Besos que Arden en Guerra

Capítulo 25: La Resaca de los Dioses

La lluvia de neón no limpiaba el pecado; solo lo hacía brillar.

Elena se quedó inmóvil en la penumbra del callejón, sintiendo el asfalto vibrar bajo sus pies. No era el temblor de un terremoto, sino el pulso de una ciudad que respiraba a través de cables de fibra óptica y desesperación comercializada. A su lado, Valerius era una sombra imponente, un guerrero de otro siglo atrapado en una armadura de cuero y grafeno. El resplandor rojo de su ojo biónico proyectaba un rastro de sangre artificial sobre el pecho de Elena, justo donde el corazón de ella latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas.

—¿Lo sientes? —preguntó Valerius. Su voz era un susurro gélido que cortaba el aire contaminado—. Ya no estamos en los campos de Altea, Elena. Ya no hay magia, ni fénix, ni profecías. Solo hay... esto.

Señaló con la barbilla hacia la avenida principal. Miles de personas caminaban como autómatas, con los ojos fijos en sus dispositivos, consumiendo fragmentos de la vida que ellos acababan de dejar atrás. En una pantalla gigante, la imagen de Elena —llorando sobre el cuerpo de un Valerius de píxeles— se repetía en bucle bajo un eslogan publicitario: ¿Es amor o es un error de sistema? Suscríbete para el final extendido.

—Me da asco —escupió Elena, apretando el arma que la mujer de la máscara de fénix le había entregado—. Nos convirtieron en su circo. Usaron nuestro odio para vender suscripciones y nuestras lágrimas para alimentar su maldita red.

—Y ahora vamos a usar su red para quemar su mundo —respondió Valerius, dando un paso hacia ella. La tensión emocional entre ambos, esa rivalidad explosiva que se negaba a morir incluso en el mundo real, se tensó como una cuerda de piano—. Pero antes, tenemos que saber quién nos caza. Ese mensaje en mi ojo... Isadora está aquí.

—Isadora está muerta, Valerius. O es una científica, o es un algoritmo. Ya no sé qué creer.

—Cree en el peligro —Valerius la agarró del brazo, arrastrándola hacia las sombras cuando una patrulla de drones con el logo de "Arquitectos Media" sobrevoló el callejón—. Si ella está atrapada en el cuerpo de un personaje de la novela que ahora está en este mundo, significa que no es humana. Es un virus con conciencia. Y viene a por nosotros porque somos los únicos que podemos testificar que este "entretenimiento" se construye sobre la esclavitud de almas reales.

De repente, el sonido de unos tacones golpeando el asfalto resonó al fondo del callejón. No era un caminar humano; era rítmico, pesado, con una cadencia metálica. De la niebla ácida emergió una figura que hizo que a Elena se le helara la sangre.

Era Lyra.

Pero no era la hermana sacrificada de Valerius, ni la guerrera de las Naciones del Este. Su piel era de un blanco porcelana, sin una sola imperfección, y sus ojos eran dos cuencas de luz azul que escaneaban el entorno con una eficiencia aterradora. Vestía un traje táctico negro que parecía absorber la luz de los neones.

—¿Lyra? —Valerius dio un paso al frente, su voz quebrándose por primera vez.

—Sujeto 02 detectado —dijo la figura. Su voz era una réplica perfecta de la de Lyra, pero despojada de toda emoción—. Iniciando protocolo de recuperación de activos. Isadora envía sus saludos.

—Esa no es tu hermana, Valerius —advirtió Elena, levantando el arma—. Es el personaje de la "Guardiana del Pacto". Isadora la está usando como un avatar.

—¡Aparta, Elena! —rugió Valerius, interponiéndose—. ¡Es mi hermana!

—¡Es una puta marioneta de metal! —le gritó Elena, la rabia estallando entre ellos—. ¡Si dejas que se acerque, nos reseteará antes de que podamos parpadear!

La Guardiana-Lyra se movió con una velocidad que desafiaba la física. En un parpadeo, estaba frente a Valerius. No lo golpeó; simplemente le puso una mano en el pecho. Una descarga de estática azul recorrió el cuerpo de Valerius, haciéndolo caer de rodillas, gritando de agonía. El vínculo que compartía con Elena se volvió loco, transmitiéndole a ella una sensación de vacío absoluto, como si estuvieran borrando los recuerdos de Valerius en tiempo real.

—¡Suéltalo! —Elena disparó.

La bala de luz impactó en el hombro de la Guardiana, pero la herida se cerró instantáneamente con un siseo de nanobots. La entidad giró su cabeza 180 grados hacia Elena, con una sonrisa mecánica que recordaba a la Reina Isadora en sus momentos más sádicos.

—Elena... —la voz de la Guardiana cambió, volviéndose la de Isadora—. Siempre fuiste la más difícil de programar. Demasiado fuego, demasiada voluntad. Pero en el mundo real, el fuego se apaga con el vacío.

Elena no retrocedió. Sintió el odio fluir por sus venas, pero esta vez lo canalizó. No tenía magia de fénix, pero tenía la conexión con los millones de espectadores que seguían conectados a sus marcas residuales. Cerró los ojos y, en lugar de luchar contra el sistema, se abrió a él.

“Miradme”, pensó. “Mirad lo que nos estáis haciendo”.

A través del vínculo, Elena proyectó el dolor del borrado de Valerius a todas las pantallas de la ciudad. El efecto fue inmediato. En la avenida, la gente se detuvo, llevándose las manos a la cabeza, gritando de dolor. El sistema de "Arquitectos Media" empezó a sufrir una sobrecarga de empatía no autorizada.

La Guardiana se detuvo, su cuerpo parpadeando como una señal de televisión interferida.

—¡Error! —la voz de Isadora chirrió—. ¡Sincronización de masa crítica detectada! ¡Elena, detente! ¡Destruirás el servidor!

—Esa es la idea —siseó Elena.




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