El barro sabía a derrota y a secretos mal enterrados.
Elena corría con los pulmones ardiendo, siguiendo la silueta de Valerius a través de la densa maleza del Bosque de los Lamentos. Todo en esta "nueva realidad" se sentía insultantemente sólido: el roce de las ramas en su rostro, la humedad que calaba sus botas rotas, el peso muerto de una daga oxidada en su cinturón. Pero el hombre que lideraba el escape no era un simple sargento. Sus movimientos eran demasiado precisos, su espalda demasiado rígida, y ese destello de oro líquido en sus ojos grises era una mancha de divinidad en un mundo de carne y tierra.
—¡Detente, Valerius! —gritó ella, tropezando con una raíz expuesta.
Él se detuvo en seco, girándose con una agilidad que no correspondía a un soldado herido. En la penumbra del atardecer, su rostro era una máscara de sombras.
—No tenemos tiempo para crisis existenciales, Elena —dijo él, y su voz, aunque humana, conservaba ese matiz de mando que le erizaba el vello—. Si esa patrulla nos alcanza, no nos interrogarán. Nos colgarán del primer roble por deserción.
—No me des órdenes —le espetó ella, acercándose hasta que sus pechos casi se rozaron. La tensión emocional entre ellos era un cable de alta tensión, vibrando con el eco de mil vidas pasadas—. Me has arrojado a este cubo de basura de realidad. Me has borrado el poder, me has quitado mi trono y pretendes que juegue a ser una soldadita asustada. ¿Qué es este lugar? ¿Y por qué mi padre está en el trono si yo misma vi cómo se convertía en cenizas?
Valerius dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una agresividad que la obligó a retroceder contra un tronco. Puso una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola. El olor a pino, sudor y ese aroma a tormenta eléctrica que solo él poseía la envolvió de inmediato.
—Este es el mundo que querías —susurró él, sus ojos grises buscándolos de ella con una intensidad depredadora—. Un mundo donde tus decisiones tienen consecuencias, donde la sangre duele y donde no eres una diosa aburrida jugando con marionetas. Pero el sistema tiene un virus, Elena. Tu padre... o lo que habita en su cuerpo... no debería estar aquí. Al resetear el código, algo se coló conmigo.
—¿El Verdadero Arquitecto? —preguntó ella, recordando la nota en su bolsillo.
—O algo peor.
Un crujido de hojas secas a pocos metros los hizo congelarse. Valerius, por puro instinto, rodeó la cintura de Elena con un brazo y la pegó a su cuerpo para ocultarse tras el grueso tronco. Elena sintió el latido del corazón de él contra su espalda; ya no era una señal de radio fría, era un pulso humano, acelerado, violento. Pero bajo esa superficie, ella sentía el "eco". Su marca de fénix había desaparecido de la piel, pero sus huesos recordaban el fuego.
—Están cerca —susurró Valerius en su oído. Su aliento cálido la hizo estremecerse, una reacción física que odió por lo inoportuna que era—. No te muevas.
—Podría matarlos a todos si tuviera mi chispa —siseó ella, irritada por su propia debilidad.
—Pero no la tienes. Ahora eres solo Elena. Y yo soy solo Valerius. El odio que nos tenemos es lo único real que nos queda. Disfrútalo.
Elena se giró en sus brazos, quedando cara a cara. La rivalidad explosiva que siempre los había definido se transformó en una chispa de atracción prohibida. En este mundo de harapos y derrota, el deseo era lo único que no necesitaba ser programado. Sus labios estaban a centímetros. El odio por lo que él le había hecho —despojarla de su divinidad— se mezclaba con la necesidad desesperada de sentir que seguía viva.
—Te mataré por esto, Valerius —prometió ella en un susurro.
—No si yo te mato primero de aburrimiento en esta vida mortal —respondió él con una sonrisa cruel, antes de que el ruido de una armadura chocando contra una piedra los obligara a separarse.
De la maleza emergió un soldado de la patrulla del "Ojo Rojo". No vestía el uniforme de Altea, sino una armadura de cuero negro reforzada con huesos. Al verlos, el soldado no dio la voz de alarma. Simplemente se quitó el casco.
Elena sintió que el mundo se inclinaba. Era Ariel. Pero no el Ariel poseído, ni el Ariel mártir. Tenía el rostro lleno de cicatrices de quemaduras, y sus ojos eran de un amarillo brillante, como los de un reptil.
—Hermanita... General... —dijo Ariel, y su voz era un siseo que parecía venir de ultratumba—. El Rey reclama vuestra presencia. Dice que la cena está servida y que el ingrediente principal es vuestra memoria.
—Ariel está muerto —dijo Elena, empuñando su daga oxidada.
—En este mundo, nadie muere del todo si el Rey no lo permite —respondió Ariel, levantando una mano.
De la tierra empezaron a surgir raíces negras, como venas corruptas, que se enroscaron en los pies de Elena y Valerius. Elena sintió un dolor agudo en su vientre, el mismo lugar donde antes residía el mapa de diamantes.
—¡Valerius! —gritó ella.
Valerius intentó desenvainar, pero las raíces eran más rápidas. El suelo empezó a hundirse, convirtiéndose en una boca de sombras.
—No es un reseteo, Valerius —dijo Ariel mientras los arrastraba hacia abajo—. Es una Digestión. Los Arquitectos no se han ido; están usando el cuerpo de vuestro padre para digerir esta realidad y convertirla en combustible para el Próximo Ciclo. Y vosotros sois el postre.
Justo antes de que la oscuridad los tragara por completo, Valerius agarró la mano de Elena. Por un segundo, el vínculo volvió con una fuerza devastadora. Ella no vio el bosque; vio el interior del Palacio de Cristal, pero estaba lleno de miles de ataúdes como el del niño. Y en cada uno de ellos, había una versión de ella y de Valerius, durmiendo.