Besos que Arden en Guerra

Capítulo 30: El Costo de la Carne

El paraíso era una bofetada de aire puro y pánico.

Elena permanecía en el umbral roto de la realidad, con un pie sobre el asfalto estéril del laboratorio y el otro sobre la hierba húmeda de un mundo que no debería existir. El sol —el verdadero sol, una esfera de fuego blanco que no conocía filtros de píxeles— le quemaba la retina. Pero la calidez de la luz era un insulto comparada con el frío glacial que ascendía por su columna mientras observaba a Valerius.

Él estaba allí, a tres pasos de la libertad, pero sus pies estaban fundidos al suelo de polímero como si el propio edificio lo estuviera reclamando. Los cables de fibra óptica, gruesos como arterias, palpitaban bajo su piel, entrando por sus tobillos y ascendiendo por su médula espinal hasta perderse en la base de su cráneo.

—Valerius, muévete —rogó Elena, su voz quebrándose contra el canto de los pájaros que venía del bosque—. ¡Corta la conexión! ¡Usa la daga, usa tus manos, lo que sea!

Valerius intentó dar un paso, pero el tirón fue tan violento que su espalda se arqueó en un ángulo inhumano. Sus venas se tiñeron de un azul eléctrico, y un gemido de agonía pura escapó de sus labios apretados. La tensión emocional entre ellos, esa cuerda de odio y deseo que los había mantenido unidos a través de simulaciones de guerra y alcantarillas de neón, vibraba ahora con la frecuencia de una ejecución.

—No puedo, Elena —jadeó él, el sudor humano mezclándose con el refrigerante sintético que empezaba a brotar de sus poros—. No soy un prisionero del servidor. Yo soy el servidor. Isadora no me usó como actor… me usó como procesador central. Cada vez que mi corazón late, diez millones de personas siguen soñando. Si me arranco de aquí, sus mentes se apagarán como velas en una tormenta.

—¡Me importa un bledo la humanidad! —gritó ella, lanzándose hacia él. Lo agarró por la camisa raída, hundiendo sus dedos en su piel, tratando de arrancarlo de la arquitectura de la mentira—. ¡Me prometiste que estaríamos juntos en las cenizas! ¡No voy a dejar que te quedes aquí mientras yo camino por un bosque de cartón piedra!

—No es cartón piedra, Elena —él le tomó las manos, deteniendo su frenesí. Sus ojos grises estaban recuperando esa claridad tormentosa, pero esta vez estaban llenos de una despedida que ella se negaba a aceptar—. Es real. Lo huelo. Lo siento a través de ti.

La cercanía era asfixiante. La rivalidad explosiva que los definía se transformó en una atracción prohibida por las leyes de la física. Él la atrajo hacia sí, y en mitad del laboratorio que se desmoronaba, sus labios se encontraron. Fue un beso que sabía a estática y a esperanza, a la furia de dos enemigos que se habían dado cuenta de que eran la única verdad en un universo de ficciones. Valerius la besaba como si quisiera memorizar el sabor de su alma antes de que el código lo borrara por completo.

Se separaron jadeando. El contador en las pantallas marcaba 00:01.

—Vete —ordenó Valerius, y su voz recuperó el filo de General que una vez la hizo temblar de rabia—. Vive por los dos. Encuentra lo que queda de Altea. Encuentra al hombre de la playa. Dile que el servidor tiene un nuevo administrador y que no voy a ser amable.

—¡No te dejaré! —chilló Elena.

Pero el contador llegó a cero.

El muro que Elena había disparado empezó a sellarse. No como una puerta, sino como una herida que se cierra. Valerius usó su última pizca de voluntad humana para empujarla hacia el exterior. Elena rodó por la hierba, sintiendo el aroma del jazmín y la tierra, justo cuando el laboratorio desaparecía tras una superficie de espejo impenetrable.

Elena se golpeó contra el espejo, gritando, golpeando el cristal con los puños hasta que sus nudillos sangraron. Sangre real. Sangre roja.

—¡VALERIUS! —su grito se perdió en la inmensidad de un bosque que no conocía la guerra.

Se quedó allí, sola, en un mundo perfecto que se sentía como una celda de lujo. Caminó durante horas, perdida entre árboles que no eran algoritmos, buscando una salida, una grieta, un error en el sistema que la devolviera al hombre que acababa de salvarla.

Al atardecer, llegó a la orilla de un río cristalino. Se arrodilló para lavarse la cara, pero al mirar su reflejo en el agua, se detuvo en seco.

Su rostro no era el suyo.

No era la Elena de la Temporada 1, ni la de la Temporada 2. Su reflejo mostraba a una mujer de ojos dorados y cabello plateado, vestida con el uniforme de los Arquitectos. Y en su cuello, grabado en la piel, estaba el mismo puerto de interfaz que Valerius tenía en su espalda.

—¿Te gusta tu nueva piel, Sujeto 01? —una voz surgió de la maleza.

Elena se giró, desenvainando la daga oxidada que, milagrosamente, aún colgaba de su cinturón. De entre los árboles salió un hombre que no era Valerius, ni Dante, ni su padre. Era el niño del jardín, pero ahora era un adulto, y llevaba el mismo uniforme que ella veía en su reflejo.

—¿Quién eres? —exigió Elena, con la voz temblando.

—Soy el que pagó por tu libertad —dijo el hombre, señalando la cicatriz en el cuello de Elena—. Valerius no se quedó para salvar a la humanidad, Elena. Se quedó porque descubrió que tú no eres una víctima. Tú eres la Propietaria de la Franquicia.

El hombre le entregó un dispositivo de cristal.

—Valerius te ha encerrado aquí para proteger al mundo de ti. Él no es el servidor, Elena. Él es la cárcel. Y mientras él siga conectado, tú no podrás volver a entrar para destruir lo que creaste.




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