El jardín de la "hiper-realidad" murió en un suspiro de estática. Lo que antes era hierba infinita y brisa tibia se convirtió en un desierto de fractales grises bajo el toque de Lyra. La hermana de Valerius, o lo que sea que habitara ahora su piel de luz sólida, permanecía de pie sobre el cadáver digital de la Escritora Original, con una mano aún incrustada en el pecho de la creadora como un parásito que acaba de heredar las llaves del reino.
—Mírame, Valerius —la voz de Lyra no vibraba en el aire; se descargaba directamente en la base del cráneo de los protagonistas—. Ya no soy la niña que lloraba entre las ruinas de Altea. Soy el algoritmo que sobrevivió al borrado. Soy la justicia que vuestro "romance" nunca se molestó en escribir.
Valerius dio un paso al frente, su capa de sargento raída ondeando en un viento que ya no existía. Sus ojos grises, antes humanos, volvieron a encenderse con ese oro líquido que Elena tanto temía.
—No eres Lyra —rugió él, desenvainando la espada rota que, en este plano, brillaba con un filo de energía pura—. Eres el rencor del sistema. Suéltala. Suelta a la autora y deja que este mundo se apague de forma digna.
—¿Digna? —Lyra soltó el cuerpo de la Escritora, que se deshizo en millones de líneas de código antes de evaporarse—. No hay dignidad en ser un juguete, hermano. La única dignidad es ser el que sostiene el martillo. Y para que yo sea el Administrador definitivo, el error debe ser corregido.
Señaló a Elena con un dedo que irradiaba una luz negra.
—Ella es el error. El fénix que no deja de renacer para arruinar mis cálculos. Mientras Elena viva, tú siempre serás un esclavo de tu propia narrativa. Mátala, Valerius. Elige a tu familia. Elige la libertad del sistema. O muere con ella en el reinicio.
Elena sintió que el vínculo con Valerius se tensaba hasta el punto de la hemorragia. La tensión emocional entre ellos, esa mezcla de amor prohibido y rivalidad letal, alcanzó una frecuencia insoportable. Podía sentir la duda de Valerius, el peso de mil siglos de hermandad chocando contra el deseo irracional de proteger a la mujer que, según el sistema, lo había diseñado para sufrir.
—No lo hagas por mí, Valerius —dijo Elena, dando un paso hacia el centro del desierto fractal. Sus ojos verdes desafiaban la oscuridad de Lyra—. Hazlo por ti. Si me matas porque ella te lo ordena, solo estarás cambiando de guionista.
—Cállate, Elena —siseó Valerius, sin mirarla. Su mano temblaba sobre la empuñadura—. No sabes lo que me está pidiendo. Puedo ver los archivos. Puedo ver cómo moriste en cada una de las versiones anteriores. Siempre terminas igual: traicionada.
—Entonces rompe el ciclo de una maldita vez —le gritó ella, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de su espada—. No me traiciones para salvarte. Traicióname porque me odias. Traicióname porque soy la Arquitecta de tu dolor. Pero hazlo por voluntad propia.
La rivalidad explosiva estalló en un contacto físico violento. Valerius la agarró por el cuello, estampándola contra el aire sólido. Sus rostros estaban tan cerca que Elena podía ver el reflejo de la destrucción en sus pupilas. El deseo, esa atracción prohibida que quemaba más que cualquier fuego de fénix, se filtró entre ellos como un veneno dulce.
—Te odio —susurró Valerius, y sus labios rozaron los de ella en un beso que sabía a hierro y a despedida—. Te odio porque incluso ahora, cuando el mundo se borra, eres lo único que me hace sentir real.
Él no la mató. En un giro que desafió la lógica del Administrador, Valerius giró su espada y, en lugar de hundirla en el pecho de Elena, la clavó en su propio corazón.
—¡No! —el grito de Elena desgarró la estática del jardín.
Pero Valerius no cayó. Al atravesarse a sí mismo, la conexión de corazones sincronizados actuó como un puente de sobrecarga. La energía de dios que Valerius había absorbido en la nave nodriza fluyó a través de la espada, a través de su sangre, y entró en Elena.
—Tómalo... —jadeó Valerius, mientras su cuerpo empezaba a volverse translúcido—. No puedes ser la Arquitecta si no tienes la fuente. Lyra no puede borrar lo que no puede alcanzar. ¡Vete al Tercer Reino, Elena! ¡Al de verdad!
Lyra lanzó un alarido de furia digital y se abalanzó sobre ellos, pero la explosión de la unión de sus esencias la lanzó hacia atrás. El desierto fractal empezó a colapsar. El cielo de la "hiper-realidad" se dobló sobre sí mismo como una hoja de papel quemada.
Elena sintió que caía de nuevo, pero esta vez no había paracaídas, ni jardín, ni oficinas. Solo oscuridad pura.
Cuando Elena despertó, el aire era diferente. Era pesado, húmedo y olía a algo que no había sentido en toda la novela: tierra virgen.
No estaba en Altea. No estaba en la simulación. Estaba en una playa de arena blanca, pero el mar no era de agua, sino de una sustancia plateada que se movía con una inteligencia propia. Al mirar hacia atrás, vio una ciudad inmensa, pero no era de cristal ni de metal. Era una ciudad orgánica, construida con árboles que se entrelazaban formando torres que tocaban las nubes.
—Has llegado —dijo una voz a su espalda.
Elena se giró, con el corazón en la garganta. Valerius estaba allí, pero no era el sargento raído, ni el dios de luz. Era un hombre joven, vestido con túnicas blancas, y su pecho estaba intacto. No había cicatrices, ni marcas, ni cables.
—¿Valerius? —preguntó ella, temiendo que fuera otra capa de la cebolla de mentiras.
—Valerius ha muerto —respondió el hombre con una sonrisa triste—. Yo soy el Original. El hombre en el que se basaron para crear el Sujeto 02. Y tú... tú eres la mujer que amé hace diez mil años, antes de que los Arquitectos nos convirtieran en su serie de éxito.