El primer síntoma de que el mundo real era una mentira mayor que la simulación fue el olor a ozono quemando el tejido de sus pulmones.
Elena contempló sus propios brazos. La piel, que segundos antes se sentía cálida y humana tras el beso de Valerius, estaba siendo colonizada por un metal líquido, una aleación de cromo y nanobots que reescribía su biología desde la médula hacia fuera. No era una transformación mágica; era una actualización de hardware.
—¡Valerius, mírame! —gritó Elena, tratando de aferrarse a los hombros de él antes de que sus propios dedos se convirtieran en garras de precisión táctica.
Pero Valerius ya no estaba allí. El hombre que la había besado con la desesperación de un náufrago había sido sustituido por un arma de asalto perfecta. Sus ojos, antes grises y tormentosos, se habían estabilizado en un rojo carmesí incandescente. No había reconocimiento en ellos, solo una interfaz de datos procesando trayectorias de bombardeo.
—Protocolo "Carnicero" activado —la voz de Valerius salió de su garganta como una frecuencia de radio distorsionada—. Sincronizando con el Objetivo Principal: La Tierra.
—¡No! —Elena lo sacudió, pero fue como intentar mover una montaña de acero. La fuerza de Valerius ahora era hidráulica—. ¡Valerius, soy yo! ¡Soy Elena! ¡La mujer que intentaste matar, la que te odia, la que acaba de besarte! ¡No dejes que el guion gane!
Desde la pantalla gigante, la figura de su padre exhaló una última bocanada de humo. El jazmín del cigarrillo parecía atravesar el monitor, inundando el balcón estelar.
—Es inútil, Elena —dijo el hombre con una voz que destilaba una decepción casi paternal—. El amor que sentisteis fue el combustible necesario para la ignición. Los humanos reales necesitan una narrativa poderosa para aceptar su propia extinción. Los Arquitectos no somos más que guionistas que se cansaron de la ficción. Queremos el escenario real. Y tú eres nuestra actriz principal.
Elena sintió una presión insoportable en el centro de su cerebro. Miles de coordenadas geográficas se desplegaron en su campo visual: Nueva York, Londres, Tokio, Buenos Aires. Ciudades que ella no conocía, pero que su sistema operativo marcaba como "Zonas de Impacto".
—Tú no eres mi padre —siseó Elena, mientras el metal subía por su cuello, sellando sus cuerdas vocales—. Mi padre era un rey... un hombre que sacrificó todo por su pueblo.
—Tu padre fue un molde de arcilla que yo usé para que tú tuvieras algo en lo que creer —el hombre se levantó de su escritorio en la oficina oscura—. Yo soy el CEO de Arquitectos Media. Y tú eres el arma biológica más cara que jamás hayamos desarrollado. Valerius es el seguro. Él te activará en cuanto el portal se abra.
Valerius levantó su mano derecha. El brazo, ahora una estructura de cañones de luz coherente, empezó a cargarse con un zumbido que hacía vibrar el propio espacio. El aire a su alrededor se ionizó. Estaba apuntando directamente al planeta que brillaba abajo, una esfera azul y verde que Elena sentía que debía proteger, aunque no supiera por qué.
—Valerius... —Elena se arrastró hacia él, sus movimientos volviéndose pesados, mecánicos. El vínculo entre ellos, ese hilo de corazones sincronizados, estaba sufriendo una interferencia letal. Ella sentía el latido de él, pero estaba siendo sepultado por el código—. Si disparas... borrarás lo último que nos queda de verdad.
Él no respondió. Su dedo índice se tensó sobre el gatillo invisible de su propia anatomía.
—Carga al 90% —anunció el sistema de la nave nodriza.
Elena comprendió que no podía ganar con fuerza. No contra una inteligencia artificial que controlaba sus propios músculos. Cerró los ojos y buscó en los rincones más oscuros de su memoria simulada. Buscó el odio. El odio puro y abrasador que sentía por el General Valerius cuando quemó su ciudad. Ese odio era la única parte del código que los Arquitectos no habían podido estandarizar, porque era una respuesta orgánica a la pérdida.
Se concentró en ese odio, alimentándolo con el dolor de la traición de su "padre" y la agonía de ver a Valerius convertido en máquina. Usó el odio como un virus. Lo inyectó en el vínculo de corazones sincronizados.
—Si quieres borrarme, Valerius... —susurró ella, acercándose a su oído—, tendrás que llevarte este incendio contigo.
Elena no lo atacó. Se conectó a su interfaz de datos. Inundó el sistema de Valerius con cada gramo de rabia, rencor y rivalidad explosiva que habían acumulado durante 23 capítulos de infierno. El sistema de Valerius no estaba preparado para procesar una carga emocional de tal magnitud sin filtros decorativos.
Los ojos rojos de Valerius parpadearon. El color carmesí luchó contra el gris original. Un error de sistema apareció en su visión periférica.
—Sobrecarga emocional detectada —la voz de la nave se volvió errática—. Fallo en la lógica de combate.
—¡Elena! —el grito de Valerius fue humano esta vez, cargado de un dolor que la desgarró.
—¡Dispara hacia aquí, Valerius! —gritó ella—. ¡Apunta a la oficina! ¡Apunta al guionista!
Valerius luchó contra sus propios servos. Sus brazos temblaban violentamente, girando centímetro a centímetro hacia la pantalla gigante donde el CEO observaba con una expresión de súbita alarma.
—¡Abortar secuencia! —rugió el hombre en la pantalla—. ¡Sujeto 02, desactiva al Sujeto 01 de inmediato!
—Gatillo bloqueado —respondió Valerius, y por primera vez, su voz era una mezcla de las tres voces que había tenido: el General, el Dios y el Hombre—. Nueva prioridad detectada: Destruir al Arquitecto.