Besos que Arden en Guerra

Capítulo 28: El Algoritmo del Desprecio

La plata líquida no solo envolvía su cuerpo; le reescribía los nervios.

Elena sintió el impacto de la realidad virtual chocando contra su conciencia como un tren de carga. El mar plateado del "mundo real" se transformó, en una milésima de segundo, en el gélido mármol de una catedral en ruinas. El olor a tierra virgen fue sustituido por el hedor metálico de la sangre y el humo de la pólvora mágica. Sus recuerdos de la playa, del hombre "Original" y de la traición de Isadora se hundieron en un pozo de sombras, bloqueados por un muro de código infranqueable.

Se puso en pie con una gracia depredadora que no recordaba poseer. Ya no vestía las túnicas blancas de la paz, sino una armadura de escamas de obsidiana que parecía absorber la luz de las antorchas. En su mano, una espada de hoja negra vibraba con un hambre antigua.

—Bienvenida de nuevo, General Elena —dijo una voz que resonó en las bóvedas de la catedral.

Elena se giró. Frente a ella, un ejército de soldados con capas rojas se arrodillaba al unísono. Al fondo, sentado en un trono de espinos, estaba Ariel. Pero no era el hermano caído; era un soberano imponente, con una corona de fuego frío sobre las sienes.

—¿Dónde está el prisionero? —preguntó Elena. Su propia voz le resultó extraña: más grave, cargada de un veneno que le quemaba la garganta.

—En las celdas de castigo, esperando su sentencia —respondió Ariel con una sonrisa cruel—. El traidor de Altea finalmente ha sido capturado. El hombre que quemó tus tierras y asesinó a tus comandantes está a tu merced.

Elena sintió una punzada en el pecho, un eco de un latido que no era el suyo, pero lo descartó como un fallo en su sistema. Caminó hacia las mazmorras, cada paso resonando con la autoridad de quien ha nacido para destruir. Según su "memoria" actual, ella era la mano derecha del Imperio del Fénix, y su misión era simple: quebrar al último bastión de la resistencia enemiga.

Al llegar a la celda de máxima seguridad, el aire se volvió tan denso que costaba respirar. Los guardias se apartaron, aterrados por la frialdad que emanaba de ella. Elena abrió la pesada puerta de hierro y entró.

Allí, encadenado a la pared por las muñecas, con el torso desnudo y cubierto de cicatrices frescas, estaba Valerius.

No era el dios de luz, ni el sargento raído. Era un animal acorralado, con el cabello oscuro pegado a la frente por el sudor y la sangre. Cuando levantó la vista, sus ojos grises, inyectados en sangre, se clavaron en los de Elena con un odio tan puro que ella dio un paso atrás por puro instinto.

—Has tardado mucho, carnicera —siseó Valerius. Su voz era un crujido de piedras—. ¿Has venido a terminar el trabajo o solo a disfrutar del espectáculo de mis cadenas?

Elena se acercó a él, sintiendo una atracción violenta y prohibida que su mente categorizaba como "instinto de caza". Le tomó el mentón con la mano enguantada, obligándolo a mirarla. La tensión emocional entre ellos era una tormenta eléctrica que hacía que las sombras de la celda bailaran.

—He venido a ver qué queda del gran General de Altea —respondió Elena, acercando su rostro al de él hasta que sus alientos se mezclaron—. Parece que solo queda un montón de carne y orgullo herido.

—Mi orgullo es lo único que no pudiste quemar junto con mi ciudad —Valerius escupió a sus pies—. Mátame de una vez, Elena. Deja de jugar.

Elena sintió una rabia volcánica. Sin pensarlo, lo abofeteó, pero el contacto de su mano contra la mejilla de él no produjo satisfacción. Produjo un chispazo de estática en su visión. Por un microsegundo, vio la imagen de ellos dos besándose en una playa de arena negra.

Sacudió la cabeza, atribuyéndolo a un mareo por la falta de oxígeno en la mazmorra.

—Morir es demasiado fácil para ti, Valerius —susurró ella, su boca rozando la oreja de él en una proximidad peligrosa—. Voy a hacer que ruegues por el borrado. Voy a entrar en tu mente y voy a borrar cada recuerdo que tengas de tu victoria hasta que solo quede mi nombre grabado en tus huesos.

—Inténtalo —desafió él, con una sonrisa sangrienta—. Mi mente es un laberinto del que ni siquiera tú sabes salir.

Elena sacó un pequeño vial de líquido violeta —magia de los Arquitectos camuflada de veneno— y lo obligó a beber. Valerius luchó, retorciéndose contra las cadenas, pero ella lo sujetó con una fuerza sobrehumana, presionando su cuerpo contra el de él. La rivalidad explosiva se convirtió en un forcejeo que parecía más un abrazo desesperado que una tortura.

Cuando él finalmente tragó el líquido, sus ojos se pusieron blancos y su cabeza cayó hacia atrás. Elena se conectó a él, cerrando sus propios ojos, lista para navegar por los recuerdos de su enemigo para destruirlos.

Pero lo que encontró no fue el mapa de Altea ni estrategias militares.

Encontró un archivo oculto, protegido por una contraseña que solo ella podía conocer. Al abrirlo, vio una grabación de la Temporada 1: Valerius sacrificándose en el Templo Caído. Pero la voz que narraba el recuerdo no era la de un sistema, era la voz de Lyra.

"Elena, si estás viendo esto, es porque el virus de la voluntad ha funcionado. Valerius no está preso. Él se ha dejado atrapar para que tú pudieras conectarte a él. Mira su espalda. No busques cicatrices, busca el puerto de entrada."

Elena abrió los ojos en la celda y, con manos temblorosas, giró el cuerpo de Valerius. En la base de su columna, oculto bajo una costra de sangre seca, había un puerto de interfaz idéntico al que ella vio en la oficina del CEO.




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