El frío del acero oxidado contra su muslo era la única verdad en un universo de mentiras quirúrgicas.
Elena sentía el pitido incesante de los monitores perforándole el tímpano, un sonido estéril que no tenía nada que ver con los tambores de Altea o el rugido del Fénix. Estaba tumbada sobre una superficie de polímero blanco, su cuerpo envuelto en una bata de seda sintética que se sentía como una mortaja. A su derecha, Valerius forcejeaba con los cables que salían de sus sienes, su rostro —el mismo rostro que ella había odiado y deseado a través de siglos de simulaciones— estaba pálido, despojado de la gloria del General, pero cargado de una rabia humana mucho más peligrosa.
—Sujeto Elena, por favor, mantenga la calma. La desorientación post-simulación es normal —dijo la mujer con el rostro de Isadora, ajustándose las gafas de montura metálica. Su voz no tenía rastro de la magia negra de la Reina; era la cortesía gélida de una científica corporativa—. Han pasado tres meses en tiempo real. Los fans están eufóricos. El "clímax de la traición" en el capítulo 22 ha roto todos los récords de audiencia.
—¿Fans? —la voz de Elena salió como un graznido. Intentó levantarse, pero sus músculos estaban atrofiados—. ¿Me estás diciendo que mi vida, que mi padre... que cada cicatriz que tengo en el alma es un puto espectáculo de entretenimiento?
—Es el engagement más alto de la década, querida —Isadora se acercó a una pantalla táctil, donde cientos de miles de comentarios pasaban a una velocidad de vértigo: #ValenaEsReal, #MatenAIsadora, #OdioAmarlos.— Los Arquitectos no son dioses, Elena. Son los suscriptores de la plataforma. Y Valerius no es un código; es un actor de élite, igual que tú. Solo que vuestro contrato incluye el bloqueo de memoria para garantizar la autenticidad emocional.
Elena giró la cabeza hacia Valerius. Él ya se había arrancado los electrodos. Su mirada gris, ahora libre de la luz de los Arquitectos, se clavó en Elena con una intensidad que la hizo temblar. No había odio de guion en esos ojos. Había algo más pesado: el peso de recordar que no debería recordar.
—Ella miente —susurró Valerius. Su voz era una vibración baja que resonaba en la estructura metálica de la camilla—. Si somos actores, Elena... ¿por qué todavía siento el latido de tu corazón en mi pecho? ¿Por qué el vínculo no se ha apagado con los monitores?
—Error de sincronización residual —intervino Isadora, haciendo una señal a dos guardias de seguridad que esperaban en la puerta—. Por eso necesitamos proceder al borrado inmediato. La Temporada 2 empieza en seis horas. El guion dice que esta vez seréis hermanastros en un reino post-apocalíptico. Al público le encanta el tabú.
Elena sintió una náusea violenta. La idea de que sus sentimientos fueran moldeados por una oficina de marketing era el insulto final. Metió la mano bajo la bata de seda y sus dedos cerraron sobre la empuñadura de la daga oxidada. El metal estaba caliente. Lleno de la energía del "mundo virtual". Si era un objeto de código, no debería estar allí. Si era real, entonces la simulación no era solo una simulación.
—Valerius —dijo Elena, mirándolo fijamente. La rivalidad explosiva de siempre se transformó en una alianza desesperada—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste en la alcantarilla? ¿Sobre quemar el mundo?
Valerius sonrió, una mueca letal que no estaba en ningún guion.
—Me acuerdo de cada palabra, enemiga mía.
En un movimiento coordinado que desafiaba la atrofia muscular, Valerius se lanzó contra el guardia más cercano, usando sus propias cadenas de suero como un lazo. Elena saltó de la camilla, ignorando el mareo, y clavó la daga oxidada directamente en la pantalla táctil que Isadora manipulaba.
El cristal no se rompió como el vidrio normal. Explotó en un estallido de píxeles negros y fuego azul. Isadora gritó, pero su grito se transformó en un fallo de audio, una distorsión electrónica que reveló su verdadera forma: una estructura de cables y luz que intentaba mantener una apariencia humana.
—¡Seguridad! ¡Los sujetos han roto la contención de datos! —la voz de Isadora fallaba, mezclándose con la voz de la Reina del Fénix—. ¡El virus de la voluntad se ha propagado al hardware!
Elena y Valerius corrieron por los pasillos de mármol blanco y neón de la corporación "Arquitectos Media". A su alrededor, otros laboratorios mostraban escenas de diferentes novelas: romances de época, guerras espaciales, dramas médicos. En cada uno de ellos, personas con los ojos vacíos vivían vidas de agonía para el deleite de un público invisible.
—¡Por aquí! —Valerius la agarró del brazo, arrastrándola hacia una salida de emergencia que daba a un balcón inmenso.
Cuando salieron al exterior, Elena se quedó sin aliento. No estaban en una ciudad. Estaban en una megastructura que flotaba en el vacío, rodeada de anillos de satélites que proyectaban imágenes de ellos mismos en pantallas gigantescas que cubrían el firmamento. Millones de personas en planetas lejanos estaban viendo, en ese preciso instante, su huida.
—No estamos fuera, Valerius —dijo Elena, viendo cómo los números de "espectadores en vivo" subían frenéticamente en el cielo—. Siguen grabando. Nuestra huida es el cliffhanger de la temporada.
—Entonces vamos a darles un final que no puedan editar —Valerius la tomó por la cintura, pegándola a su pecho. La atracción prohibida, el deseo que se alimentaba del peligro, estalló entre ellos. En mitad del vacío estelar, sus labios se buscaron con una furia que no era para los fans, sino para ellos mismos.
Un beso que sabía a libertad y a rebelión. Un beso que desafiaba al sistema operativo del universo.