Besos que Arden en Guerra

Capítulo 26: El Martillo de los Inocentes

El cielo no se desplomó; simplemente se fracturó como un espejo golpeado por una piedra.

Elena levantó la vista, con el metal subiendo por su garganta como una hiedra de mercurio, y vio el fin de toda lógica. A través de las grietas que se abrían en el firmamento de neón, no había espacio exterior ni vacío cuántico. Había un jardín. Un jardín de dimensiones colosales donde flores del tamaño de continentes se mecían bajo una brisa que hacía temblar la atmósfera. Y allí, proyectado contra el cenit como un dios de guardería, un niño gigante sostenía un martillo de madera con la curiosidad de quien está a punto de aplastar un hormiguero para ver cómo corren sus habitantes.

—¡Valerius! —el grito de Elena fue una vibración metálica, despojada de humanidad. Sus pulmones eran ahora láminas de acero que chocaban entre sí—. ¡El cielo… se está rompiendo!

Valerius, que mantenía a la niña de luz blanca emanando de su palma como un escudo frente a Dante, ni siquiera parpadeó. Su ojo rojo brillaba con una furia computacional que superaba cualquier terror biológico.

—No mires arriba, Elena —ordenó él, y su voz resonó en la mente de ella a través del vínculo que se negaba a morir—. Mira a Dante. Él es el que nos ha encerrado en este juguete. Él sabe lo que es ese martillo.

Dante, el impecable hombre de negocios que hasta hace un segundo parecía el dueño de la realidad, estaba pálido. Su máscara de control absoluto se había derretido, revelando a un hombre que sabía que su fortuna, su plataforma y su "Recolección de Órganos" eran solo polvo en la alfombra de un ser superior.

—No puede ser… —balbuceó Dante, mirando hacia arriba—. El ciclo no debería terminar hasta el capítulo 80. ¡Aún tenemos contrato! ¡Todavía hay audiencia!

—La audiencia se ha cansado de tu guion, Dante —escupió Elena, forzando a sus piernas de metal a dar un paso hacia él—. Y parece que tu "Espectador Final" ha decidido que es más divertido romper el juguete que seguir mirando.

La tensión emocional entre los tres era un campo de minas. Elena sentía el odio hacia Dante mezclándose con el amor prohibido y la rivalidad letal que la unía a Valerius. El General se acercó a ella, rodeándole la cintura con un brazo de carne que empezaba a transformarse en grafeno. El contacto fue una descarga eléctrica; la atracción entre ellos ardía con más fuerza ahora que el mundo físico se desintegraba.

—Si vamos a morir como personajes de un juego —susurró Valerius contra la sien de Elena—, al menos asegurémonos de que el niño se lleve una cicatriz de recuerdo.

—Valerius, la niña de luz… —Elena señaló la silueta que él sostenía—. ¿De verdad es la hija de Dante? ¿O es otra trampa de Isadora?

—Es la Clave de Salida —respondió él, y su ojo rojo parpadeó—. Isadora no la escondió para salvar a Dante. La escondió para que fuera nuestra rehén. Dante, detén la conversión de Elena o apago la luz de tu sangre ahora mismo.

Dante miró a la niña de luz y luego al martillo que descendía desde las nubes, una sombra negra que cubría ya media ciudad. La desesperación lo hizo caer de rodillas.

—¡No puedo detenerlo! —gritó Dante—. ¡La conversión es automática cuando la esfera detecta una amenaza externa! ¡Elena se está convirtiendo en el sistema de defensa para detener el martillo! ¡Ella es el escudo!

Elena sintió que el metal llegaba a sus ojos. Su visión se volvió térmica, segmentada, procesando la trayectoria del martillo gigante. Sus brazos se elevaron por sí solos, cargándose de una energía que hacía que los edificios a su alrededor se convirtieran en ceniza.

—Me están usando… —dijo Elena, horrorizada—. Me están convirtiendo en el arma que chocará contra ese niño. Si golpeo ese martillo, Valerius, la explosión borrará a todos los que despertamos.

—No si golpeamos otra cosa —Valerius la tomó de la mano, entrelazando sus dedos de metal y carne—. Elena, usa la energía. No la lances al cielo. Lánzala al suelo. Rompe la base de la esfera.

—Si rompo la base, caeremos al jardín —dijo ella—. Seremos nada para ese niño.

—Seremos reales —sentenció Valerius.

En un gesto de rivalidad final contra el destino, Elena y Valerius unieron sus mentes. El vínculo de corazones sincronizados se sobrecargó, canalizando toda la rabia de 26 capítulos de guerra, besos y traiciones. Elena sintió el fuego del fénix despertar en sus huesos de cromo. Ya no era una actriz, ni una pieza de marketing. Era un virus de amor y odio infectando la arquitectura de su creador.

—¡Ahora! —rugió Valerius.

Elena disparó. El rayo de luz blanca y dorada no subió hacia el martillo. Golpeó el asfalto de la plaza con la fuerza de un sol colapsando. El suelo se hizo añicos, revelando que bajo la ciudad no había tierra, sino una red de circuitos de cristal que sostenían la ilusión.

El mundo se inclinó. La gravedad desapareció.

Elena sintió que caía, pero no estaba sola. Valerius la tenía sujeta con una fuerza que le dolía, una posesividad que en cualquier otra circunstancia ella habría combatido, pero que ahora era su única ancla. El martillo golpeó la parte superior de la esfera, produciendo un sonido que no fue un estruendo, sino un llanto infantil.

La esfera estalló en mil fragmentos de realidad.

Elena y Valerius salieron despedidos hacia la luz blanca del jardín gigante. Pero justo antes de tocar el suelo de esa "hiper-realidad", una mano los atrapó en el aire. No era la mano del niño.

Era una mujer vestida con un uniforme militar de Altea, pero hecho de una tela que parecía viva. Su rostro era una mezcla perfecta de Isadora y Elena.




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