros tocándose, creando un circuito cerrado de energía que hizo que el aire alrededor de ellos empezara a arder.
—Juntos —susurró Valerius. Ya no era una pregunta. Era el único hecho sólido en un universo que se desmoronaba.
Se lanzaron contra el Arquitecto. Fue una danza de caos contra orden. Valerius golpeaba con la fuerza de un meteorito, mientras Elena lanzaba ráfagas de energía que buscaban las fisuras en la luz sólida de la entidad. El Arquitecto se movía con una lentitud insultante, desviando sus ataques con gestos mínimos, como quien aparta moscas.
—Vuestra resistencia es un error de cálculo —dijo la entidad—. El vínculo que compartís es la fuente de vuestra fuerza, pero también será vuestra tumba.
El Arquitecto levantó una mano y el suelo del palacio se convirtió en líquido. Elena y Valerius empezaron a hundirse, no en agua, sino en una sustancia que devoraba sus recuerdos. Elena vio pasar frente a sus ojos la cara de su madre, las celdas de Altea, el primer beso bajo la lluvia... todo se desvanecía.
—¡Elena, no dejes que te lo quite! —gritó Valerius, cuya mano derecha ya estaba desapareciendo en el fluido plateado—. ¡Recuerda por qué me odias! ¡Afiánzate en eso!
Elena apretó los dientes, buscando en su mente la imagen de Valerius quemando su estandarte, la frialdad de su espada en su cuello meses atrás. Pero la imagen no le servía. El odio ya no era suficiente. El vínculo había evolucionado hacia algo mucho más voraz y peligroso.
—No puedo odiarte más, Valerius —gritó ella mientras el líquido le llegaba al cuello—. ¡Porque ahora soy tú!
En ese momento de entrega total, Elena no luchó contra la succión. Se hundió voluntariamente y tiró de Valerius hacia ella. En lugar de ser borrados, sus cuerpos se fundieron en un destello de luz violeta que rompió la trampa del Arquitecto. Salieron del fluido plateado no como dos personas, sino como una entidad de guerra pura.