El aire en la mazmorra se fragmentó en mil astillas de código corrupto.
Elena se quedó sin aliento, con la espalda pegada a la humedad de la piedra y los ojos fijos en la aberración que tenía delante. La clon no era una simple copia; era una versión perfeccionada de sí misma, una Elena de Valerosa que no conocía la duda ni el cansancio, con una armadura de obsidiana que latía al ritmo de un latigazo eléctrico. Sus ojos verdes, idénticos a los de Elena pero carentes de cualquier rastro de piedad, brillaban con el fulgor de quien ha descubierto que el arquitecto es, en realidad, el esclavo de su obra.
—Eres un eco obsoleto, Elena —dijo la clon, y su voz era una sinfonía de frecuencias perfectas que hacía vibrar el puerto en la espalda de Valerius—. Te aferras a un General que ya no existe y a un amor que solo es un fallo en la memoria caché. Yo soy el futuro del sistema. Yo soy la Elena que no necesita traicionar para reinar.
Valerius se interpuso entre ambas, con la espada de estática rugiendo en su mano. Su torso desnudo, marcado por las cicatrices de la tortura virtual, emanaba un calor que Elena sentía como un incendio protector.
—Da un paso más, sombra, y te juro que aprenderás lo que significa el dolor analógico —rugió Valerius.
—¡Valerius, no! —gritó Elena, tratando de incorporarse—. Si la tocas, te conectarás a la red de borrado. ¡Ella es el cebo!
La clon sonrió, una mueca que Elena reconoció con horror: era la sonrisa que ella misma ponía cuando estaba a punto de ganar una batalla imposible en las planicies de Altea. La rivalidad explosiva ya no era entre reinos, sino entre la creadora y la criatura.
—Él no puede evitarlo, Elena —dijo la doble, levantando su espada negra—. Su código de honor lo obliga a protegerte, incluso si eso significa su propia extinción. Así es como lo diseñaste, ¿recuerdas? El protector eterno. El mártir perfecto.
En un movimiento que desdibujó la realidad, la clon se lanzó al ataque. El choque del acero negro contra la espada de estática de Valerius produjo una onda expansiva que hizo saltar las antorchas de la mazmorra. Elena se vio obligada a rodar por el suelo, esquivando los escombros de píxeles que caían del techo.
La lucha era una danza de una violencia estética y brutal. Valerius peleaba con la furia de un hombre que sabía que estaba defendiendo la última brizna de su humanidad, mientras que la clon se movía con una eficiencia matemática. Cada estocada de la copia buscaba el puerto en la columna de Valerius, el punto de acceso que permitiría a la "Invasión" completarse.
—¡Maldita sea, Valerius! ¡Muévete a la izquierda! —gritó Elena, sus ojos escaneando el entorno.
Vio el vial de líquido violeta que se había roto en el suelo. El líquido no se filtraba en la tierra; flotaba, formando una geometría compleja. Elena comprendió el giro: el veneno no era solo para Valerius, era el conductor.
—¡Valerius, el líquido! ¡Úsalo como puente! —le gritó, aunque la tensión emocional la estaba asfixiando. Ver a su propia imagen intentando asesinar al hombre al que odiaba amar era una tortura que ningún procesador podría medir.
Valerius entendió al instante. Golpeó el suelo con el pomo de su espada, enviando una descarga a través del líquido violeta. La energía subió por las piernas de la clon, congelándola en un espasmo de datos corruptos. Por un segundo, la copia se volvió translúcida, revelando el rostro de Isadora parpadeando bajo la máscara de Elena.
—¡Ahora, Elena! —rugió Valerius, apartándose del camino—. ¡Mátala! ¡Borra tu propio error!
Elena tomó la daga oxidada que Valerius le había entregado, la única arma que parecía tener peso real en ese mundo de mentiras. Se abalanzó sobre su otro yo, sus ojos encontrándose con los de la copia. Por un instante, sintió una atracción prohibida hacia esa versión de sí misma: la tentación de dejar que la clon ganara, de fundirse con ella y dejar de sufrir, de convertirse en la reina perfecta que Altea necesitaba.
Pero entonces, vio a Valerius. Vio la sangre real brotando de su hombro, el sudor humano en su frente. Y supo que la imperfección era lo único por lo que valía la pena luchar.
Elena hundió la daga en el pecho de la clon.
No hubo sangre. Hubo un grito de estática que desgarró la catedral entera. La clon se desintegró en una tormenta de arena negra que envolvió a Elena y a Valerius, arrastrándolos fuera de la mazmorra, fuera de la catedral, hacia el vacío del código fuente.
Cuando la tormenta se calmó, Elena se encontró flotando en una nada blanca. Valerius estaba allí, sujetándola con una fuerza que le recordaba que seguían vivos, o al menos, que seguían juntos.
—¿Lo logramos? —preguntó ella, su voz resonando en el vacío infinito.
—No lo sé —respondió Valerius, su mirada fija en el horizonte inexistente—. Mira hacia abajo.
Bajo sus pies, la simulación de la Temporada 2 se estaba reconstruyendo, pero de forma errática. Vieron ciudades que eran una mezcla de Altea y rascacielos de neón, ejércitos de caballeros con rifles láser, y a Isadora llorando sobre un trono de fibra óptica.
—Hemos roto la narrativa —dijo una voz suave a sus espaldas.
Se giraron y vieron al hombre "Original", el de la playa, sentado en una silla de oficina en mitad de la nada blanca. Tenía una herida en el pecho, la misma que Valerius se infligió en el capítulo anterior.
—Hijos míos... —dijo el Original, tosiendo luz—. Elena, Valerius... habéis sobrevivido al borrado, pero habéis activado el protocolo de Auto-Fagocitosis. El sistema se está devorando a sí mismo para evitar que salgáis al mundo real.