La corona pesaba más que la culpa, y la culpa pesaba más que la muerte.
Elena observó el círculo de oro y diamantes negros que su versión futura sostenía frente a ella. El aire en las ruinas del palacio de Altea estaba impregnado de un silencio antinatural; el rugido de la guerra se había detenido en seco, congelado por la voluntad del hombre que ahora habitaba las nubes. Pero el frío que sentía Elena no venía del viento de la capital, sino de sus propios huesos.
—Mientes —susurró Elena, aunque su voz carecía de la convicción necesaria para herir—. Yo he sangrado. He perdido a mi padre, a mi hermano... he sentido el hambre y el miedo. Nadie crea un mundo de agonía solo por aburrimiento.
La Elena vieja dio un paso hacia ella. Sus ojos blancos parecían contener galaxias enteras extinguiéndose.
—La eternidad no es una bendición, pequeña fénix. Es un lienzo en blanco que acaba por volverse insoportable. Tú no creaste la guerra para sufrir; la creaste para sentir. Diseñaste a Valerius como tu antítesis perfecta: el acero para tu fuego, el hielo para tu sangre. Lo hiciste tan real, tan profundamente humano, que terminaste olvidando que tú misma escribiste su código de honor.
Elena retrocedió, tropezando con los restos del trono.
—Si yo soy la Arquitecta... ¿por qué él me ha desterrado? ¿Por qué me mira como si fuera un error en el sistema?
—Porque él también lo sabe ahora —la Elena vieja sonrió con una amargura devastadora—. Él ha ascendido. Ha accedido a los archivos. Se ha dado cuenta de que cada beso, cada herida y cada gramo de deseo que ha sentido por ti fue pre-programado por tu propia mano hace milenios. Su traición no es por odio, Elena. Es por orgullo. No quiere ser el juguete de la mujer que ama.
Un relámpago de luz cian rasgó el cielo. Elena levantó la vista hacia la nave nodriza. Sentía el latido de Valerius a través del vínculo, pero ya no era el pulso errático y apasionado de un hombre. Era una señal rítmica, perfecta, fría. La señal de una máquina que está reescribiendo la realidad.
—Él está borrando tus huellas —advirtió la Elena vieja—. Está intentando eliminar tu control sobre el sistema. Y si lo logra, tú dejarás de existir para que él pueda ser un dios libre de su creadora.
Elena no esperó a que su versión futura terminara de hablar. La rabia, esa vieja amiga que siempre la había mantenido en pie cuando el amor la fallaba, estalló en su pecho. Se concentró en las líneas de diamante negro de su piel. Si ella era la Arquitecta, si este mundo era su diseño, entonces la materia debía obedecerla.
—¡Valerius! —gritó hacia el cielo, su voz amplificada por la energía que empezaba a emanar de su marca—. ¡Baja de ese trono de mentiras y mírame! ¡No me importa quién escribió las reglas, importa quién está dispuesto a romperlas!
El cielo pareció rugir en respuesta. Un haz de luz descendió de nuevo, pero esta vez no fue para abducirla. Del resplandor emergió una figura que parecía hecha de cristal fundido y luz estelar. Valerius aterrizó frente a ella, levantando una nube de ceniza. Su capa blanca ondeaba con una gravedad diferente a la del resto del mundo.
—Ya no hay nada que romper, Elena —dijo Valerius. Su voz ya no era humana; era una superposición de miles de frecuencias—. He visto el inicio y el fin. He visto cómo me moldeaste en los laboratorios de la Primera Era. He visto las trece versiones anteriores de nosotros donde siempre terminabas matándome porque "el drama no era lo suficientemente intenso".
Él avanzó hacia ella, y cada paso que daba hacía que el suelo bajo los pies de Elena se convirtiera en código digital.
—¿Cómo pudiste? —preguntó él, y por un segundo, la frialdad de dios se rompió para dejar ver el dolor del hombre—. Me hiciste amarte para luego alimentarte de mi desesperación. Cada vez que creía que estaba eligiendo protegerte, solo estaba siguiendo tu guion.
—¡No es verdad! —Elena se lanzó hacia él, tratando de agarrar su túnica de luz—. Quizá lo empecé así, quizá fui esa diosa caprichosa, pero el vínculo... Valerius, el vínculo se volvió real. ¡Yo también estoy atrapada en él! ¡Siento tu dolor! ¡Siento tu traición!
Valerius la sujetó por las muñecas. Sus manos, ahora de un oro pálido, quemaban con un frío absoluto.
—Lo sientes porque así lo diseñaste para que la experiencia fuera inmersiva. Eres una artista del caos, Elena. Pero el experimento ha terminado. Voy a resetear el mundo, pero esta vez, tú no estarás en él. Serás la única habitante del Exilio mientras yo gobierno una humanidad sin dueños.
La tensión entre ellos era una tormenta eléctrica. Estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban, pero eran dos universos colisionando. El deseo seguía ahí, una corriente subterránea que ni siquiera el conocimiento de la verdad podía apagar. Elena lo miró a los ojos, buscando al general que la había besado en la alcantarilla, al hombre que se había sacrificado en el templo.
—Si eres un dios —susurró ella, acercando su boca a la de él—, sabrás que hay una parte del código que nunca pudiste leer.
—¿Cuál?
—La que dice que una creadora siempre deja una puerta trasera en su obra maestra.
Elena no lo besó. En su lugar, hundió sus dedos en la herida que Valerius aún tenía en el pecho, la que Ariel le había infligido. Al tocar su sangre —sangre que ahora era mercurio líquido—, Elena cerró los ojos y activó la reversión total.
No quería recuperar su poder. Quería entregárselo todo.
—Si quieres ser libre, Valerius, toma mi divinidad —gritó ella—. ¡Tómalo todo y conviértete en el único Arquitecto! ¡Pero hazlo sabiendo que lo que sientes por mí es lo único que nunca pudiste programar!